jueves, 18 de enero de 2018

9) La reunión de la sangre, parte 1: Problema y solución

_No estuvo tan mal como habíamos pensado en más de una oportunidad, antes de empezarlo ni durante el trabajo., reconoció Eduardo, o volvió a reconocer, al poner los pies en la casa de Barraca Sola, y en tanto Isabel, igual de exhausta, ya en la sala principal, hacía un par de pases mágicos para encender todas las velas en un instante. La quincena de llamitas apareció al cabo de dos segundos.

Al día treinta de Julio – Iiade número catorce – le quedaban sesenta minutos.
La pareja estaba de vuelta después de la prolongada ausencia de un mes por motivos laborales. Respecto a eso, quedaba únicamente el pasar a limpio el extenso inventario de los materiales y muestras recolectadas, las conclusiones y resultados sobre la investigación realizada y presentar ambos reportes al consejo directivo del museo arqueológico. Eduardo, como el jefe del grupo que había sido, haría eso el día de mañana, y el martes (dos de Julio, Iiade número dieciséis) por la mañana llevaría los reportes en cuestión. Luego, tendrían una semana de descanso antes de empezar una nueva tarea.

Pero, por el momento, el destino para el y su prometida era otro: aseo, higiene y alimentación. No era que no hubieran hecho eso en aquella hostería en la que estuvieron alojados (allí, y en el caserío en general, los trataron de maravillas), pero a ambos les resultaba muy reconfortante y grata la idea de volver a hacerlo en esta que era su casa.
_En lo personal, me gustó – contestó Isabel, yendo a la cocina- comedor diario, secundada por su compañero de amores –. No fue del todo diferente al trabajo que hice anteriormente, y eso me ayudó para hacerlo llevadero, disfrutarlo y no cometer errores. Y seguro que ese fue tu caso – Eduardo contestó que si moviendo la cabeza –. También a mi hermana y su novio les gustó la tarea que terminamos hace pocas horas.
Y vaya que Kevin y Cristal lo disfrutaron.
Por fin el artesano-escultor tuvo otra oportunidad de hacer demostraciones y alarde de su fuerza física, al haber tenido que remover o trasladas, y en más de una oportunidad destruir, las pesadas rocas y otros obstáculos en el yacimiento submarino. De allí hubieron de extraer nueve centenas de muestras para su posterior y exhaustivo análisis, las cuales ahora estaban rotuladas y pulcramente guardadas en frascos y otros recipientes. Pero las tareas de Kevin habían ido más allá de poner a prueba su musculatura. Tuvo que evitar que su amigo y su futura cuñada, en una de las tantas inmersiones, quedaran sepultados bajo varias toneladas de pesadas rocas en el momento en que examinaran un sector en particular del fondo, donde había parte de las piezas. Allí el “suelo” no era lo bastante fuerte, como si hubiera un túnel por debajo: lo hubo, de hecho, pero quedó cegado y tapado por completo cuando, ya con Eduardo e Isabel a salvo, Kevin dejó caer las gigantescas piedras que servían de sostén para las demás, y esa acción trajo como consecuencia el movimiento telúrico que había sido el causante de la destrucción de ese túnel de origen y propósito desconocidos. Como fuere, aun antes de ese colapso, - para evitar alarmas, Isabel “se olvidó” de decir que ese lugar era uno de los últimos en los que podría haber un terremoto –, Kevin había usado sus habilidades telequinéticas para recuperar aquel extraño recipiente que a causa de su brillo destacaba sin problemas. Era a causa de ese objeto que ese hombre podría volverse tan popular como un actor o un músico, e incluso más, ya que cabía la posibilidad de que se tratase de un artículo extraviado en los años de la Guerra de los Veintiocho, de esos que por el tiempo transcurrido habían alcanzado el rango de “tesoro histórico-arqueológico”. Aún era muy pronto para estar seguros, pero la primera e inmediata impresión hizo pensar al cuarteto que lo era, ya que el recipiente tenía impresa la fecha cinco mil setenta y nueve, Norg número doce – en el neocalendario sería el dieciséis de Octubre – un semestre después de que empezara la guerra. “O el cumpleaños de iris; ese día hubiera, mejor dicho lo hizo, cumplido sesenta y dos”, remarcó Isabel.
