_No estuvo tan mal como habíamos pensado en
más de una oportunidad, antes de empezarlo ni durante el trabajo., reconoció
Eduardo, o volvió a reconocer, al poner los pies en la casa de Barraca Sola, y
en tanto Isabel, igual de exhausta, ya en la sala principal, hacía un par de
pases mágicos para encender todas las velas en un instante. La quincena de
llamitas apareció al cabo de dos segundos.
Al día treinta de Julio – Iiade número catorce
– le quedaban sesenta minutos.
La pareja estaba de vuelta después de la
prolongada ausencia de un mes por motivos laborales. Respecto a eso, quedaba
únicamente el pasar a limpio el extenso inventario de los materiales y muestras
recolectadas, las conclusiones y resultados sobre la investigación realizada y
presentar ambos reportes al consejo directivo del museo arqueológico. Eduardo,
como el jefe del grupo que había sido, haría eso el día de mañana, y el martes
(dos de Julio, Iiade número dieciséis) por la mañana llevaría los reportes en
cuestión. Luego, tendrían una semana de descanso antes de empezar una nueva
tarea.
Pero, por el momento, el destino para el y su
prometida era otro: aseo, higiene y alimentación. No era que no hubieran hecho
eso en aquella hostería en la que estuvieron alojados (allí, y en el caserío en
general, los trataron de maravillas), pero a ambos les resultaba muy
reconfortante y grata la idea de volver a hacerlo en esta que era su casa.
_En lo personal, me gustó – contestó Isabel,
yendo a la cocina- comedor diario, secundada por su compañero de amores –. No
fue del todo diferente al trabajo que hice anteriormente, y eso me ayudó para
hacerlo llevadero, disfrutarlo y no cometer errores. Y seguro que ese fue tu
caso – Eduardo contestó que si moviendo la cabeza –. También a mi hermana y su
novio les gustó la tarea que terminamos hace pocas horas.
Y vaya que Kevin y Cristal lo disfrutaron.
Por fin el artesano-escultor tuvo otra
oportunidad de hacer demostraciones y alarde de su fuerza física, al haber
tenido que remover o trasladas, y en más de una oportunidad destruir, las
pesadas rocas y otros obstáculos en el yacimiento submarino. De allí hubieron
de extraer nueve centenas de muestras para su posterior y exhaustivo análisis,
las cuales ahora estaban rotuladas y pulcramente guardadas en frascos y otros
recipientes. Pero las tareas de Kevin habían ido más allá de poner a prueba su
musculatura. Tuvo que evitar que su amigo y su futura cuñada, en una de las
tantas inmersiones, quedaran sepultados bajo varias toneladas de pesadas rocas
en el momento en que examinaran un sector en particular del fondo, donde había
parte de las piezas. Allí el “suelo” no era lo bastante fuerte, como si hubiera
un túnel por debajo: lo hubo, de hecho, pero quedó cegado y tapado por completo
cuando, ya con Eduardo e Isabel a salvo, Kevin dejó caer las gigantescas
piedras que servían de sostén para las demás, y esa acción trajo como
consecuencia el movimiento telúrico que había sido el causante de la destrucción
de ese túnel de origen y propósito desconocidos. Como fuere, aun antes de ese
colapso, - para evitar alarmas, Isabel “se olvidó” de decir que ese lugar era
uno de los últimos en los que podría haber un terremoto –, Kevin había usado
sus habilidades telequinéticas para recuperar aquel extraño recipiente que a
causa de su brillo destacaba sin problemas. Era a causa de ese objeto que ese
hombre podría volverse tan popular como un actor o un músico, e incluso más, ya
que cabía la posibilidad de que se tratase de un artículo extraviado en los
años de la Guerra de los Veintiocho, de esos que por el tiempo transcurrido
habían alcanzado el rango de “tesoro histórico-arqueológico”. Aún era muy
pronto para estar seguros, pero la primera e inmediata impresión hizo pensar al
cuarteto que lo era, ya que el recipiente tenía impresa la fecha cinco mil
setenta y nueve, Norg número doce – en el neocalendario sería el dieciséis de
Octubre – un semestre después de que empezara la guerra. “O el cumpleaños de
iris; ese día hubiera, mejor dicho lo hizo, cumplido sesenta y dos”, remarcó
Isabel.
_El Instituto Real de Historia ya debe estar
examinando ese objeto – creyó la dama, ya con la comida y bebida sobre la mesa.
Sería algo rápido, y después a asearse e higienizarse –. Haya sido o no de
Iris, o para ella, es un objeto de enorme valor histórico, de ser algo genuino.
Quizás se lo ocultó allí para evitar que fuera destruido por las batallas.
_¿Puede ser tan valioso como Kevin, Cristal y
vos lo sostienen?., insistió Eduardo, aunque sin mucho entusiasmo.
Le preocupaba más poder pasar a limpio en un
día esas trescientas páginas repletas de todo tipo de anotaciones, datos e
información del trabajo. Tendría un día para eso y empezaría bien temprano por
la mañana, al terminar el desayuno.
_Puede – confirmó Isabel, luego del primer
sorbo de jugo –. Con solo tocar el recipiente nos dimos cuenta. Y en ese caso
hablamos de un valor simbólico y otro económico.
Solo el recipiente era valioso en extremo,
porque se trataba de un material muy raro que las hadas conocían como “acero
mágico”, un tipo de material artificial que solo los mejores escultores y
operarios siderúrgicos feéricos podían fabricar: acero mucho más resistente y
fuerte que los demás que era sumergido en una solución mágica que,
literalmente, lo volvía invulnerable al paso del tiempo, a las temperaturas, a
las presiones y a la mayoría de los ataques, por no decir a todos ellos. Tan
complicada era la totalidad del proceso de producción, tan raros los materiales
y tanto el lapso que insumía que un solo gramo del “acero mágico”, ayer tanto
como hoy, podía tranquilamente cotizarse a mil doscientos cincuenta soles.
_Y si pensamos que esa caja que recuperó
Kevin pesa alrededor de dos kilos y medio…, cayó Eduardo en la cuenta.
Bien podrían ser tres millones ciento
veinticinco mil soles.
_Lo convertiría en un hombre adinerado.,
completó Isabel la frase.
Esa cifra, de ser correcta, representaría la
misma cantidad de los ahorros que el novio de Cristal tenía en una cuenta en el
Banco Real.
_¿E Iris?, ¿por qué la asociaste?, ¿Por qué
la fecha impresa coincide con el día de su cumpleaños?.
_Posiblemente – Isabel siempre había tenido
un profundo respeto por el alma solitaria y ambas eran muy buenas amigas.
¿Sería la asociación a causa de eso? –. Podría tratarse de un obsequio para
ella, aunque quien sabe por qué no llegó a sus manos. Bueno, eso no importa. Lo
que sea que se encuentre en el interior le perteneció y pertenece a ella, pero
el recipiente no. Este es de quien lo halle. Mejor dicho, lo es el acero
mágico. La ley que regula su producción lo establece así – y concluyó con una
sentencia tajante –. Si sabemos que el contenido es algo muy valioso, no
importa de que clase de valor hablemos, porque nadie que esté en su sano juicio
usaría un material que vale fortunas para guardar una baratija o una
insignificancia.
No bien descubrió Kevin aquel recipiente y lo
recuperó, el cuarteto se tomó un receso de medio día en su exhaustiva tarea de
investigación. El hallazgo los entusiasmó tanto (incluso a Eduardo, que no
conocía a fondo la historia de las hadas) que quisieron llevarlo sin perder un
solo instante al Instituto Real de Historia, en el barrio Campo del Cielo, donde
lo examinarían a fondo. Habían pasado ya veinte días desde aquel diez de Junio
(Tnirta número veintiuno, en el calendario antiguo) y de seguro ya habrían
terminado los exámenes para verificar la autenticidad del material y la fecha.
Más aun, habrían determinado el remitente y el destinatario de la caja,
buscándolas en los registros de artículos extraviados durante la Guerra de los
Veintiocho. Si se comprobaba que era para Iris, le llevarían el objeto a su
eterna morada en la sede central del Banco Real, y sino pasaría a engordar el
patrimonio del Museo Real de Historia, noventa y tres kilómetros al oeste de la
Ciudad Del Sol. En un caso o el otro, el novio y prometido de Cristal podría
convertirse en propietario del recipiente en cuanto el contenido hubiese
llegado a su destino, y reclamar el dinero en el Consejo de Arqueología y
Genealogía.
_¿Cómo habrá terminado allí? – se preguntó
Eduardo, aun concentrado en el trabajo recién terminado, y mientras se
levantaba de su silla, utensilios en mano –. Me parece que ese va a ser el
misterio principal. Ya advirtieron que ese recipiente tiene cinco mil años de
antigüedad e incluso más, que está íntegramente fabricado con acero mágico y
dan por sentado, al menos vos lo hacés, que el contenido, cualquiera sea este,
le pertenece a Iris, porque la fecha de su cumpleaños está impresa en la caja.
_Quien sabe.
Supongo que a alguien se le cayó. Y seguro que fue por eso – fue la
apuesta de Isabel –. El contexto tal vez lo justifique. Había una guerra que
implicaba a todo el mundo.
La Guerra de los Veintiocho había empezado
oficial en la madrugada, tiempo en Insulandia, del decimoctavo día del mes Llol
– dieciséis de Abril – de aquel lejanísimo año cinco mil setenta y nueve,
cuando la inmensa mayoría de los seres elementales se encontraba durmiendo,
hadas incluidas. Aunque las tensiones con los ilios por poco no eran cosa de
todos los días, nada hacía sospechar
que la más grande de todas las guerras iba a desatarse a las tres horas con
treinta minutos, cuando Iris y parte de sus secuaces hicieran el primer ataque.
Los ruidos, explosiones, alaridos y órdenes fueron tan elevados que se
sintieron en varios kilómetros a la redonda. Nadie supo bien que había pasado,
y no lo supieron hasta que los rayos solares iluminaron el inmenso campo de
batalla: cientos de heridos, decenas de cadáveres, casi todos ilios, y la mayor
parte de la infraestructura de esos seres (casas, templos, caminos…) destruida
o seriamente dañada indicaron que los tiempos se habían adelantado, y que
alguien prefirió no esperar a que fueran los ilios quienes hicieran el primer
movimiento, o que se lanzaran, como sostuvieron muchos, a la conquista de
Insulandia y los otros países de Centralia.
_¿Y luego del mundo entero? - llamó Eduardo –. Leí en un libro de historia
en la biblioteca del Castillo Real. Ese fue el razonamiento de Iris y los
suyos.
Aquel grupo se había propuesto borrar del
mapa a los ilios antes que estos se convirtieran en algo peor de lo que ya
eran: un problema superior del que ninguno pudiera escapar ni evadirse, ni
tampoco enfrentar. Desde su llegada al suelo centrálico, los ilios empezaron a
verse a si mismos como y creerse los dueños incuestionables de la que ellos
consideraban que era su “Sagrada Nación Irrenunciable”: una vasta región de quinientos
cuarenta y tres mil trescientos setenta y cinco kilómetros cuadrados conocida
como Iluria, de los que ciento diecinueve mil quinientos cuarenta y dos punto
cinco, el veintidós por ciento, correspondían al reino de Insulandia. Con un
pueblo así, tan prepotente, altanero y soberbio – sobraban los calificativos, y
ni uno solo era positivo o alentador – a las hadas y otros seres elementales se
les fue formando en la cabeza una idea constante: que algún día, quizás antes o
quizás después, esas peleas callejeras, insultos por lo bajo y disturbios sin
importancia pasarían a mayores.
Y pasaron a mayores.