_El Instituto Real de Historia ya debe estar examinando ese objeto – creyó la dama, ya con la comida y bebida sobre la mesa. Sería algo rápido, y después a asearse e higienizarse –. Haya sido o no de Iris, o para ella, es un objeto de enorme valor histórico, de ser algo genuino. Quizás se lo ocultó allí para evitar que fuera destruido por las batallas.
_¿Puede ser tan valioso como Kevin, Cristal y vos lo sostienen?., insistió Eduardo, aunque sin mucho entusiasmo.
Le preocupaba más poder pasar a limpio en un día esas trescientas páginas repletas de todo tipo de anotaciones, datos e información del trabajo. Tendría un día para eso y empezaría bien temprano por la mañana, al terminar el desayuno.
_Puede – confirmó Isabel, luego del primer sorbo de jugo –. Con solo tocar el recipiente nos dimos cuenta. Y en ese caso hablamos de un valor simbólico y otro económico.
Solo el recipiente era valioso en extremo, porque se trataba de un material muy raro que las hadas conocían como “acero mágico”, un tipo de material artificial que solo los mejores escultores y operarios siderúrgicos feéricos podían fabricar: acero mucho más resistente y fuerte que los demás que era sumergido en una solución mágica que, literalmente, lo volvía invulnerable al paso del tiempo, a las temperaturas, a las presiones y a la mayoría de los ataques, por no decir a todos ellos. Tan complicada era la totalidad del proceso de producción, tan raros los materiales y tanto el lapso que insumía que un solo gramo del “acero mágico”, ayer tanto como hoy, podía tranquilamente cotizarse a mil doscientos cincuenta soles.
_Y si pensamos que esa caja que recuperó Kevin pesa alrededor de dos kilos y medio…, cayó Eduardo en la cuenta.
Bien podrían ser tres millones ciento veinticinco mil soles.
_Lo convertiría en un hombre adinerado., completó Isabel la frase.
Esa cifra, de ser correcta, representaría la misma cantidad de los ahorros que el novio de Cristal tenía en una cuenta en el Banco Real.
_¿E Iris?, ¿por qué la asociaste?, ¿Por qué la fecha impresa coincide con el día de su cumpleaños?.
_Posiblemente – Isabel siempre había tenido un profundo respeto por el alma solitaria y ambas eran muy buenas amigas. ¿Sería la asociación a causa de eso? –. Podría tratarse de un obsequio para ella, aunque quien sabe por qué no llegó a sus manos. Bueno, eso no importa. Lo que sea que se encuentre en el interior le perteneció y pertenece a ella, pero el recipiente no. Este es de quien lo halle. Mejor dicho, lo es el acero mágico. La ley que regula su producción lo establece así – y concluyó con una sentencia tajante –. Si sabemos que el contenido es algo muy valioso, no importa de que clase de valor hablemos, porque nadie que esté en su sano juicio usaría un material que vale fortunas para guardar una baratija o una insignificancia.
No bien descubrió Kevin aquel recipiente y lo recuperó, el cuarteto se tomó un receso de medio día en su exhaustiva tarea de investigación. El hallazgo los entusiasmó tanto (incluso a Eduardo, que no conocía a fondo la historia de las hadas) que quisieron llevarlo sin perder un solo instante al Instituto Real de Historia, en el barrio Campo del Cielo, donde lo examinarían a fondo. Habían pasado ya veinte días desde aquel diez de Junio (Tnirta número veintiuno, en el calendario antiguo) y de seguro ya habrían terminado los exámenes para verificar la autenticidad del material y la fecha. Más aun, habrían determinado el remitente y el destinatario de la caja, buscándolas en los registros de artículos extraviados durante la Guerra de los Veintiocho. Si se comprobaba que era para Iris, le llevarían el objeto a su eterna morada en la sede central del Banco Real, y sino pasaría a engordar el patrimonio del Museo Real de Historia, noventa y tres kilómetros al oeste de la Ciudad Del Sol. En un caso o el otro, el novio y prometido de Cristal podría convertirse en propietario del recipiente en cuanto el contenido hubiese llegado a su destino, y reclamar el dinero en el Consejo de Arqueología y Genealogía.
_¿Cómo habrá terminado allí? – se preguntó Eduardo, aun concentrado en el trabajo recién terminado, y mientras se levantaba de su silla, utensilios en mano –. Me parece que ese va a ser el misterio principal. Ya advirtieron que ese recipiente tiene cinco mil años de antigüedad e incluso más, que está íntegramente fabricado con acero mágico y dan por sentado, al menos vos lo hacés, que el contenido, cualquiera sea este, le pertenece a Iris, porque la fecha de su cumpleaños está impresa en la caja.
_Quien sabe.  Supongo que a alguien se le cayó. Y seguro que fue por eso – fue la apuesta de Isabel –. El contexto tal vez lo justifique. Había una guerra que implicaba a todo el mundo.

La Guerra de los Veintiocho había empezado oficial en la madrugada, tiempo en Insulandia, del decimoctavo día del mes Llol – dieciséis de Abril – de aquel lejanísimo año cinco mil setenta y nueve, cuando la inmensa mayoría de los seres elementales se encontraba durmiendo, hadas incluidas. Aunque las tensiones con los ilios por poco no eran cosa de todos los días,   nada hacía sospechar que la más grande de todas las guerras iba a desatarse a las tres horas con treinta minutos, cuando Iris y parte de sus secuaces hicieran el primer ataque. Los ruidos, explosiones, alaridos y órdenes fueron tan elevados que se sintieron en varios kilómetros a la redonda. Nadie supo bien que había pasado, y no lo supieron hasta que los rayos solares iluminaron el inmenso campo de batalla: cientos de heridos, decenas de cadáveres, casi todos ilios, y la mayor parte de la infraestructura de esos seres (casas, templos, caminos…) destruida o seriamente dañada indicaron que los tiempos se habían adelantado, y que alguien prefirió no esperar a que fueran los ilios quienes hicieran el primer movimiento, o que se lanzaran, como sostuvieron muchos, a la conquista de Insulandia y los otros países de Centralia.
_¿Y luego del mundo entero?  - llamó Eduardo –. Leí en un libro de historia en la biblioteca del Castillo Real. Ese fue el razonamiento de Iris y los suyos.
Aquel grupo se había propuesto borrar del mapa a los ilios antes que estos se convirtieran en algo peor de lo que ya eran: un problema superior del que ninguno pudiera escapar ni evadirse, ni tampoco enfrentar. Desde su llegada al suelo centrálico, los ilios empezaron a verse a si mismos como y creerse los dueños incuestionables de la que ellos consideraban que era su “Sagrada Nación Irrenunciable”: una vasta región de quinientos cuarenta y tres mil trescientos setenta y cinco kilómetros cuadrados conocida como Iluria, de los que ciento diecinueve mil quinientos cuarenta y dos punto cinco, el veintidós por ciento, correspondían al reino de Insulandia. Con un pueblo así, tan prepotente, altanero y soberbio – sobraban los calificativos, y ni uno solo era positivo o alentador – a las hadas y otros seres elementales se les fue formando en la cabeza una idea constante: que algún día, quizás antes o quizás después, esas peleas callejeras, insultos por lo bajo y disturbios sin importancia pasarían a mayores.
Y pasaron a mayores.
Llol número dieciocho de cinco mil setenta y nueve fue una fecha que quedó marcada a fuego en la memoria colectiva e individual. En cuestión de semanas, tan solo en tres, se había extendido por cada uno de los países en la decena de continentes e involucrado a las setenta y siete especies elementales existentes en ese momento – nueve se extinguieron durante la guerra, y dos en los cinco siglos posteriores, a consecuencia de aquella –. Para dar inicio a la Guerra de los Veintiocho, a la que en un principio se llamó “La Guerra Grande” o “Guerra Planetaria”, Iris y la plana mayor de su bando habían argumentado la negatividad de los ilios, el desprecio con que miraban y le dirigían la palabra a los ajenos a su comunidad, las tensiones que generaban estos seres y su deseo nunca ocultado ni disimulado de conquistar Iluria, apoderándose de todo cuanto hubiera en ella, expulsando a todos los demás y asumiéndose como soberanos y dueños incuestionables, legítimos y únicos de Iluria, la región habitada desde mucho antes (quizás desde el surgimiento de la civilización feérica) y a la que consideraban como un regalo de los dioses. Iris y sus secuaces no iban a permanecer sentados y con los brazos cruzados, mientras veían como los ilios amenazaban incluso la integridad física – la vida – de las hadas y otras especies, a que desde los gobiernos, sobre todo los del continente centrálico, y los organismos internacionales, como el Consejo Supremo Planetario y la Mancomunidad Elemental, se hiciera algo que detuviera o contuviera este atropello que gradualmente se volvía más grande. Tenían que actuar primero y evitar aquello en lo que creía un número importante de hadas y otros seres elementales: que llegado el caso en el futuro, los ilios no se conformarían con ser dueños de Iluria y quisieran extender más allá sus dominios. Fue allí que los más alarmistas empezaron a teorizar sobre una conquista ilia de todo el planeta.