Llol número dieciocho de cinco mil setenta y
nueve fue una fecha que quedó marcada a fuego en la memoria colectiva e
individual. En cuestión de semanas, tan solo en tres, se había extendido por
cada uno de los países en la decena de continentes e involucrado a las setenta
y siete especies elementales existentes en ese momento – nueve se extinguieron
durante la guerra, y dos en los cinco siglos posteriores, a consecuencia de
aquella –. Para dar inicio a la Guerra de los Veintiocho, a la que en un
principio se llamó “La Guerra Grande” o “Guerra Planetaria”, Iris y la plana
mayor de su bando habían argumentado la negatividad de los ilios, el desprecio
con que miraban y le dirigían la palabra a los ajenos a su comunidad, las
tensiones que generaban estos seres y su deseo nunca ocultado ni disimulado de
conquistar Iluria, apoderándose de todo cuanto hubiera en ella, expulsando a
todos los demás y asumiéndose como soberanos y dueños incuestionables,
legítimos y únicos de Iluria, la región habitada desde mucho antes (quizás
desde el surgimiento de la civilización feérica) y a la que consideraban como
un regalo de los dioses. Iris y sus secuaces no iban a permanecer sentados y
con los brazos cruzados, mientras veían como los ilios amenazaban incluso la
integridad física – la vida – de las hadas y otras especies, a que desde los
gobiernos, sobre todo los del continente centrálico, y los organismos
internacionales, como el Consejo Supremo Planetario y la Mancomunidad
Elemental, se hiciera algo que detuviera o contuviera este atropello que
gradualmente se volvía más grande. Tenían que actuar primero y evitar aquello
en lo que creía un número importante de hadas y otros seres elementales: que
llegado el caso en el futuro, los ilios no se conformarían con ser dueños de
Iluria y quisieran extender más allá sus dominios. Fue allí que los más
alarmistas empezaron a teorizar sobre una conquista ilia de todo el planeta.
_Ese fue uno de los pocos aspectos que unió a
los dos bandos enfrentados – dijo
Isabel, en tanto entraban en la cama y se cubrían con la sábana. Ya habían
pasado los primeros quince minutos del uno de Julio (Iiade número quince) –.
Ninguno estuvo dispuesto a permitir que los ilios se apropiaran de tierras que
no les pertenecían, ni mucho menos que se apropiaran de lo demás. La diferencia
fue que quienes se opusieron a Iris y su banda eligieron la paciencia, cautela,
prudencia y la diplomacia. Dejar que fueran los políticos quienes asumieran la
tarea de contener y derrotar a los ilios, y no la Guardia Real.
_Y así se inició la Guerra de los
Veintiocho., concluyó Eduardo, pensando en ese evento, y evadiéndose por un
momento del trabajo para mañana, sobre pasar a limpio los borradores y
anotaciones.
Al experto en arqueología submarina aún le
asombraba lo fresco que aquel suceso histórico y trascendental estaba en la
memoria de los seres elementales, especialmente las hadas. Un hecho ocurrido
hacía más de cinco mil años había tenido tales consecuencias, positivas y de
las otras, que había trascendido todas las épocas. Muchos logros de esos
veintiocho años aún estaban vigentes y se aplicaban en el día a día en diversos
campos (medicina, economía, trabajo, cultura, deportes…) y facilitaban la vida
de las hadas. La pasión de estas por la historia, la arqueología y los cientos
de archivos y libros también contribuían a que el conflicto bélico más grande
de todos los tiempos no desapareciera.
_Tal cual., coincidió Isabel, previo a apagar
la luz.
Su novio la imitó, ambos cerraron los ojos y
dieron por finalizada su jornada.
El uno de Julio (Iiade número quince), un
Lunes, fue uno de esos días inusualmente atípicos para los dos, por los asuntos
relacionados al trabajo y todo lo demás. Un día con el invierno ya asentado en
que la temperatura ambiente no era inferior a los dieciséis grados, y que a
mitad de la tarde llegó hasta los veinticinco y medio. Por primera vez en su
corta historia juntos, Eduardo e Isabel estuvieron la mayor parte del día
separados.
Eduardo estuvo durante doce horas y tres
cuartos encerrado en la sala de la casa, ocupándose de pasar a limpio las
páginas repletas de anotaciones hechas a las apuradas, tachaduras, borrones y
cálculos. El “tac-tac-tac” fue una constante, cada vez que sus dedos apretaban
las teclas en la máquina de escribir – el hombre casi nunca había usado una de
esas en la Tierra –, uno de los “prodigios tecnológicos de las hadas. Una tras
otra las hojas con la información y las conclusiones a limpio fueron apilándose
en un extremo de la mesa. Los treinta días transcurridos en el yacimiento
submarino quedaron debidamente registrados y eso permitiría una mejor
comprensión de aquel lugar. Para los seres feéricos, conocer su mundo por poco
no era una obligación irrenunciable e incuestionable, y cada año se destinaban
millones de soles desde el sector privado y desde el público, a las
investigaciones y tareas científicas – geología, astronomía, física,
meteorología, hidrografía… –. Como resultado, el conocimiento de las hadas
sobre su planeta era prácticamente total. “Ampliar el conocimiento, para eso
sirve la ciencia”, dijo Eduardo, cuyos dedos ya estaban sintiendo las horas
enteras de haber apretado las ciento diez teclas de la máquina. Apenas hubo de
levantarse de la silla tres veces, dos para responder a los llamados de la
naturaleza y la otra para comprarle los atados al vendedor puerta a puerta que
pasó al mediodía, y recién cuando el reloj en la pared indicó las diecinueve
horas con veinte minutos fue que concluyó el pase a limpio. Escribió su firma y
la aclaración al pie de la última página (trescientas se redujeron a ciento
nueve) y las guardó en un trío de sobres que tenían el sello del Museo Real de
Arqueología, adonde los llevaría mañana por la mañana, y ese sería el momento
en que su trabajo, el de Kevin y las chicas estaría por fin completo.
Isabel estuvo casi todo el día en la sede
central del Banco Real, aquella colosal estructura piramidal que de a poco,
desafortunadamente de a poco (por todo lo que eso significaba para el Estado y
el pueblo), iba recuperando el esplendor que tanto la caracterizaba, gracias a
ese ejército de trescientos cincuenta obreros que se ocupaban de las diversas
tareas de restauración. Isabel pasó todo el día con sus progenitores e Iris en
el sector subterráneo de la pirámide, los tres andando, hablando y cruzándose
de vez en cuando con algún hada guardiana, empleado o directivo del banco o
algún cliente. Las tres almas solitarias parecían estar recuperándose del período
oscuro que para ellas fueron los meses de Abril y Mayo, porque durante ellos su
espacio para moverse se vio bastante reducido, a causa del colapso estructural,
con los anegamientos debido al agua y el derrumbe de algunas paredes y techos.
De a poco volvían a sus antiguas obligaciones y actividades como vigilantes de
los recursos insulares, incluidas las siempre llenas arcas estatales. Isabel
los puso al corriente de como era su vida con Eduardo, habiendo empezado con la
frase “Una vida color de rosa”, y de lo entretenido y provechoso que había sido
el mes de Junio, aunque respecto a esto, por pedido de los expertos del
Instituto Real de Historia, no dijo una sola palabra del hallazgo de ese
recipiente especial, para que Iris no se desilusionara si todo aquello
resultara falsa alarma. La hija mayor de Wilson e Iulí recién abandonó el Banco Real a las dieciocho
horas con cuarenta y cinco minutos, que era el momento del día en que se daba
por terminado el horario para las visitas (el laboral lo hacía a las diecinueve
en punto). Isabel, ya en vuelo, no dejó de ver y saludar a sus padres e Iris
hasta que se le volvió imposible detectarlos, por la distancia y la enorme
espesura.
Ambos volvieron a verse la cara apenas
pasadas las diecinueve treinta, cuando el hada de aura lila descendiera en
línea recta desde las alturas, habiendo decidido no usar esta vez la puerta
espacial – recientemente habían instalado otra a veintidós metros de la sede
central del banco – y hacer un parate en mitad de camino entre la pirámide y su
casa, para ayudar a los viajantes de un carretón accidentado. Al estar de
vuelta detectó a su compañero de amores apoyado contra la pared, como si
estuviera descansando. “Lo estoy” – le dijo, al tenerla junto a el –, “sobre
todo los dedos; no hice otra cosa en todo el día”. Al entrar en la sala le
mostró los sobres, listos para ser llevados al museo, y ninguno hizo otra cosa
que contar sus vivencias durante la jornada, a lo que Eduardo sintió envidia
por lo bien entretenida que había estado Isabel, porque una cosa era dar un
paseo en compañía de las almas solitarias, con las que de seguro habrá habido
varios temas para conversar, y otra cosa muy distinta era haberse quedado solo
en la casa ocupándose de lo mismo desde bien temprano por la mañana. “Me consuela
el saber que valió la pena”, se conformó Eduardo, al terminar su relato. De
sobra sabía que esas ciento nueve páginas pasarían a engrosar los archivos del
museo. Con esta primera asignación completa el día de mañana, habría una semana
de descanso antes de empezar con alguna otra cosa, y era posible que el
cuarteto no corriera esta vez, porque al artesano-escultor ya lo estuvieron
tentando con ofertas laborales en el Mercado central de las Artesanías, en el
norte de la capital insular, y ya estaba casi lista para volver a funcionar una
de las salas médicas de barraca Sola (la idea de mudanza había quedado
completamente descartada y sepultada). Estas ofertas, sin embargo, no estaban
firmes, ya que Kevin y Cristal habían disfrutado y aprendido mucho a lo largo
del mes de Junio.
Y así llegó el dos de Julio – Iiade número
dieciséis en el calendario antiguo –, un martes tan caluroso como el día
anterior. Aun antes de que fueran las ocho, la temperatura había alcanzado los
dieciséis grados (¡que útiles eran los termómetros en las casas!), y todos los
pronósticos hacían suponer que treparía hasta los veintitrés o veinticuatro
para mediados de la tarde. Al terminar el desayuno, Eduardo, ya aseado y con
ropa y calzado formales, dejó la casa en barraca Sola y puso rumbo al Castillo
Real, no sin detenerse por unos momentos y observar la vereda opuesta. Se advertían voces, lo que significaba que
sus ocupantes también estaban empezando el día.
Fue recién a las once que el compañero de
Isabel terminó su reunión con el consejo directivo. Estos notables, los mayores
expertos en arqueología del reino insular, leyeron las conclusiones finales de
Eduardo sobre aquel yacimiento, y descubrieron que el trabajo estuvo hecho de
una forma tan magistral y sin descuidar ningún detalle que eso bien podría
significar que el museo y el Consejo AG (Arqueología y Genealogía) se
ahorrarían bastante tiempo y presupuesto en los análisis exhaustivos sobre las
muestras recolectadas. “Esto no es solo por la arqueología, sino también por la
historia”, le dijo el director del MRA, que junto a los expertos, hizo saber a
Eduardo que este y su grupo habían estado trabajando en un área que se extendía
por alrededor de doscientos kilómetros, en la que no de sus atractivos, cuando
no el único, era u cráter bajo las profundidades formado hacía cincuenta y
cinco mil años, o casi, a raíz del impacto (fruto de un cuerpo mucho mayor) de
un asteroide que marcó a fuego la historia del continente centrálico. “Y los
dioses hicieron caer la lluvia de fuego sobre Iluria para borrar las impurezas
que contaminan nuestra Sagrada Nación Irrenunciable”, recitó Eduardo uno de los
pasajes de los archivos históricos insulares. El compañero de amores de Isabel
había leído los suficientes textos y libros de ciencias e historia como para
comprender y entender que aquello no fue
otra cosa que un evento astronómico interpretado a su manera por los ilios. Un
asteroide mayor se había partido en numerosos fragmentos (en cientos) mientras
traspasaba todas las capas atmosféricas, y la mayoría de aquellos, como lo
demostraran las investigaciones posteriores, dieron de lleno en el
oeste-noroeste del continente centrálico – el noroeste del reino de Insulandia
– en una región poblada desde mucho antes de la llegada de los ilios. No había
una fecha concreta de ambos eventos, porque ninguna especie poseía por esos
días un calendario u otra manera para medir el tiempo, así que lo que tenían
eran aproximaciones. Tiempo después de la llegada de los ilios al
oeste-noroeste de Centralia empezaron los problemas, cuando aquellos
individuos, de los que los seres feéricos supieron muy poco hasta esos días,
empezaron a creerse y definirse asimismo como los amos, señores y únicos dueños
de las vastas tierras de quinientos cuarenta y tres mil trescientos setenta y
cinco kilómetros cuadrados, de los cuales ciento diecinueve mil quinientos
cuarenta y dos punto cinco, el veintidós por ciento, le pertenecían al reino de
Insulandia.