_Ese fue uno de los pocos aspectos que unió a los dos bandos  enfrentados – dijo Isabel, en tanto entraban en la cama y se cubrían con la sábana. Ya habían pasado los primeros quince minutos del uno de Julio (Iiade número quince) –. Ninguno estuvo dispuesto a permitir que los ilios se apropiaran de tierras que no les pertenecían, ni mucho menos que se apropiaran de lo demás. La diferencia fue que quienes se opusieron a Iris y su banda eligieron la paciencia, cautela, prudencia y la diplomacia. Dejar que fueran los políticos quienes asumieran la tarea de contener y derrotar a los ilios, y no la Guardia Real.
_Y así se inició la Guerra de los Veintiocho., concluyó Eduardo, pensando en ese evento, y evadiéndose por un momento del trabajo para mañana, sobre pasar a limpio los borradores y anotaciones.
Al experto en arqueología submarina aún le asombraba lo fresco que aquel suceso histórico y trascendental estaba en la memoria de los seres elementales, especialmente las hadas. Un hecho ocurrido hacía más de cinco mil años había tenido tales consecuencias, positivas y de las otras, que había trascendido todas las épocas. Muchos logros de esos veintiocho años aún estaban vigentes y se aplicaban en el día a día en diversos campos (medicina, economía, trabajo, cultura, deportes…) y facilitaban la vida de las hadas. La pasión de estas por la historia, la arqueología y los cientos de archivos y libros también contribuían a que el conflicto bélico más grande de todos los tiempos no desapareciera.
_Tal cual., coincidió Isabel, previo a apagar la luz.
Su novio la imitó, ambos cerraron los ojos y dieron por finalizada su jornada.

El uno de Julio (Iiade número quince), un Lunes, fue uno de esos días inusualmente atípicos para los dos, por los asuntos relacionados al trabajo y todo lo demás. Un día con el invierno ya asentado en que la temperatura ambiente no era inferior a los dieciséis grados, y que a mitad de la tarde llegó hasta los veinticinco y medio. Por primera vez en su corta historia juntos, Eduardo e Isabel estuvieron la mayor parte del día separados.

Eduardo estuvo durante doce horas y tres cuartos encerrado en la sala de la casa, ocupándose de pasar a limpio las páginas repletas de anotaciones hechas a las apuradas, tachaduras, borrones y cálculos. El “tac-tac-tac” fue una constante, cada vez que sus dedos apretaban las teclas en la máquina de escribir – el hombre casi nunca había usado una de esas en la Tierra –, uno de los “prodigios tecnológicos de las hadas. Una tras otra las hojas con la información y las conclusiones a limpio fueron apilándose en un extremo de la mesa. Los treinta días transcurridos en el yacimiento submarino quedaron debidamente registrados y eso permitiría una mejor comprensión de aquel lugar. Para los seres feéricos, conocer su mundo por poco no era una obligación irrenunciable e incuestionable, y cada año se destinaban millones de soles desde el sector privado y desde el público, a las investigaciones y tareas científicas – geología, astronomía, física, meteorología, hidrografía… –. Como resultado, el conocimiento de las hadas sobre su planeta era prácticamente total. “Ampliar el conocimiento, para eso sirve la ciencia”, dijo Eduardo, cuyos dedos ya estaban sintiendo las horas enteras de haber apretado las ciento diez teclas de la máquina. Apenas hubo de levantarse de la silla tres veces, dos para responder a los llamados de la naturaleza y la otra para comprarle los atados al vendedor puerta a puerta que pasó al mediodía, y recién cuando el reloj en la pared indicó las diecinueve horas con veinte minutos fue que concluyó el pase a limpio. Escribió su firma y la aclaración al pie de la última página (trescientas se redujeron a ciento nueve) y las guardó en un trío de sobres que tenían el sello del Museo Real de Arqueología, adonde los llevaría mañana por la mañana, y ese sería el momento en que su trabajo, el de Kevin y las chicas estaría por fin completo.