_Creo que lo único que los mantendría a raya,
por el miedo que sentirían, sería tener a Iris otra vez con nosotros –
argumentó el director del MRA, cuando el y los otros expertos concluyeron la
lectura de los principales pasajes del reporte. Ya lo leerían a fondo durante
el día de mañana –, con su antiguo cuerpo y sus poderes y habilidades. Justo
como antes y durante la Guerra de los Veintiocho. Muy bien, Eduardo, esto es
todo. Isabel y vos lo hicieron muy bien, y también Cristal y Kevin. En tu caso
y el de tu prometida tienen una semana de descanso, y en la mañana del diez
quiero verlos acá para darles una nueva asignación.
Dicho eso, y tras la despedida formal, el
novio de Isabel abandonó la oficina y el MRA mismo. Este día no tendría
obligación laboral alguna, no las tendría durante los siguientes siete, así que
pasaría las siguientes horas sobrevolando el barrio Barraca Sola, para ver como
marchaban las obras de reconstrucción de la infraestructura dañada a fines del
mes de Marzo, durante la Gran catástrofe.
Era el mediodía del miércoles – tres de
Julio, Iiade número diecisiete –, y Eduardo, Isabel y Kevin ocupaban una mesa
junto a los amplios ventanales en El Tráfico, el emblemático bar de Barraca
Sola, esperando la llegada de Cristal para empezar el almuerzo. El futuro
cuñado de Isabel estaba de parabienes, y sus buenas razones tenía para ello.
Los expertos del Instituto Real de Historia en Campo del Cielo, ya habían
confirmado la autenticidad del acero mágico en si y la fecha grabada en el
recipiente… y su peso. Dos mil quinientos doce gramos que se tradujeron en tres
millones ciento cuarenta mil soles, que durante la última semana del mes pasado
se transfirieron desde las arcas del Estado hacia la cuenta personal de Kevin
en el Banco Real de Insulandia. Este la mantendría inmóvil de momento, ya que
no había nada que necesitara, a menos que se considerara como tal su idea de
montar un comercio propio en el MC-A, aquello en lo que estaba mejor
calificado, laboralmente hablando. Era un proyecto en el que pensaba trabajar
cooperando con cinco de sus colegas de ese mercado central, del que cada uno
pondría un porcentaje de la inversión y que pensaban empezar en la segunda
semana de este mes. Era imposible que Kevin no continuara trabajando allí,
porque ese había sido su lugar desde su llegada a la edad laboral, y dejado
varios amigos y contactos, unos pocos con influencias, aunque el una hubiera
recurrido a esto.
_Y porque las esculturas y otras artes son
indispensables para la cultura de las hadas., concluyó Kevin, justo cuando el y
los otros dos veían como Cristal iniciaba el descenso.
El recipiente ya había llegado al Banco Real
de Insulandia, lo habría hecho ayer a últimas horas u hoy a las primeras –
había procedimientos y requisitos que cumplir antes de efectuar el envío –, y
su destinatario ya lo tendría en su poder, y estaría ingeniándoselas para
abrirlo. Hasta que eso por fin ocurriera, desconocería el contenido.
Cuando el almuerzo iba a la mitad y el
cuarteto conversaba animadamente sobre asuntos laborales, una empleada del
Banco Real hizo su aparición en El Tráfico y dirigió su vista y palabras a los
hombres.
_Kevin, Eduardo… necesito que vengan conmigo.
Iris, Iulí y Wilson quieren verlos, los necesitan – los cuatro se levantaron de
sus asientos educadamente, a lo que el hada recién llegada aclaró –. No,
chicas, lo siento, pero los pidieron a ellos dos solamente – porque las
atractivas hermanas de aura lila también se habían puesto de pie –. No
pregunten el motivo, porque lo desconozco.
_¿Habrá pasado algo malo?., se preocupó el
arqueólogo, en tanto el y Kevin empezaban a despedirse de las chias.
_Malo no, definitivamente. Al menos, yo no lo
creo – contestó el hada, que emanaba un aura verde oliva – Pero si pasó algo,
por como se encuentran Iulí, Iris y Wilson. Yo llevo ocho años trabajando en el
Banco Real, en las arcas del Consejo de Salud y Asuntos Médicos, y nunca los vi
tan contentos, tan emocionados, por algo. Sobre todo Iris.
Y el par de hombres remontó el vuelo,
secundando a la empleada bancaria. Fue un vuelo de menos de cinco minutos hasta
el Banco Real, una distancia de quince punto cuarenta y dos kilómetros que
cubrieron a la velocidad del rayo, a unos doscientos metros de la superficie.
Aun desde antes de que pusieran los pies junto al acceso lateral (para
empleados y turistas), el trío pudo ver que eran constantes el movimiento,
bullicio y ajetreo en la gigantesca pirámide. Las actividades allí habían
vuelto a la normalidad, aun cuando se continuaban desarrollando las últimas
tareas de refacción, las menos complejas. “Los están esperando en el lugar de
costumbre”, avisó el hada de aura verde oliva, antes de perderse en el tropel
de trabajadores atareadísimos.
_Me pregunto que querrán – se extrañó
Eduardo, descendiendo por el siempre oscuro /no importaban las auras ni las
antorchas) pasadizo, y cruzándose de a ratos con algún empleado o usuario –. ¿Y
qué es eso, o qué fue, de “sobre todo Iris”?.
_La verdad es que no tengo ni idea de sus
asuntos – reconoció Kevin, girando por la bifurcación derecha en el final del
pasadizo –. Pero lo otro… si Iris está tan contenta y emocionada… tiene que ser
alfo descomunal y grandioso para que ella se muestre así. No es que no lo esté habitualmente, pero no
tanto como lo que describió aquella empleada. Supongo que debe ser a causa del
contenido de ese recipiente que encontré. Como sea, tiene que ser algo genial
que involucra a los tres. Aunque no se en que cosa entramos nosotros.
_Su papel va a ser protagónico, no lo duden –
se ocupó de aclarar Wilson, que de pronto había aparecido ante ellos, después
de traspasar un grueso muro –, eso ni siquiera lo duden. ¿Se acuerdan de eso
que les dije en el Nint número siete, ocho de Marzo, la primera vez que las
chicas y nosotros compartimos la mesa en este lugar?, ¿qué así como ustedes dos
iban a contar con nuestra ayuda cada vez que lo necesitaran, del mismo modo
Iulí, Iris y yo esperábamos poder contar con ustedes, de ser necesario?.
_Absolutamente., aseguró Eduardo.
_Palabra por palabra., ratificó Kevin.
_Pues bien, llegó ese día – dijo el “futuro
suegro” de los hombres, en tanto reanudaban su marcha. Las almas solitarias
femeninas los estaban esperando en aquella recámara en que sostuvieran su
primera reunión familiar – ;y es gracias a vos que lo hizo – dirigió su vista y
esas palabras al artesano-escultor , que confirmó lo de sus palabras previas a
la llegada de Wilson –. Ese recipiente que recuperaste en el yacimiento subacuático
contuvo la solución a una de las pocas cosas que ninguna de las especies
elementales nunca supimos como resolver. Algo que desvela a las hadas desde que
tenemos conocimiento de la técnica, desde que la inventamos… o desde que la
descubrimos. Miles de años de trabajo e investigaciones que siempre dieron
resultados negativos y la solución ya la teníamos, solo que olvidada.
El padre de Isabel y Cristal temblaba, y a
los hombres que lo acompañaban no les costó esfuerzo alguno advertir que era a
causa de la emoción. Lo que en otro tiempo fueran el calzado e indumentaria
tradicionales parecieron oscurecerse un poco como consecuencia de ese
sentimiento positivo.
Iulí e Iris los estaban esperando conversando
entre ellas en aquella paqueta sala circular en que sostuvieran su primera
reunión familiar, al empezar la segunda semana de Marzo. Por cierto que dicho
recinto no estuvo exento del grave desastre y había sido restaurado, los
mejores albañiles – por su importancia, un trabajo comparable a la ingeniería y
la arquitectura – del Consejo de Infraestructura y Obras habían hecho sus
mejores esfuerzos, puesto que el Banco Real constituía uno de los principales
pilares de la economía, el comercio y la industria del reino insular, pero aun
con todo eso se notaba que la Gran Catástrofe hubo de dejarlo en condiciones
deplorables. Aunque restaurado el bello recinto, todavía quedaban unos pocos
vestigios, los más insignificantes, del peor desastre que el país viviera y
experimentara en cien años. Las pinturas alegóricas fueron restauradas, las
sillas, mesas y la mayoría de las piezas que conformaban el mobiliario habían
sido reemplazadas por materiales nuevos y la estructura en si fue apuntalada y
reforzada con materiales y soportes más fuertes. El Banco Real de Insulandia,
por su importancia, estuvo en la lista de prioridades, y lo continuaba estando.
Kevin y Eduardo ocuparon un par de lugares en
torno a la mesa circular, sin dejar ambos de reconocer que tal cual hubieron de
ser las palabas de aquella empleada que había ido a buscarlos a El Tráfico: la
antigua cabecilla de uno de los bandos enfrentados durante la Guerra de los
Veintiocho se encontraba con un humor buenísimo y feliz como nunca antes lo
haya estado, tanto que tenía una sonrisa prácticamente permanente en la cara,
que hacía opacar el color habitualmente grisáceo claro, y temblaba de la misma
manera que sus dos congéneres, a causa de esta emoción cuyo origen permanecía
aun desconocido por los visitantes, que conjeturaban y especulaban al respecto.
_Pero, ¿a qué se debe todo esto, estas
reacciones de felicidad?., quiso saber con (mucha) intriga el novio y prometido
de Isabel, en tanto allí se preparaban las amenidades.
La progenitora de las hermanas de aura lila
había hecho levitar dos tazas, la tetera y un cenicero, el cual no tardaría más
de tres horas o tres y media en llenarse, dejadas estas piezas momentos antes
por el personal del banco.
_Se debe a algo que ellos y yo estuvimos
pensando y llevando a la práctica desde que Kevin recuperó el recipiente
fabricado con acero mágico. Es la mejor noticia que pudimos recibir, Eduardo,
como no podés imaginarte – contestó Iris, animadísima, tratando de conservar la
compostura, ahora que había llegado el momento de ofrecer las explicaciones
pertinentes – Pero esto es algo que viene de un poco más atrás.
Específicamente, o concretamente, de la madrugada del ocho de Marzo, o Nint
número siete. Fue algo que recordé de repente, no me pregunten como, pero lo
hice. Algo que había olvidado por completo, pese a que en su momento, hasta un
año después dela Guerra de los Veintiocho, lo había mantenido como algo de un
incalculable valor y siempre presente en mis pensamientos y mi memoria. Tampoco
me pregunten como es que pude olvidar algo tan valioso para mi, porque no tengo
idea, ni como es que lo recordé después de alrededor de cincuenta y un siglos.
Pero pasó, lo hice, como dije. Y esta es la oportunidad de poder hacer algo
para cambiar las cosas, la oportunidad que en mi caso particular llevo
esperando desde hace un tiempo casi igual, más de cinco milenios.
Los visitantes se impresionaron.
Podría ser lo único que ellos no habían
imaginado.
_¿No será por casualidad…?., empezó el
artesano-escultor.
Pero el alma solitaria del sexo femenino lo
interrumpió, y n hizo falta alguna que Kevin completara la pregunta, ni que su
amigo hiciera intervenciones al respecto, porque los dos ya habían advertido
que se trataba este asunto que tenía tan emocionado al trío de seres. No hizo
falta alguna que ninguno dijera u opinara algo, ni que gesticulara con la cara
o el cuerpo, porque ya no les cupo duda alguna. Ya sabían, en base a las
últimas palabras de Iris, lo que contenía el recipiente fabricado con acero
mágico.
_Si, es eso mismo. Es eso en que ambos
pensaron, y acertaron – corroboró Iulí, descubriendo como las amenidades y los
cigarrillos iban a quedar para los hombres en el segundo plano, en el
tercero o el cuarto… o quizás ni
siquiera contaran esta vez –. Eso es lo que a Wilson, a Iris y a mi nos tiene
con tanta emoción desde aquel ocho de Marzo. Y es algo que hizo que nuestra
felicidad aumentara infinitamente desde que vos, Kevin – miró con orgullo al
compañero de amores de su hija menor, quizás como poas veces o ninguna antes lo
hubiera hecho –, encontraste y recuperaste aquel recipiente – ahora desvió la
vista hacia un aparador, donde se hallaba dicho objeto, antes de volver a
concentrarse en sus congéneres y el par de hombres que los acompañaban –, el
diez de Junio, o Tnirta número veintiuno. Y eso fue toda una suerte, a decir
verdad, porque tranquilamente habrían pasado uno atrás de otro los milenios
hasta que fuera recuperado. Podría haberse encontrado en cualquier parte de
Insulandia, de Centralia e incluso más allá. En cualquier lugar del planeta,
quien sabe cual. Por ese descubrimiento, Kevin, y también a las chicas y a vos
– miró a Eduardo a la cara – que contribuyeron a su recuperación, Iris, Wilson
y yo les vamos a estar eternamente agradecidos. Y no les quepa la menor duda de
que también lo van a estar todas y cada una de las almas solitarias que existen
en este planeta, no importa cuantas sean ni en que lugar se encuentren. Podemos
estar hablando de un logro, de un hito, solo comparable al de las puertas
espaciales e incluso tanto como el inkeu, que por ahora es una promesa a largo
plazo, por su trascendencia e importancia. Así van a ser las cosas no bien la
existencia haya tomado estado público.
Las delicadas facciones de Iulí estaban
radiantes.
Evidentemente, esta era la mejor noticia.
_Y no duden que va a tomarlo – apoyó Wilson a
su compañera, mostrando su afecto apoyando las manos sobre los hombros de ella.
El resultado fue el oscurecimiento tanto de las manos como de los hombros, que
se mantuvo hasta finalizado el contacto físico – porque estamos hablando del y
nos referimos al resultado al que se llegó, según lo que contó Iris, después de
alrededor de una década y media de exhaustivas y arduas investigaciones antes
de la Guerra de los Veintiocho, de un ensayo atrás de otro, de un cálculo atrás
de otro, de una estimación atrás de otra. Claro que no había una sola manera de
pasar de la teoría a la práctica, porque para eso hubiera hecho falta por lo
menos un alma solitaria en la cual probar la fórmula. Pero si sabemos que va a
funcionar, eso es totalmente seguro.
_Y eso es lo que a ellos dos y a mi nos tiene
en este estado., finalizó Iris, que parecía querer ponerse a bailar y hacer
alguna locura para festejar el recuerdo recuperado primero, al dar inicio
Marzo, y el hallazgo después, en la segunda semana del Pasado Junio.
Iris, Iulí y Wilson habían podido recuperar –
con la ayuda del novio y prometido de Cristal – el secreto para revertir sus
actuales condiciones, de dejar de ser almas solitarias y volver a ser hadas. De
hacer lo que actualmente era imposible por medios naturales, o cualquiera de
los conocidos (remedios y pociones que podían incluso curar las heridas y
dolencias más graves). De hacer lo que desde el inicio era un alma solitaria
pudiese recuperar su cuerpo, su aura con el color original y su don. “El
envase, en definitiva”, complementó Wilson. Una vez más, la magia, porque en
eso radicaba gran parte de este asunto complejísimo, estaba demostrando ser la
mejor de las soluciones, cuando no la única.
_¿Y cómo fue que se llegó a esto?., quiso
saber el arqueólogo en primer lugar, encontrándose tan en ascuas como su amigo,
y antes que cualquiera de las tres almas hubiese pensado en pedirle a alguno de
los dos que llevara la caja del aparador a la mesa.
_Esa es una historia que empezó en dos fechas
del año cinco mil sesenta y cuatro, los días quince y veinte de Agosto, que por
entonces eran los números dos y siete del mes Sefht, porque aún no había sido
desarrollado el neo calendario. En la primera de las fechas fue que me decidí a
hacer algo que fuera definitivo, porque supe que por la mañana cinco ilios
habían asesinado a un guardia nuestro y otro de Nimhu, uno de los reinos que
limitan con Insulandia, en la base del monumento que recuerda la fundación de la
región noroeste, simplemente porque los guardias se rieron cuando uno de los
ilios tropezó y cayó al suelo. Decidí que eso no iba a quedar así – contestó
Iris, dando inicio a la explicación –. El segundo comienzo, el Sefht número
siete, vino de la mano de una de las mentes más geniales y brillantes de todos
los tiempos en el Consejo de Ciencias. Una científica experta en biología de
nombre Mücqeu, que había sido la hermana del guardia insular asesinado y que
años más tarde, con la guerra ya empezada, se convirtió en una de mis
principales tenientes; su don fueron las plantas. De hecho, volviendo al eje,
ella fue la persona que iba a traerme ese recipiente que quedó perdido por
siglos enteros. Pero eso queda para más adelante, porque ahora la historia es otra.
“Somos oídos atentos”, dijeron al unísono
Eduardo y Kevin, conscientes plenamente de que podrían ser las únicas personas
que iban a conocer esta parte del pasado de las hadas, al menos hasta que ese
descubrimiento se diera a conocer a Insulandia y al resto del mundo.
Como tantos otros cientos de miles de sus
congéneres, o cientos de millones, y también de individuos de las otras
especies elementales, Iris había crecido escuchando y leyendo como los ilios
eran perfectamente capaces de cometer una tropelía atrás de otra y hacían lo
que les viniera en gana sin consultar con todo o casi todo, con lo que fuere,
lo que los rodeaba. Los ilios no tenían mayores dificultades ni reparos a la
hora de alcanzar niveles tan altos de crueldad, maldad e incluso perversidad
tan altos que su sola mención hacía escandalizar a cualquiera de los otros
seres elementales. La sola presencia de estos seres de piel rojiza y orejas
puntiagudas y largas en el oeste-noroeste centrálico (noroeste del reino
insular) bastaba para que las tensiones y la propensión a las peleas, por
ejemplo, fueran dos aspectos inevitables de la vida cotidiana de todos los
elementales que vivían en Iluria, un nombre que era lo único que unía a los
ilios y hadas, solo que con diferente origen: para los primeros era por motivos
religiosos y para los seres feéricos un homenaje a Ilux, uno de los reyes más
valerosos y contemporáneo del Período de Organización – el surgimiento del
estado primitivo y el establecimiento de las primeras poblaciones grupales –. Las
historias que sobre los ilios circulaban por el boa a boca o figuraban en los
textos históricos eran francamente horrendas y aberrantes, y cuatro de todas,
que sin dudas estaban entre las peores, eran los sacrificios de recién nacidos
como ofrenda a los dioses, efectuando uno al dar inicio cada año calendario por
cada aldea, con lo que cada uno de Enero morían alrededor de quince mil bebés
de la especie; ejecuciones con métodos particularmente desagradables, el
empalamiento incluido, de individuos de la propia especie que no siguieran a
rajatabla las reglas, a veces tiránicas; la intolerancia racial en grado
extremo y los castigos más bien crueles para cualquiera que compartiera, si
llegara a confirmarse tal cosa, sus secretos, conocimientos y su acervo cultural
con la demás especies elementales, principalmente con las hadas, sirénidos,
gnomos y liuqis, a quienes veían y consideraba como “esas manchas que
contaminaban su Sagrada Nación Irrenunciable”. Esas especies elementales fueron
por aquellos días, y aun hasta después de la Guerra de los Veintiocho, las
únicas presentes en el oeste-noroeste de Centralia. La opinión que por poco o
muy poco no era común a todos los individuos de la raza feérica era que los
ilios algún día serían capaces de cualquier cosa con tal de apoderarse de una
vez y para siempre de esos casi quinientos cincuenta mil kilómetros cuadrados
que formaban Iluria (que de ninguna manera hubieron de pertenecerles) y
expulsar a todos los ajenos a su especie. Capaces incluso de empezar una guerra,
y hubo individuos, feéricos y elementales, que se propusieron evitar que eso
pasara: algunos, los superiores en número, prefirieron la diplomacia y las
negociaciones, y otros continuar encomendándole a la Po.Se., la “Policía
Secreta”, la difícil tarea de mantener a raya y vigilados a los ilios, un
objetivo que cambiaría parcialmente al iniciar la guerra. Hubo un tercer grupo
que prefirió no esperar a que los diplomáticos y los espías hicieran algo más o
menos definitivo. Entre los integrantes de este último grupo estuvo Iris, la
hija menor de los reyes insulares, en ese entonces una brillante economista y
contadora que trabajaba en el Banco Real de Insulandia, del que integraba la
comisión directiva. Era una de las personas de las que menos se sospecharía que acabaría por empezar la guerra más grande
de todos los tiempos. Sin embargo, aunque desde el principio estuvo ella
decidida a no permitir bajo ningún concepto que fueran los ilios los que
atacaran en primer lugar (“Hay que detenerlos como sea”, les iba diciendo a
quienes se convertían en sus tenientes y confidentes más cercanos), Iris se dio
cuenta que antes de moverse y dar el primer paso debía dar forma a un grupo que
fuera muy superior en número y, por supuesto, poderoso. Era consciente de que
solo un ser feérico podía tranquilamente aniquilar a treinta o treinta y cinco
ilios antes de el mismo perder la vida, pero no iban ella y sus primeros
seguidores a correr riesgos, si tenían la chance de evitarlos. Debían, aparte
de realizar un entrenamiento exhaustivo para volverse psicológica y físicamente
fuertes, hacerse de cualquier cosa que les resultara de utilidad, aunque fuera
de una menor, para cuando la guerra por fin empezara. Recurrieron a todo lo que
tuvieron a mano, (armas, libros de texto, ciencias, artes mágicas…) para tener
asegurada la victoria desde el principio.
_Los objetos que mejor representan a los
continentes., rememoró Eduardo de repente, pensando por un instante en el
Espectador, que fuera destruido durante la Gran Catástrofe.
_El más fácil de conseguir, porque se
encontraba en el suelo insular desde diez días antes del asesinato de aquellos
dos guardias en la región noroeste., agregó Iris, antes de continuar con esta
“clase de historia”.