Isabel estuvo casi todo el día en la sede central del Banco Real, aquella colosal estructura piramidal que de a poco, desafortunadamente de a poco (por todo lo que eso significaba para el Estado y el pueblo), iba recuperando el esplendor que tanto la caracterizaba, gracias a ese ejército de trescientos cincuenta obreros que se ocupaban de las diversas tareas de restauración. Isabel pasó todo el día con sus progenitores e Iris en el sector subterráneo de la pirámide, los tres andando, hablando y cruzándose de vez en cuando con algún hada guardiana, empleado o directivo del banco o algún cliente. Las tres almas solitarias parecían estar recuperándose del período oscuro que para ellas fueron los meses de Abril y Mayo, porque durante ellos su espacio para moverse se vio bastante reducido, a causa del colapso estructural, con los anegamientos debido al agua y el derrumbe de algunas paredes y techos. De a poco volvían a sus antiguas obligaciones y actividades como vigilantes de los recursos insulares, incluidas las siempre llenas arcas estatales. Isabel los puso al corriente de como era su vida con Eduardo, habiendo empezado con la frase “Una vida color de rosa”, y de lo entretenido y provechoso que había sido el mes de Junio, aunque respecto a esto, por pedido de los expertos del Instituto Real de Historia, no dijo una sola palabra del hallazgo de ese recipiente especial, para que Iris no se desilusionara si todo aquello resultara falsa alarma. La hija mayor de Wilson e Iulí  recién abandonó el Banco Real a las dieciocho horas con cuarenta y cinco minutos, que era el momento del día en que se daba por terminado el horario para las visitas (el laboral lo hacía a las diecinueve en punto). Isabel, ya en vuelo, no dejó de ver y saludar a sus padres e Iris hasta que se le volvió imposible detectarlos, por la distancia y la enorme espesura.
Ambos volvieron a verse la cara apenas pasadas las diecinueve treinta, cuando el hada de aura lila descendiera en línea recta desde las alturas, habiendo decidido no usar esta vez la puerta espacial – recientemente habían instalado otra a veintidós metros de la sede central del banco – y hacer un parate en mitad de camino entre la pirámide y su casa, para ayudar a los viajantes de un carretón accidentado. Al estar de vuelta detectó a su compañero de amores apoyado contra la pared, como si estuviera descansando. “Lo estoy” – le dijo, al tenerla junto a el –, “sobre todo los dedos; no hice otra cosa en todo el día”. Al entrar en la sala le mostró los sobres, listos para ser llevados al museo, y ninguno hizo otra cosa que contar sus vivencias durante la jornada, a lo que Eduardo sintió envidia por lo bien entretenida que había estado Isabel, porque una cosa era dar un paseo en compañía de las almas solitarias, con las que de seguro habrá habido varios temas para conversar, y otra cosa muy distinta era haberse quedado solo en la casa ocupándose de lo mismo desde bien temprano por la mañana. “Me consuela el saber que valió la pena”, se conformó Eduardo, al terminar su relato. De sobra sabía que esas ciento nueve páginas pasarían a engrosar los archivos del museo. Con esta primera asignación completa el día de mañana, habría una semana de descanso antes de empezar con alguna otra cosa, y era posible que el cuarteto no corriera esta vez, porque al artesano-escultor ya lo estuvieron tentando con ofertas laborales en el Mercado central de las Artesanías, en el norte de la capital insular, y ya estaba casi lista para volver a funcionar una de las salas médicas de barraca Sola (la idea de mudanza había quedado completamente descartada y sepultada). Estas ofertas, sin embargo, no estaban firmes, ya que Kevin y Cristal habían disfrutado y aprendido mucho a lo largo del mes de Junio.

Y así llegó el dos de Julio – Iiade número dieciséis en el calendario antiguo –, un martes tan caluroso como el día anterior. Aun antes de que fueran las ocho, la temperatura había alcanzado los dieciséis grados (¡que útiles eran los termómetros en las casas!), y todos los pronósticos hacían suponer que treparía hasta los veintitrés o veinticuatro para mediados de la tarde. Al terminar el desayuno, Eduardo, ya aseado y con ropa y calzado formales, dejó la casa en barraca Sola y puso rumbo al Castillo Real, no sin detenerse por unos momentos y observar la vereda opuesta.  Se advertían voces, lo que significaba que sus ocupantes también estaban empezando el día.