Habiendo hecho eficaces combinaciones de las
artes mágicas con las diversas disciplinas y ramas de las ciencias, por
ejemplo, lograron el surgimiento de nuevos hechizos y pociones para los usos
más variados, de las cuales un número importante eran todavía usadas, a más de
cinco mil años de su creación. Fue entonces que hizo su aparición aquella mente
maravillosa de nombre Mücqeu, una de las estrellas tan prometedoras que tuvo
por esos tiempos el Consejo de Ciencias de Insulandia, y que por sus logros,
méritos y posición en el poder político del reino insular hubo de convertirse
en parte de la plana mayor, y por tanto una pieza clave, del grupo dirigido e
ideado por Iris. Había sido Mücqeu, cuyos logros hicieron que la ciencia
insular destacara por sobre las de los otros países, quien hablara a la
princesa insular acerca de un proyecto en el que estaba pensando con toda la
firmeza y dando los primeros pasos. “Las almas solitarias” – le dijo
entusiasmada, al comentárselo por primera vez, cuando coincidieron en un acto
público –, “la chande de que puedan recuperarse, de que esa alma pueda
recuperar su aura, su cuerpo y su don. Se que va a funcionar, princesa Iris, lo
se”. Aun siendo altamente improbable el hecho de que un ser feérico (un hada)
quisiera, llegado el caso, recurrir a una técnica que nunca se había podido
desarrollar de forma exitosa, iris y su grupo
que recién estaba surgiendo no descartaron esa posibilidad. Si en algún
momento alguien resultara con heridas y dolencias tan graves que se veía
obligado a separar el alma del cuerpo para iniciar el proceso de curación (el
alma envolviendo al cuerpo en espiral, desde la cabeza hasta los pies, y luego
uniéndose nuevamente a el), y la técnica salía mal, lo cual había pasado
siempre, existía el medio para reparar el daño e incluso aquellas heridas y dolencias
tan graves. “Adelante”, fue la indicación de Iris a la científica, quien de
inmediato se puso manos a la obra, asegurándole a la princesa y a sus allegados
que este proyecto no quedaría listo de un día para otro. “No importa” – aseguró
la por entonces contadora y economista del Banco Real insular –, “tampoco
nosotros estamos listos para la guerra”. Por ese entonces, eran unos pocos los
que habían querido formar parte de ese grupo para luchar contra los ilios, no
más de cinco decenas, y no estaban ni carca siquiera de lograr victorias en
batallas menores y aisladas. La cifra era absolutamente insignificante, y
tenían que ampliarla, siempre teniendo en mente que lo debían hacer con todo el
sigilo y el secretismo del mundo: lo que estaban empezando era cuando menos
ilegal, existiendo por lo tanto individuos de todas las especies elementales
que quisieran detenerlos, incluidos quienes seguían apostando a la diplomacia,
y los ilios podrían tener sus propios espías por todas partes (estos aun no
desarrollaban la capacidad para confundirse con el entorno), siempre con el
supuesto de que aquello les sirviera para su total y hegemónico dominio de todo
el oeste-noroeste de Centralia. Los máximos dirigentes del grupo anti-ilio
calcularon que habrían de pasar no menos de diez u once años antes de que las
condiciones les fueran todo lo favorables que esperaban, para que cuando
llegara el momento de dar el primer paso, del cual no se podría volver, no
cometieran ni un solo e insignificante error. “Todo el tiempo que haga falta”,
convino Iris, cierta noche en que mantuvo una reunión secreta a ese respecto,
en su oficina en el Banco Real, al finalizar en este su jornada laboral,
pensando que todo lo que hicieran debía ser definitivo: borrar a los ilios del
mapa definitivamente, antes de que ellos borraran a los demás. Seguro que podrían obtener más de una ventaja del
contexto global, de los adelantos que a nivel planetario se venían dando en la
tecnología, la ciencia, la industria militar (la producción de armas, principalmente),
la medicina, la economía y el comercio.
Aun si no hubieran ocurrido aquellos asesinatos, Iris sabía que tarde o
temprano tendría que tomar esa decisión terminante: la guerra. Iluria venía
siendo una región conflictiva desde que esos seres pusieran en ella sus pies
por primera vez, creyéndose los soberanos desde el inicio, y eso fue algo
bastante desagradable para las hadas y otras especies elementales, que eran las
especies preexistentes y estaban allí desde su surgimiento. Y la forma de ser
de los ilios, tan cerrados y antipáticos, no contribuía para nada a la
impresión general que de ellos tenían los demás. Eso mismo les era perjudicial,
ya que sin interactuar iban quedando social, cultural, industrial y
comercialmente atrasados. “Peor para ellos”, decía Iris, sin lamentar el
aislamiento practicado por ese pueblo.
_Lo que siguió en esos quince años no fue
trascendente, se los aseguro – garantizó Iris a Eduardo y Kevin, que seguían
oyendo con atención –. Mi grupo y yo nos dedicamos a reunir todo tipo de armas
e información y a volvernos más grande en número. En promedio, duplicamos
nuestra fuerza y la superioridad numérica fue algo total. En ese tiempo, el
grupo pasó a tener la misma cantidad de componentes que las nueve guardias
reales centrálicas en conjunto.
La guerra empezó como Iris y sus seguidores
desearon que lo hiciera, y tal cual sus cálculos: en silencio, en secreto y sin
que nadie sospechara que algo así podía pasar, en la mañana del dieciséis de
Abril, que por ese entonces, al no haber surgido el neo calendario, era el Llol
número dieciocho. Iris y un puñado de los mejores guerreros a sus órdenes
atacaron súbita y repentinamente una caravana ilia que se dirigía a una de sus
aldeas en las islas insulares periféricas del noroeste. Duró siete minutos,
entre las diez y cuarto y las diez y veintidós y el grupo atacante se ocupó de
dejar las cosas bien en claro, para que no quedara ninguna duda; de ahora en
más harían todo cuanto estuviera en sus manos para detener las prepotencias y tropelías de los ilios y eliminar a dichos
seres de una vez y para siempre. El ataque de las hadas fue, lo dicho, rápido,
repentino y totalmente abrumador y los hubo de tomar completamente por
sorpresa, porque nada los hizo suponer que en un determinado momento de esa
mañana iban a abandonar este mundo. Veinticinco ilios adultos perdieron la vida
instantáneamente (ni los “setwes” o los guerreros mejor preparados hubieran
tenido una chance contra semejante fuerza de ataque, entre la que estuvo un
trío de hadas de fuego), e incluso la caravana fue destruida, nueve carretas
que transportaban leña, troncos y otros productos vegetales que, Iris había confirmado, provinieron de
una tala no autorizada dentro del parque en que estaba la estructura que daba
nombre a la región del noroeste insular – El Palomar Alto de la Colonia de los
Rosales –. Finalizado el ataque, quedaron restos humeantes en el suelo,
esparcidos en un radio de veinte metros, y las dos decenas y media de cadáveres
fueron llevados a una pira ardiente. No fue por respeto (nunca por eso), ni
tampoco un acatamiento de la costumbre de las hadas, no esta vez, sino una
manera de enfurecer y provocar a los ilios, a quienes supuestamente les
disgustaba y despreciaban la magia, una pos una todas sus ramificaciones y disciplinas,
a las que consideraban como una obra del “Trío Oscuro”, y por lo tanto era algo
completamente negativo y maligno que no iban a tolerar bajo ningún concepto. La
confusión y la conmoción se habían vuelto parte de la cotidianeidad en las dos
semanas que fueron posteriores a ese ataque, porque nadie supo quién había
atacado ni que motivos tuvo para hacerlo, hasta que, el treinta de Abril –
Uumsa número cuatro – apenas antes de la doce en punto, ocurrieron al mismo
tiempo, con una sincronía del cien por ciento, trescientos cincuenta ataques
contra aldeas ilias, ciento una de ellas en Iluria (cincuenta y dos en el reino
de Insulandia), causando más de cinco mil bajas en esa especie en poco más de
diez minutos. Para cuando los ataques concluyeron, a nadie le quedó ninguna
duda de que la guerra era un hecho…
_... y de que había funcionarios político de
todos los rangos involucrados en esos ataques y los anteriores, no solo de
Insulandia ni de Centralia, sino de todo el planeta – todavía continuaba
narrando iris, que insistía, como siempre, en que los ilios eran un peligro
latente sobre el que no se hacía lo suficiente para detenerlo. “Por eso tuve
que actuar yo, por eso la guerra”, pensó –. En el otro bando empezaron a atar
cabos, y recién al año de iniciada la guerra supieron quien había empezado
todo, quien había estado al frente desde el principio.
En los casi seis meses que siguieron, las
batallas, una más extensas que otras, fueron haciéndose no solo más frecuentes,
sino también más feroces y a tener un número cada vez mayor de intervinientes.
La destrucción pasó a ser algo prácticamente cotidiano para las especies
elementales de un todo, las bajas fatales, al llegar el Norg número diez
(décimo cuarto día de Octubre, en el neo calendario) totalizaron once mil de
las cuales novecientas fueron seres feéricos. Serían infinitamente más, a
medida que la guerra siguiera su curso. Las hadas estuvieron desorientadas,
porque debían no solo hacerle frente a la primera guerra en más de cinco
siglos, sino a que al mismo tiempo debían descubrir a quien o quienes estaban
detrás de todo esto, confirmar cual era el objetivo de ese otro grupo – el par
de teorías principales eran el aniquilamiento total y sin excepción de los
ilios y la dominación total, en ambos casos a nivel planetario –, quienes eran
sus líderes y sus máximos dirigentes, que los habían llevado a esos objetivos u
otros y diseñar estrategias de batalla coordinadas y efectivas, ya que por
primera vez los guardias reales estaban resultando decididamente inefectivos,
ante un conflicto de esta magnitud, que los hubo de tomar, como a cualquiera de
los otros seres elementales, por sorpresa. En el sector castrense, además, como
en cualquier otro ámbito (la política, la economía, la industrie, el comercio,
los deportes…), se enfrentaban a la realidad de que no pocos individuos,
hombres y mujeres por igual, eran simpatizantes de aquel extraño y agresivo
movimiento, o, peor, integrantes de hecho del mismo. Pero los dos mayores
problemas, como pronto advirtieron los funcionarios en todas las esferas del
poder político y en las familias reales, era que este conflicto bélico no
estaba siendo (ni lo sería en el futuro) como cualquiera de los anteriores,
sino algo nuevo, nunca antes vivido: esta era la primera guerra que se extendía
por todo el planeta (la primera guerra mundial) y la primera que implicaba la
participación directa de cada una de las especies elementales. Todos y cada uno
de los ámbitos naturales – desiertos, selvas, montañas, ríos… – se verían
afectados en el muy corto o el corto plazo. Aun con todo eso, ni siquiera los
seres elementales más pesimistas podían arriesgar que la guerra se extendiera
por más de cuatro años.
Que equivocados que estuvieron.
Los ilios, por su parte, habían decidido
hacerle frente a este gravísimo conflicto bélico de la misma manera con que se
desenvolvían y se comportaban con todo lo demás: por su cuenta y sin consultar
ni interactuar con nadie. Los ilios decidieron que esta guerra, que los tenía
como blanco, iba a servirles para su ambición máxima, que era la reivindicación
de esos más de quinientos cuarenta y tres mil kilómetros cuadrados en el
oeste-noroeste de Centralia. Estos seres – el hecho de destratarlos era tal vez
lo único que unía a los elementales en guerra, tanto combatientes como
partidarios – formaron el tercer bando, lo que hizo que el conflicto bélico se
volviera más peligroso e intrínseco. Los ilios continuaron su lucha de siempre
contra todas las especies elementales, sobre todo aquellos que habitaban
Iluria, para apoderarse al fin de dicha región y ser de ella los soberanos
incuestionables; y enfrentarse a esta nueva fuerza destructora que estaba
azotándolos, la cual había decidido llamarse “Movimiento Elemental Unido”. Este
grupo cuyo liderazgo general se mantuvo bajo un completo anonimato hasta el
Norg número treces – diecisiete de Octubre – al mediodía, hora de Insulandia, y
tenía por objetivo principal e irrenunciable la destrucción total de los ilios,
lo que incluía cualquier archivo histórico que estuviera, directa o
indirectamente, referido a ellos, y combatir contra las fuerzas que permanecían
leales a los por entonces setenta y cuatro reinos existentes en el planeta, que
eran la aplastante mayoría, aunque respecto a estos evitaban los combates en la
medida que podían (eran de os suyos, después de todo). Y tanto los gobiernos
como sus respectivas guardias reales debían enfrentarse a la mayor guerra que
alguna vez surgiera en el mundo, a la vez que intentaban contener a los ilios,
que a causa de los sucesivos y aterradores ataques del MEU empezaron a ver en
todas las hadas y otras especies elementales (sirenas, tritones, gnomos y
liuqis, especialmente) como enemigas, y por lo tanto a considerarlas como las
únicas responsables de todo su sufrimiento, todas sus desgracias, calamidades y
todo lo malo que les ocurrió y es ocurría. Lo único que hermanó a los tres
bandos fue la certeza de que algún día todo iba a terminarse, aunque de sobra
sabían que no sería pronto, que todos los costos serían demasiado elevados, que
quedarían secuelas y efectos a largo plazo y que nada volvería a ser como
antes. En todo el mundo la tensión y las sospechas se hicieorn sentir casi
desde el principio entre las hadas, porque no había ninguna manera fehaciente
de saber quienes pertenecían al Movimiento Elemental Unido y quien al grupo que
permanecía leal a los gobiernos.
_Y ese fue un problema con letras mayúsculas
– precisó Iris, poniendo a prueba su memoria –. Un ejemplo sencillo… creo que si. Pudo haber un
matrimonio en que uno de sus componentes fuera parte del MEU y el otro un
guardia real, y no lo hubieran sabido sino hasta que quedaran tapados por las
pruebas. Y como se podrán imaginar, en ese caso y cualquier otro, incluido el
mío, la revelación de la pertenencia no fue lo que se dice agradable.
Allí, frente a ella, los visitantes estaban
absolutamente concentrados en la narrativa; Kevin porque se estaba enterando de
cosas que, por su poca trascendencia o lo que fuera, no figuraban en los
archivos históricos insulares, y Eduardo porque escuchaba de esta fuente
directa la introducción a y los primeros días de uno de os períodos más
importantes – negativo o positivo según como se lo mirara – en la extensa
existencia de los seres feéricos y elementales, sin dejar de reconocer ambos
que podía esta conversación ser de utilidad para el recuerdo que recuperara
Iris. También los padres de Cristal e
Isabel escucharon cada palabra durante esta hora y media transcurrida, aunque
en su caso la atención fue algo que estuvo reservado para aquello que tuvo
algún valor para ese recuerdo recuperado, que consistía en el único medio para
recuperar el cuerpo, el aura y los poderes. Era una oportunidad para las tres
almas solitarias, tal vez la única que tendrían.
_Y así, con la guerra ya extendida por todos
los rincones del planeta y abarcando a todas las especies elementales, se llegó
al Norg número doce, o dieciséis de Octubre., agregó Eduardo.
_Al número once, mejor dicho – lo corrigió
Iris, antes de proseguir con la historia – porque Mücqeu completó su trabajo
sobre las almas solitarias ese día, antes de las doce, por lo que después pude
enterarme.
Y retomó la historia, esta vez para entrar de
lleno en el tema sobre esa fórmula misteriosa y el contenido del recipiente,
que ahora estaba sobre la mesa, aguardando.
Mücqeu había sido una de las científicas más
brillantes de todos los tiempos en la historia del reino de Insulandia y pocas
hadas, de las que fueron contemporáneas a ella, hubieron de estar alguna vez a
su altura en cuanto a los descubrimientos e invenciones como de ambos sus
aplicaciones y usos, de los cuales la mayoría, al menos el sesenta y cinco por
ciento, continuaban en plena vigencia en todos los países del mundo por varias
de las especies que conformaban el reino elemental. Aun hoy, cinco mil
veinticinco años después de su fallecimiento, Mücqeu seguía siendo una persona
respetada en el ámbito de las ciencias. Y además había sido poderosa, gracias a
su don de las plantas. Pero, desafortunadamente, esos poderes que superaban la
media y su enorme prestigio como científica no le resultaron de ayuda ni a
ella, en lo individual, ni al Movimiento Elemental Unido, que vio y vivió en su
deceso un golpe moral y anímico, el primero de la guerra – el combatiente
número quinientos del MEU que caía en combate – y la baja fatal que más
tristeza provocara hasta ese momento en los dirigentes de dicho grupo, incluida
Iris. Mücqeu pudo sobrevivir al ataque el tiempo suficiente para llegar a su
cuartel general, un punto recóndito y aislado del archipiélago insular,
encontrar a los jerarcas y disculparse (lágrimas brotaron de ambos ojos, pero
no fueron a causa del destino que le había tocado) por no haber podido cumplir
con éxito su misión, por haber extraviado su carga tan valiosa, por haberle
estropeado a Iris el día más grandioso de su vida – eso era el cumpleaños para
las hadas –, y para explicar como pudo la batalla que había tenido tiempo entre
las once y cinco y las once y cuarto. Sus heridas fueron demasiadas, la mayoría
graves, y ninguno de los medicamentos o las pócimas reconstituyentes iban a
tener otro efecto en ella que no fuera el mantener la cómoda y tranquila
durante lo poco que le quedara en este mundo. “Al menos los quité del medio a
todos”, fueron sus últimas y consoladoras palabras, en referencia a sus
atacantes.
_Fueron los ilios, una patrulla se deis que
andaba por allí. Vieron a Mücqeu volando hacia el sur, y como pensaban que
estaba bajo las órdenes y el influjo del Trío Maligno, no dudaron en atacarla.,
dijo iris, recordando con pena el deceso de quien fuera una de sus mejores
amigas.
_¿El Trío Maligno?., llamó Eduardo con
curiosidad.
Era la segunda vez que escuchaba la
referencia a eso desde que empezaran con esta reunión y a clase de historia.
_Según la religión ilia, son tres entidades
que representan y reúnen todos los aspectos negativos y malos que hay y pueden
haber en la vida, y por tanto cualquier cosa que pase que sea más o menos
perjudicial, sobre todo si les pasa a ellos, es obra de ese trío – explicó Iris
– Esos indeseables descubrieron una parte del trabajo que estaba haciendo
Mücqeu, que implicaba medicamentos y antídotos contra los ilios, contra
mordeduras, arañazos y eso, y también contra el veneno que usaban en sus armas.
Fue una suerte que ese trabajo haya llegado a buen puerto., concluyó antes de
sumergirse en el relato sobre esa batalla en la mañana del Norg número doce, o
dieciséis de Octubre., de cinco mil setenta y nueve.
Aun sin que una sola hada sospechara que esta
eminencia científica experta en biología – lo sabrían recién dos años después
de su fallecimiento – trabajaba en secreto para el Movimiento elemental Unido y
que era una de las personas de mayor confianza de Iris, Mücqeu, ya habiendo
completado su trabajo investigativo sobre las almas solitarias, acerca de como revertir
los efectos de un posible hechizo fallido, se propuso ir el encuentro de la
lideresa y los jerarcas del grupo en la mañana
de ese día (Norg número doce, o dieciséis de Octubre), aprovechando que
para Iris, con quien mantenía una amistad sincera y desinteresada desde que
eran ambas adolescentes, era un día festivo. Era su cumpleaños número sesenta y
dos, y, por simple precaución, por si alguien llegara a tener sospechas sobre
lo que había hecho, lo que estuvo haciendo desde muchos años antes de que empezara
la guerra, Mücqeu había arreglado todo para que el recipiente de acero mágico,
uno de los materiales más valiosos y fuertes de todos, pareciera un obsequio de
cumpleaños para su amiga. La científica dejó su laboratorio, una dependencia
del Consejo de Ciencias en el barrio Altos del Norte, en la Ciudad Del Sol
(sería destruido durante la guerra) y puso rumbo al sur del archipiélago
insular, donde se iba a reunir con Iris para pasarle esta información, que
habría de quedar archivada y oculta hasta que llegara el momento de usarla. Tal
vez eso nunca ocurriera, pero era mejor asegurarse y no dejar un solo cabo
suelto.
“Con los ilios de por medio uno nunca supo a
que atenerse, ni tampoco lo sabe hoy”, dijo Iris con algo de bronca en su tono,
volviendo a demostrar que sus sentimientos por esos seres elementales no habían
cambiado ni siquiera un poco con el paso de los milenios.
Cuando dieron las once horas con cuatro
minutos, Mücqeu llevaba ya doscientos cuarenta segundos de vuelo, a una
velocidad particularmente moderada y una altitud prácticamente constante, de
más o menos doscientos cincuentena kilómetros por hora a unos ochocientos
metros de la superficie. Eran precauciones que de ninguna manera salían
sobrando, tomando en cuenta que debía moverse con cuidado, para no alertar a
aquellos que se mantenían leales a los reyes insulares – a sus padres – ni a
los ilios, de los que se sospechaba que tenían alrededor de mil quinientos
espías diseminados por el archipiélago, vigilantes y atentos a toso… y a todos.
La última vez que Mücqeu tuvo tranquilidad fue a las once y cinco, mientras
sobrevolaba una formación geológica a cuatro punto cuarenta y cuatro largos
(cuatro mil cuatrocientos cuarenta kilómetros) l sur-sureste de la Ciudad Del
Sol, prácticamente desierta y con muy pocas formas de vida, uno de los paisajes
que no cuadraba con la imagen general de Insulandia. Era un lugar cercano a la
costa, y la formación continuaba bajo las profundidades del agua.
Cuando volaba sobre esa formación, vio como
de entre lo que parecía ser una abertura en el suelo, probablemente un túnel
que continuaba bajo el agua, emergía media decena de setwes, junto a otro que
había aparecido corriendo a gran velocidad desde la distancia. Una sub clase de
guerreros ilios que física y mentalmente estaba preparada para pelear bajo y
sobre la superficie acuática, sobre la tierra e incluso en el aire. Seres que
compartían con cualquier otro ilio su forma de ser y su visión de todas las
cosas, pero que al transformarse podían alcanzar los tres metros y medio de
altura, velocidades de hasta trescientos setenta y cinco kilómetros por hora y
golpear con una presión de ciento ochenta y siete punto cinco kilogramos por
centímetro cuadrado. En el Movimiento Elemental Unido nunca pudieron descubrir
como ni quien había empezado la lucha, aunque desearon que hubiera sido la
científica – ese era el objetivo de la guerra: matar a los ilios donde se los
encontrara – Pero el combate empezó y en los dos lados pusieron a prueba todas
sus habilidades. Mücqeu se ciñó el recipiente de acero mágico a la espalda y de
inmediato envió al otro mundo a tres de los setwes, en menos de diez segundos,
haciendo que del suelo más bien desértico brotaran plantas enredaderas y
cubrieran a los atacantes, especialmente en el cuello y el cuerpo, cortándoles
la respiración y sofocándolos. Otros dos de los setwes, que habían bajado la
guardia para atacar, no corrieron con una suerte distinta, porque su
contrincante, recurriendo otra vez a su don, hizo que las hojas de las
enredaderas, que estaban tendidas en el suelo al no tener resistencia – los
cadáveres yacían en el suelo, con casi todos los huesos rotos, decenas de
heridas cortantes y la piel hinchada –, salieran disparadas a una velocidad
increíble hacia sus objetivos, fragmentando cada uno de los cuerpos,
literalmente, en varios pedazos, quedando otra buena cantidad de hojas
incrustadas en esas partes.
Cinco ilios setwes muertos en menos de
treinta segundos, y Mücqeu lo máximo que tenía era el cabello despeinado. “Tu
turno”, dijo con aires de superioridad al restante individuo, que parecía estar
haciendo esfuerzos por quedarse y hacerle frente. Sabía que tenía muy pocas
oportunidades, o ninguna, de siquiera causarle un raspón, pero en juego estaba
la suprema ambición de los setwes y otros ilios de la dominación total sobre
Iluria (¿y más allá?). Todo lo que tuvo fue tiempo para extender sus dedos
hacia adelante por uno o dos segundos, antes de que las enredaderas volvieran a
surgir y empezaran a asfixiarlo, como a las tres primeras bajas de la lucha.
Estando su muerte acercándose, el setwe recuperó su fisonomía habitual, a la
vez que hacía arcadas cada vez más ruidosas y efectuaba inútiles movimientos
con ambos brazos, tratando de soltarse. Esa era una habilidad de las hadas de las
plantas, que al hacer aparecer las enredaderas provocaban que estas se
“comieran” a una forma de vida – usada habitualmente contra otras formas
vegetales, que por uno u otro motivo debían ser removidas – y no cesaban dicha
acción hasta que esa vida hubiera desaparecido, así que la única explicación
posible para que la soltara antes de tiempo era que la fuente originaria
estuviera incapacitada. Ese era el caso ahora. Mücqeu tenía una puntada
bastante profunda justo a la altura del corazón, y se vio en la necesidad de
detener el ataque para ahorrar toda la energía. “Basura inmunda”, dijo con ira,
caminando a los tumbos hacia el setwe, que sin embargo estaba perdido. Las
enredaderas le habían destrozado numerosos huesos y órganos vitales, con lo que
estaba teniendo una lenta y dolorosa agonía. Antes del ataque, había tenido
tiempo para clavarle la uña del índice izquierdo al hada, soltando una pequeña
pero letal dosis de veneno neurotóxico, que no tardaría en llevarse la vida de
Mücqeu, y contra el que prácticamente no había defensas.
“Maldito” – dijo la científica, agarrando con
ambas manos al setwe por el cuello, decidiendo hacer lo mismo que la enredadera
– “Imagino que sabés lo que sigue, ¿no?”, dijo en tono de burla. Mücqeu se
sabía perdida, a menos que llegara pronto con Iris. Antes que se hubieran
cumplido cuatro minutos desde el letal ataque, la vista empezó a nublársele, la
capacidad auditiva a disminuir, las piernas a temblarle y las
articulaciones dolerle como nunca. Justo
en el momento en que estuvo por flexionar las piernas, la onomatopeya “crac” le
indicó que el cuello del setwe estaba roto. El último atacante finalmente ya se
había muerto y Mücqeu, muy debilitada a causa del veneno. Había extraviado su
preciosa carga, la investigación sobre las almas solitarias, quizás en la misma
acción que le provocara la herida mortal en el pecho.