Fue recién a las once que el compañero de Isabel terminó su reunión con el consejo directivo. Estos notables, los mayores expertos en arqueología del reino insular, leyeron las conclusiones finales de Eduardo sobre aquel yacimiento, y descubrieron que el trabajo estuvo hecho de una forma tan magistral y sin descuidar ningún detalle que eso bien podría significar que el museo y el Consejo AG (Arqueología y Genealogía) se ahorrarían bastante tiempo y presupuesto en los análisis exhaustivos sobre las muestras recolectadas. “Esto no es solo por la arqueología, sino también por la historia”, le dijo el director del MRA, que junto a los expertos, hizo saber a Eduardo que este y su grupo habían estado trabajando en un área que se extendía por alrededor de doscientos kilómetros, en la que no de sus atractivos, cuando no el único, era u cráter bajo las profundidades formado hacía cincuenta y cinco mil años, o casi, a raíz del impacto (fruto de un cuerpo mucho mayor) de un asteroide que marcó a fuego la historia del continente centrálico. “Y los dioses hicieron caer la lluvia de fuego sobre Iluria para borrar las impurezas que contaminan nuestra Sagrada Nación Irrenunciable”, recitó Eduardo uno de los pasajes de los archivos históricos insulares. El compañero de amores de Isabel había leído los suficientes textos y libros de ciencias e historia como para comprender y entender que aquello  no fue otra cosa que un evento astronómico interpretado a su manera por los ilios. Un asteroide mayor se había partido en numerosos fragmentos (en cientos) mientras traspasaba todas las capas atmosféricas, y la mayoría de aquellos, como lo demostraran las investigaciones posteriores, dieron de lleno en el oeste-noroeste del continente centrálico – el noroeste del reino de Insulandia – en una región poblada desde mucho antes de la llegada de los ilios. No había una fecha concreta de ambos eventos, porque ninguna especie poseía por esos días un calendario u otra manera para medir el tiempo, así que lo que tenían eran aproximaciones. Tiempo después de la llegada de los ilios al oeste-noroeste de Centralia empezaron los problemas, cuando aquellos individuos, de los que los seres feéricos supieron muy poco hasta esos días, empezaron a creerse y definirse asimismo como los amos, señores y únicos dueños de las vastas tierras de quinientos cuarenta y tres mil trescientos setenta y cinco kilómetros cuadrados, de los cuales ciento diecinueve mil quinientos cuarenta y dos punto cinco, el veintidós por ciento, le pertenecían al reino de Insulandia.
_Creo que lo único que los mantendría a raya, por el miedo que sentirían, sería tener a Iris otra vez con nosotros – argumentó el director del MRA, cuando el y los otros expertos concluyeron la lectura de los principales pasajes del reporte. Ya lo leerían a fondo durante el día de mañana –, con su antiguo cuerpo y sus poderes y habilidades. Justo como antes y durante la Guerra de los Veintiocho. Muy bien, Eduardo, esto es todo. Isabel y vos lo hicieron muy bien, y también Cristal y Kevin. En tu caso y el de tu prometida tienen una semana de descanso, y en la mañana del diez quiero verlos acá para darles una nueva asignación.
Dicho eso, y tras la despedida formal, el novio de Isabel abandonó la oficina y el MRA mismo. Este día no tendría obligación laboral alguna, no las tendría durante los siguientes siete, así que pasaría las siguientes horas sobrevolando el barrio Barraca Sola, para ver como marchaban las obras de reconstrucción de la infraestructura dañada a fines del mes de Marzo, durante la Gran catástrofe.

Era el mediodía del miércoles – tres de Julio, Iiade número diecisiete –, y Eduardo, Isabel y Kevin ocupaban una mesa junto a los amplios ventanales en El Tráfico, el emblemático bar de Barraca Sola, esperando la llegada de Cristal para empezar el almuerzo. El futuro cuñado de Isabel estaba de parabienes, y sus buenas razones tenía para ello. Los expertos del Instituto Real de Historia en Campo del Cielo, ya habían confirmado la autenticidad del acero mágico en si y la fecha grabada en el recipiente… y su peso. Dos mil quinientos doce gramos que se tradujeron en tres millones ciento cuarenta mil soles, que durante la última semana del mes pasado se transfirieron desde las arcas del Estado hacia la cuenta personal de Kevin en el Banco Real de Insulandia. Este la mantendría inmóvil de momento, ya que no había nada que necesitara, a menos que se considerara como tal su idea de montar un comercio propio en el MC-A, aquello en lo que estaba mejor calificado, laboralmente hablando. Era un proyecto en el que pensaba trabajar cooperando con cinco de sus colegas de ese mercado central, del que cada uno pondría un porcentaje de la inversión y que pensaban empezar en la segunda semana de este mes. Era imposible que Kevin no continuara trabajando allí, porque ese había sido su lugar desde su llegada a la edad laboral, y dejado varios amigos y contactos, unos pocos con influencias, aunque el una hubiera recurrido a esto.