_Así concluyó esa batalla – dijo Iris,
notando como los hombres no se habían perdido una sola palabra ni un detalle de
ese relato histórico –. Mücqeu salió vencedora, pero a un enorme costo, que fue
su vida. Por haber hecho que perdiera el recipiente, pateó al último setwe tan
fuerte que literalmente lo envió volando hacia adelante al menos veinte metros.
Allí no tuvo nada que hacer, de modo que simplemente se marchó y fue al cuartel
general del MEU. Le administramos el antídoto, pero fue demasiado tarde. Como
les dije, vivió solo lo suficiente para explicar que y como había pasado…
Iris estaba temblando ligeramente en su
asiento. Era la única reacción que podía tener para manifestar dolor u otros
sentimientos no alegres, melancolía y tristeza. Era para ella, y también para
cualquiera otra alma solitaria, el equivalente a lo que hacía la mayoría de los
seres elementales: derramar lágrimas. Había conocido a Mücqeu desde una edad
muy temprana, desde los quince años, y fue ella quien le presentara a Báqe,
durante una ceremonia de la primavera llevada a cabo en la Ciudad Del Sol, el
hijo de los condes de Nimhu – ese país era por esos días un condado, y lo fue
hasta un siglo después de la guerra –, que fue el compañero sentimental de Iris
y segundo al mando del MEU durante los cuarenta y siete años previos al máximo
conflicto y la guerra misma.
_... y cual fue su conclusión – Iris parecía
haberse calmado un poco – Mücqeu incendió los cadáveres porque sabía que eso
iba a enfurecer a los ilios mucho más que las muertes en si. Esos seres
detestan que se haga tal cosa. Primero porque la incineración de un cuerpo sin
vida o de varios forma parte de la cultura de las hadas, es decir de otra de
las especies elementales, y segundo porque el acto de la incineración implica el
uso de la magia – y concluyó la “clase de historia” diciendo – Si nos hubieran
escuchado en aquellos años, antes de la Guerra de los Veintiocho e incluso
durante ella, hoy los ilios no existirían. Aun con todo lo que tuvimos a
nuestro favor no logramos nuestro objetivo principal. Ni siquiera nos alcanzó
con la fuerte unión entre las especies elementales.
Eso fue algo que cada uno de los miembros del
Movimiento Elemental Unido supo usar a su favor. Uno o varios de los aspectos
culturales de los diversos seres elementales, como la incineración de los
cuerpos sin vida, algo practicado principalmente por las hadas, aplicado a sus
acérrimos y mortales enemigos. Eso hizo enfurecer sobre manera a los ilios, a
tal punto que los “ataques psicológicos” tuvieron casi siempre los efectos
deseados por sus ejecutores: socavar la moral y los ánimos de la raza a vencer
y hacer que aquella cometiera tantos errores como le fuera posible, ya que eso
influiría en el desenlace de las sucesivas batallas.
_Y el recipiente de acero mágico quedó
perdido en el tiempo hasta el mes pasado – agregó el artesano-escultor, cayendo
en la cuenta de algo respecto a aquel día – y fue una casualidad que haya
aparecido, porque se me ocurrió desviar la vista cuando dejé caer una pesada
piedra. El recipiente brilló mucho como para pasar inadvertido. Aún si vos
hubieras recuperado esa parte de tu pasado, o del pasado de todos nosotros –
dirigió momentáneamente la vista a Iris –, y yo no el brillo, podríamos haber
buscado ese objeto durante el resto de nuestras vidas.
Kevin dedujo que habría terminado allí con el
forcejeo entre Mücqeu y el último setwe atacante, quizás a causa del ataque
letal de este.
_¿Y los túneles? – intervino Eduardo – En la
última edición del semanario leí los resultados de la investigación del
Departamento de Ciencias Geológicas. Dicen que es un enorme corredor que se
extiende por cientos de kilómetros, debajo del agua y en la superficie
terrestre. Varias de sus secciones colapsaron y la última fue aquella en el
yacimiento donde Kevin, las chicas y yo estuvimos trabajando. Pero no pudieron
descubrir quien lo construyó ni con que objeto. ¿No se te ocurre nada?:
El tiempo había sido verdaderamente poco
desde que por primera vez se detectara el túnel, a mediados de Abril. Las hadas
habían creído en un principio que se trataba de dos espacios sin ninguna
conexión entre si, pero con las tareas en ese
yacimiento descubrieron que se trataba de uno solo, con esa sección
obstruida a causa de colapsos en la estructura. Hasta el momento no habían
hallado utensilios grabados ni herramientas u otras evidencias que delataran la
identidad de los constructores, ni su propósito.
_probablemente hayan sido los gnomos. Ellos
están entre los mejores expertos en la construcción de túneles, y por aquellos
días
_Probablemente hayan sido los gnomos. Ellos
están entre los mejores expertos en la construcción de túneles, y por aquellos
días había unos noventa mil viviendo allí – explicó Iulí, en cuya infancia y
adolescencia había vivido en una casa pegada al acceso a la madriguera de los
gnomos, en las afueras de la Ciudad Del Sol, y por tanto veía a dichos seres a
diario, interactuando con ellos y formando una amistad tan fuerte que
sobrevivía en la actualidad –. Los gnomos no necesitan de herramientas ni
máquinas, les basta con sus garras para hacer una excavación. Tal vez por eso
los investigadores no hallaron nada. Esos seres se fueron cuando se cumplieron
los primeros cuatro años de la guerra, y el túnel tuvo que quedar vacío y
abandonado desde ese momento.
_Y no es difícil suponer que pasó después de
la emigración de los gnomos – agregó Wilson –. Los ilios se apoderaron del
túnel e hicieron colapsar parte de su extensión para confundir a los otros dos
bandos en la guerra. Imagino que lo habrán usado para moverse en secreto,
resguardarse si estaban heridos o acopiar armas, provisiones, medicinas y eso.
Leí mucho sobre la Guerra de los Veintiocho, y muy pocas hadas tuvieron
conocimiento de ese túnel, así que para los ilios tuvo que ser una ventaja – el
padre de Cristal e Isabel era un notable estudioso de ese período, al que
conocía prácticamente con todos los detalles. El tema lo había fascinado toda
la vida –. Mücqeu tuvo que desconocer ese dato y sobrevoló una zona donde
estaban ocultándose los ilios. No fue su culpa.
Al final, aquello había servido para delatar
la presencia de los ilios mucho más allá de los límites del noroeste de Insulandia.
Más aun, en los otros dos bandos descubrieron que los había en todas las
regiones del reino.
_Si me hubieran escuchado… – se volvió a
lamentar Iris, buscando como abordar el tema del contenido del recipiente
descubierto y recuperado por Kevin –. Si tuviéramos hoy alguna manera de
demostrar que existen ilios, pocos o muchos, que hacen con menor o mayor frecuencia
todo aquello contra lo que pregonan y todo lo que desprecian, como la magia,
sería un golpe tan grande que esos seres no podrían recuperarse. Es cierto que
las hadas somos muy superiores en número, y además muy poderosas, pero todo lo
que logramos con eso es mantenerlos a raya. No es por cobardía o cualquier cosa
que se parezca a eso que no los atacamos, sino porque una guerra tendría toda
clase de implicancias negativas.
Fue en ese momento que Eduardo reparó en
aquello que el directivo del museo dijera ayer por la mañana, tras la lectura
de su reporte. Lo único que les provocaría el suficiente miedo como para
tenerlos a raya de por vida sería ver a Iris con su antiguo cuerpo y sus
poderes. Saber que ella estaba allí.
_¿Y lo de la solución a la técnica fallida? –
llamó, tomando el recipiente en sus manos (no era pesado) para observar el
grabado, y dejándolo sobre la mesa de nuevo –. ¿Acaso los quince años que
invirtió Múcqeu quedaron así sin más, perdidos en el tiempo por más de cinco
milenios?.
_Tal cual – afirmó Iris –. Ella y yo fuimos
las únicas hadas que tuvimos el conocimiento de ese trabajo. Mücqeu murió y yo
lo olvidé inexplicablemente, así que podemos tener toda la certeza de que tanto
la existencia del recipiente de acero mágico como la de su contenido fueron
desconocidos hasta que yo recuperé el recuerdo a principios del mes de Marzo.
Ahora tenían el precioso objeto con su
contenido a centímetros de sus manos.
_No tenemos idea de como abrirla – reconoció Wilson,
mirando la cara con una cuota de desconcierto –. No veo bisagras, cerraduras ni
nada que se le parezca. Y el acero mágico es fenomenalmente fuerte, de manera
que dudo que los golpes físicos vayan a tener algún efecto. Eso es, en si, un
misterio.
_A simple vista, n es más que un cubo donde
lo único que destaca son los grabados y su valor histórico y arqueológico –
hizo notar Iulí, con la misma expresión que su marido –. Un cubo con el
interior hueco en el que oímos como rebota algo. Eso nos hace suponer que su
contenido sigue allí… ojalá intacto.
_Déjenlo allí mismo. Creo que es mi momento.,
pidió Kevin a Eduardo y las almas solitarias.
Sabía lo que tenía que hacer y cómo.
Aunque en lo personal lo hubiera hecho muy
pocas veces, menos de una decena desde que ingresara como aprendiz, conocía los
secretos y métodos para manipular de forma correcta el acero mágico, adquiridos
ambos de parte de los grandes expertos que trabajaban en el MC-A. Allí habían empezado a fabricar artículos con
el acero mágico a inicios del siglo pasado, cuando en la COMDE – Compañía Mixta
de Desarrollos Especiales – decidieran ponerle punto final al monopolio del uso
de tan raro y precioso material. A fuerza de tiempo, presupuesto y voluntad, el
personal del Mercado Central de las Artesanías aprendió a moldear y producir
tanto acero mágico como quisiera o necesitara, y a darle los mismos usos e
idénticas aplicaciones que cualquiera de los otros materiales con que
trabajaban allí. Kevin, a lo largo de todas sus etapas en ese lugar, desde su
primer día como aprendiz hasta el último como director, había conseguido
dominar a la perfección la teoría sobre el acero mágico (su fabricación y
moldeado), y le alcanzaba con eso para hacerse la idea de lo que ahora tenía
frente a su persona. “Adelante”, lo alentó el destinatario original del
recipiente, tan atenta Iris como sus congéneres y Eduardo. El compañero
sentimental y prometido de Cristal desvió una gran cantidad de su energía vital
a sus manos, que adquirieron una intensa tonalidad rojo sangre, tan intensa que
empezó a irradiar calor, y asió la caja por los extremos. Empezó a aplicar
cierta fuerza constrictora sobre el objeto, aplicando aun más fuerza y con ello
haciendo que ambas manos le quedaran al rojo vivo. La temperatura había subido
tanto como para provocar una leve mancha oscura (una quemadura) en la mesa, a
lo que el arqueólogo, instintivamente, retiró las manos y los brazos. Kevin explicó,
en tanto se ocupaba de ejercer esa presión sobre la caja, que para moldear el
acero mágico era necesario aplicarle una temperatura determinada, siempre
superior a los mil grados. “En cualquier momento”, les anunció a los cuatro con
quienes compartía la mesa, en tanto empezaba a emanar vapor de sus manos, y los
extremos que presionaba. Según sus
palabras, el recipiente tendría que partirse en dos al superar ese piso de mil
grados, y entonces el contenido quedaría a la vista y al alcance. No bien eso
ocurriera, la presión sobre el recipiente y la suba en la temperatura cesarían
súbitamente, lo mismo que el enrojecimiento en las manos de Kevin. Este aun no
salía de su asombro, por lo bien que lo estaba haciendo para ser una de esas
poquísimas veces en que pasaba de la teoría a la práctica y no se limitaba a
demostraciones de importancia menor.
Finalmente, Kevin tuvo éxito. Al cabo de
exactos sesenta segundos (había un reloj pendiendo de la pared, que ahora
estaba anunciando las catorce horas con treinta minutos), pasó lo que dijo que
pasaría. El recipiente se partió en dos, ambas mitades y las manos del
artesano-escultor dejaron de estar al rojo vivo y se detuvo la emanación de calor
desde los puntos de contacto. En efecto, era un recipiente hueco de no más de
un centímetro de grosos en todas sus caras, tan bien trabajado allí como en el
exterior. No salió otro objeto que un rollo de papel muy antiguo, pero en excelente
estado al haber permanecido a salvo de
todo, de dimensiones no mayores a las de un puro, asegurado el rollito de papel
con una cinta de color celeste. “Vamos, Kevin” – continuaba animándolo Iris –, “sigue
siendo tu momento”. El artesano-escultor desanudó la cinta y desenrolló el
papel, dejándolo expuesto sobre la mesa a todos los presentes. Era un pergamino
de catorce y medio centímetros de ancho por cincuenta y nueve de alto, liso y
sin imperfecciones, más allá de pequeñas marcas producto de tantos milenios de
haber estado hecho un rollo. En el estaban los pasos a seguir, consignados en
el idioma antiguo de las hadas y con una letra minúscula, para revertir el
hechizo fallido que conducía al surgimiento de las almas solitarias. De un
vistazo advirtió el quinteto de lectores que no se trataba de un asunto que
revistiera complejidad, al menos no una grande, ya que los elementos e insumos
requeridos eran lo que se dice corrientes, excepto uno de todos, y podían ser
encontrados con suma facilidad, y los pasos a seguir eran simples y concisos.
_¿Una piedra ocular? – reaccionó Eduardo con
curiosidad, leyendo una parte del papiro –, ¿y qué es eso de la “Casa de la
Magia?.
Aquella piedra era el elemento inusual, y con
solo leer el párrafo completo advirtió que harían falta tres una para cada alma
solitaria.
_Es una piedra de color negro, de un tono muy
oscuro, con un punto diminuto blanco en el centro, que asemeja bastante a un
ojo, de ahí su nombre. Se cree que las primeras surgieron hace alrededor de
cuarenta mil años como consecuencia de una acción conjunta entre las reacciones
naturales del planeta, es decir las fuerzas de la naturaleza, y las primeras
demostraciones grandes y complejas de la magia, y solo se pueden encontrar en
aquel lugar, la “Casa de la Magia” o “Casa Mágica” – informó Wilson, preocupado
por eso. Y eso que había sido y continuaba siendo valiente –. Es una isla de
cinco kilómetros de frente por cuatro de fondo enclavada en aguas internacionales,
a ciento uno punto doscientos ochenta y tres largos del límite de la Ciudad Del
Sol, en dirección al este – e hizo pública su preocupación – .De todo lo que
figura en este papiro es sin dudas lo más difícil.
_¿Por qué?., quiso saber Eduardo.
_porque es muy difícil llegar a ella y
después marcharse – le contestó su futura suegra, tan preocupada como Wilson e
Iris –, sobre todo desde la Guerra de los Veintiocho.
En los tiempos de la religión de las hadas se
decía que la Casa de la Magia, o Casa Mágica, era la eterna morada en el mundo
terrenal de Vica, la máxima figura de dicha religión – la creadora de todo y de
todas las cosas vivas –, que allí alardes e invenciones hacía sacándole
provecho a sus infinitas cualidades. Esa isla que estaba “protegida” por
océanos y vientos muy feroces y era la cuna de nacimiento de todas las
habilidades extraordinarias que poseían los seres feéricos, incluidas la magia
y la maravillosa capacidad de volar. Aun después de la extinción religiosa
continuó siendo un lugar importantísimo para la sociedad y la cultura feérica,
porque allí se continuaron desarrollando y perfeccionando cada una de las artes
mágicas que alguna vez existieron. Esas prácticas contribuyeron a la idea de
que la isla tenía que ser un lugar con toda la protección y seguridad, algo que
quedara demostrado principalmente con el advenimiento de la Guerra de los
Veintiocho, cuando desde el Movimiento Elemental Unido intentaran apoderarse
del lugar. Hoy, como ayer, la Casa de la magia tenía como su defensa externa
esos vientos capaces de alcanzar los doscientos kilómetros por hora e incluso
superarlos y el agua tan violenta que hasta podía barrer sin esfuerzos a las
embarcaciones más grandes, y el interior estaba fuertemente protegido por
varias trampas naturales, algunas producto de la evolución geológica y otras
por los cambios en el clima, y al menos una treintena de hechizos de seguridad
que cubrían la isla centímetro a centímetro. Las piedras oculares, cualquiera
haya sido su origen, estaban en cinco locaciones diferentes allí, y había que
saber como hallarlas. Uno de los hechizos que protegían la casa de la Magia
hacía que cualquier hada que hubiera conseguido tomar una piedra ocular o más
olvidara donde exactamente las había encontrado – el por qué, sin embargo, no
se olvidaba –, diseñado para impedir el mal uso y el abuso de dicho elemento. “Empresa
difícil”, coincidieron Eduardo y Kevin.
_Aun si ustedes dos viajan a la velocidad
máxima que sean capaces de alcanzar, o que son, les va a demandar alrededor de
cuarenta y ocho horas llegar a la isla – dijo Iris cuando, a pocos minutos de
llegar las diecisiete en punto, hubieron de terminar la cuidadosa lectura del
papiro y de ella hecho varios repasos, para quedar completamente seguros de que
no quedaba ni un solo cabo ni detalle suelto –. Eso es malo, porque para dentro
de ese lapso está prevista la llegada de vientos más potentes que los usuales a
toda esa zona, y para peor la Casa de la Magia se halla bastante cerca del
epicentro.
Otro problema respecto de las piedras
oculares.
¿De qué manera se puede llegar al, permanecer
en y salir del único lugar en el planeta en que era posible hallarlas, todo en
menos de dos días?.
_Allí no hay puertas espaciales y aun quienes
dominan la teletransportación tienen dificultades en alcanzar la casa de la
Magia, porque algunos de los hechizos de seguridad repelen a cualquiera de las
formas que existen de la magia – informó Wilson, pensando en lo protegido que
estaba dicho lugar – Se puede usar la teletransportación, de acuerdo, pero lo
más cerca que se puede llegar es a diez kilómetros de la costa –. Y ustedes no
saben usar esa técnica.
_¿Y cómo se supone que vamos a llegar?, si no
es posible hacerlo en menos de dos días viajando por aire, no hay una puerta
espacial en la isla y ni el ni yo podemos teletransportarnos?., planteó
Eduardo, que a la legua se notaba como su mente trabajaba en ese problema.
De todas, parecía que la mejor opción era ir
hasta allí volando, y arriesgarse a esos vientos fuertes que se avecinaban.
Casi sin desearlo, Eduardo detectó otro problema. ¿Cómo evitar que las
atractivas hermanas sospecharan algo, se preocuparan ante la ausencia de cuatro
días como mínimo – dos en el viaje de ida y dos en el de vuelta – y, más aun,
que quisieran ir con ellos?. Se suponía que Isabel y Cristal no tenían que
enterarse de esto, para evitar cualquier alarma, preocupación y temor. Si no
tenían éxito en la obtención de tres piedras oculares, Iris, Wilson e Iulí seguirían
siendo almas solitarias; y Kevin y Eduardo quedarían expuestos a un peligro muy
grande al que casi nadie quería estar. Peor, los dos hombres pondrían sus vidas
en juego, razón demás para que sus novias dijeran que no a la que no dudarían
en calificar como una locura total. Había mucho en juego, y desde la óptica de
las chicas sería mejor que todo quedara como hasta ahora.
_Déjenme eso a mi – quiso Iulí –. Conozco a
alguien que los va a poder ayudar con eso. Es a la única persona a la que
Wilson, iris y yo le hablamos de esto, de la mima manera que lo hicimos con
ustedes. Está igual de preocupada esa persona que ambos – miró a los prometidos
de sus hijas –, pero accedió a ayudarnos; porque le gustaría lo mismo que a
ustedes y nuestras hijas… y cualquiera, mejor dicho. Vernos… “enteros”, si se
quiere.
_¿Quién?., preguntó Kevin.
_Es una sorpresa – contestó su futura suegra –.
De hecho, podríamos hablar ahora con esa persona. Si escuché bien, iba a venir
hoy al banco Real a la tarde, pasadas las diecisiete treinta. Ustedes dos ya
tendrían que volver a la Ciudad Del Sol,
y ver que las chicas no se preocupen por su ausencia tan prolongada.
_Y recuerden no decirles una sola palabra –
puntualizó Wilson, en tanto dejaban sus sillas y enfilaban hacia el
corredor –. Si Isabel o Cristal les preguntan que estuvieron haciendo, inventen
algo. Lo que sea.
_Y traten de estar acá mañana temprano, no
después delas nueve. El mejor momento para llegar a la Casa de la Magia es
antes del mediodía, es cuando las aguas y los vientos azotan con menos
violencia., avisó iris.
_Hecho., accedió Kevin.
_Está bien., convino Eduardo.
Ambos hombres y el trío de almas solitarias
continuaron juntos el camino hasta la superficie, a la entrada principal de la
pirámide enorme, donde aún se observaba un nutrido movimiento, tanto de
usuarios y clientes como de personal y eventuales visitantes. Iris, Iulí y
Wilson se quedaron viendo como los hombres se perdieron en la distancia, entre
las frondosísimas copas del bosque cercano.
El viaje hasta la Ciudad Del Sol duró menos
de cinco minutos, y al estar ya los dos sobrevolando Barraca Sola divisaron a
las hermanas descansando y asoleándose sobre un banquito den esa plaza repleta
de arbustos florales cercana a la calle La Fragua, inaugurada el día anterior.
Las chicas se pusieron de pie cuando sus novios estuvieron ya con los pies en
el suelo, y fue la mayor de las hermanas la que rompió el hielo, al preguntar
que habían estado haciendo todo el tiempo desde el mediodía con las almas
solitarias. El arqueólogo y el artesano-escultor se habían puesto de acuerdo,
durante el vuelo, para decir que la reunión había tenido como eje principal la
relación entre ellos y las hijas de Wilson e Iulí. Una relación que atravesaba
tan buen momento como siempre, como desde su surgimiento. Así eran las cosas,
de hecho. En ambas parejas no había ocurrido ninguna pelea, discusión ni
altercado desde que se establecieran como tales, y la felicidad y la armonía
eran constantes, tanto así que habían pensado con firmeza la idea de empezar
con los planes para llevar de la teoría a la práctica los casamientos antes de
que al año terminara, aun cuando los cuatro habrían de estar tapados de trabajo
en los siete meses restantes antes de diez mil doscientos cuatro. Eduardo y
Kevin cumplieron una vez más la palabra que de darle hubieron a sus futuros
suegros e Iris, de no decir una palabra sobre lo que en verdad estuvieron
haciendo y hablando con las almas solitarias, y las atractivas hermanas no
sospecharon anda. Isabel y Cristal estaban tan risueñas como siempre, con las
mejillas enrojecidas y amplias sonrisas. Reaccionaban así cada vez que sus
compañeros de amores hablaban de esa forma tan cordial y delicada sobre ellas y
comentaban acerca del fuerte lazo que los unía – un amor de verdad
desinteresado –, ambos arqueólogos expertos en arqueología submarina por un
lado, el artesano-escultor y la médica por otro y a los cuatro como amigos y
familia por otro más. Así fueron las cosas desde el primer momento, así eran y
así serían hasta que a cada uno le llegara la hora. “Y aun después de eso”,
pensaron en simultáneo, en tanto se despedían, luego del rato que pasaron
juntos en la plaza y tras ir juntos a La Fragua. Un fuerte lazo que, se
convencieron los hombres, aumentaría en intensidad a partir del día de mañana,
cuando ellos desafiarían los numerosos peligros en la Casa de la Magia para
restaurar la integridad física de Wilson, Iulí e Iris. “Lo vamos a lograr”,
sentenciaron.
FIN
--- CLAUDIO ---
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