_Y porque las esculturas y otras artes son indispensables para la cultura de las hadas., concluyó Kevin, justo cuando el y los otros dos veían como Cristal iniciaba el descenso.
El recipiente ya había llegado al Banco Real de Insulandia, lo habría hecho ayer a últimas horas u hoy a las primeras – había procedimientos y requisitos que cumplir antes de efectuar el envío –, y su destinatario ya lo tendría en su poder, y estaría ingeniándoselas para abrirlo. Hasta que eso por fin ocurriera, desconocería el contenido.
Cuando el almuerzo iba a la mitad y el cuarteto conversaba animadamente sobre asuntos laborales, una empleada del Banco Real hizo su aparición en El Tráfico y dirigió su vista y palabras a los hombres.
_Kevin, Eduardo… necesito que vengan conmigo. Iris, Iulí y Wilson quieren verlos, los necesitan – los cuatro se levantaron de sus asientos educadamente, a lo que el hada recién llegada aclaró –. No, chicas, lo siento, pero los pidieron a ellos dos solamente – porque las atractivas hermanas de aura lila también se habían puesto de pie –. No pregunten el motivo, porque lo desconozco.
_¿Habrá pasado algo malo?., se preocupó el arqueólogo, en tanto el y Kevin empezaban a despedirse de las chias.
_Malo no, definitivamente. Al menos, yo no lo creo – contestó el hada, que emanaba un aura verde oliva – Pero si pasó algo, por como se encuentran Iulí, Iris y Wilson. Yo llevo ocho años trabajando en el Banco Real, en las arcas del Consejo de Salud y Asuntos Médicos, y nunca los vi tan contentos, tan emocionados, por algo. Sobre todo Iris.
Y el par de hombres remontó el vuelo, secundando a la empleada bancaria. Fue un vuelo de menos de cinco minutos hasta el Banco Real, una distancia de quince punto cuarenta y dos kilómetros que cubrieron a la velocidad del rayo, a unos doscientos metros de la superficie. Aun desde antes de que pusieran los pies junto al acceso lateral (para empleados y turistas), el trío pudo ver que eran constantes el movimiento, bullicio y ajetreo en la gigantesca pirámide. Las actividades allí habían vuelto a la normalidad, aun cuando se continuaban desarrollando las últimas tareas de refacción, las menos complejas. “Los están esperando en el lugar de costumbre”, avisó el hada de aura verde oliva, antes de perderse en el tropel de trabajadores atareadísimos.

_Me pregunto que querrán – se extrañó Eduardo, descendiendo por el siempre oscuro /no importaban las auras ni las antorchas) pasadizo, y cruzándose de a ratos con algún empleado o usuario –. ¿Y qué es eso, o qué fue, de “sobre todo Iris”?.
_La verdad es que no tengo ni idea de sus asuntos – reconoció Kevin, girando por la bifurcación derecha en el final del pasadizo –. Pero lo otro… si Iris está tan contenta y emocionada… tiene que ser alfo descomunal y grandioso para que ella se muestre así.  No es que no lo esté habitualmente, pero no tanto como lo que describió aquella empleada. Supongo que debe ser a causa del contenido de ese recipiente que encontré. Como sea, tiene que ser algo genial que involucra a los tres. Aunque no se en que cosa entramos nosotros.
_Su papel va a ser protagónico, no lo duden – se ocupó de aclarar Wilson, que de pronto había aparecido ante ellos, después de traspasar un grueso muro –, eso ni siquiera lo duden. ¿Se acuerdan de eso que les dije en el Nint número siete, ocho de Marzo, la primera vez que las chicas y nosotros compartimos la mesa en este lugar?, ¿qué así como ustedes dos iban a contar con nuestra ayuda cada vez que lo necesitaran, del mismo modo Iulí, Iris y yo esperábamos poder contar con ustedes, de ser necesario?.
_Absolutamente., aseguró Eduardo.
_Palabra por palabra., ratificó Kevin.
_Pues bien, llegó ese día – dijo el “futuro suegro” de los hombres, en tanto reanudaban su marcha. Las almas solitarias femeninas los estaban esperando en aquella recámara en que sostuvieran su primera reunión familiar – ;y es gracias a vos que lo hizo – dirigió su vista y esas palabras al artesano-escultor , que confirmó lo de sus palabras previas a la llegada de Wilson –. Ese recipiente que recuperaste en el yacimiento subacuático contuvo la solución a una de las pocas cosas que ninguna de las especies elementales nunca supimos como resolver. Algo que desvela a las hadas desde que tenemos conocimiento de la técnica, desde que la inventamos… o desde que la descubrimos. Miles de años de trabajo e investigaciones que siempre dieron resultados negativos y la solución ya la teníamos, solo que olvidada.
El padre de Isabel y Cristal temblaba, y a los hombres que lo acompañaban no les costó esfuerzo alguno advertir que era a causa de la emoción. Lo que en otro tiempo fueran el calzado e indumentaria tradicionales parecieron oscurecerse un poco como consecuencia de ese sentimiento positivo.
Iulí e Iris los estaban esperando conversando entre ellas en aquella paqueta sala circular en que sostuvieran su primera reunión familiar, al empezar la segunda semana de Marzo. Por cierto que dicho recinto no estuvo exento del grave desastre y había sido restaurado, los mejores albañiles – por su importancia, un trabajo comparable a la ingeniería y la arquitectura – del Consejo de Infraestructura y Obras habían hecho sus mejores esfuerzos, puesto que el Banco Real constituía uno de los principales pilares de la economía, el comercio y la industria del reino insular, pero aun con todo eso se notaba que la Gran Catástrofe hubo de dejarlo en condiciones deplorables. Aunque restaurado el bello recinto, todavía quedaban unos pocos vestigios, los más insignificantes, del peor desastre que el país viviera y experimentara en cien años. Las pinturas alegóricas fueron restauradas, las sillas, mesas y la mayoría de las piezas que conformaban el mobiliario habían sido reemplazadas por materiales nuevos y la estructura en si fue apuntalada y reforzada con materiales y soportes más fuertes. El Banco Real de Insulandia, por su importancia, estuvo en la lista de prioridades, y lo continuaba estando.
Kevin y Eduardo ocuparon un par de lugares en torno a la mesa circular, sin dejar ambos de reconocer que tal cual hubieron de ser las palabas de aquella empleada que había ido a buscarlos a El Tráfico: la antigua cabecilla de uno de los bandos enfrentados durante la Guerra de los Veintiocho se encontraba con un humor buenísimo y feliz como nunca antes lo haya estado, tanto que tenía una sonrisa prácticamente permanente en la cara, que hacía opacar el color habitualmente grisáceo claro, y temblaba de la misma manera que sus dos congéneres, a causa de esta emoción cuyo origen permanecía aun desconocido por los visitantes, que conjeturaban y especulaban al respecto.
_Pero, ¿a qué se debe todo esto, estas reacciones de felicidad?., quiso saber con (mucha) intriga el novio y prometido de Isabel, en tanto allí se preparaban las amenidades.
La progenitora de las hermanas de aura lila había hecho levitar dos tazas, la tetera y un cenicero, el cual no tardaría más de tres horas o tres y media en llenarse, dejadas estas piezas momentos antes por el personal del banco.
_Se debe a algo que ellos y yo estuvimos pensando y llevando a la práctica desde que Kevin recuperó el recipiente fabricado con acero mágico. Es la mejor noticia que pudimos recibir, Eduardo, como no podés imaginarte – contestó Iris, animadísima, tratando de conservar la compostura, ahora que había llegado el momento de ofrecer las explicaciones pertinentes – Pero esto es algo que viene de un poco más atrás. Específicamente, o concretamente, de la madrugada del ocho de Marzo, o Nint número siete. Fue algo que recordé de repente, no me pregunten como, pero lo hice. Algo que había olvidado por completo, pese a que en su momento, hasta un año después dela Guerra de los Veintiocho, lo había mantenido como algo de un incalculable valor y siempre presente en mis pensamientos y mi memoria. Tampoco me pregunten como es que pude olvidar algo tan valioso para mi, porque no tengo idea, ni como es que lo recordé después de alrededor de cincuenta y un siglos. Pero pasó, lo hice, como dije. Y esta es la oportunidad de poder hacer algo para cambiar las cosas, la oportunidad que en mi caso particular llevo esperando desde hace un tiempo casi igual, más de cinco milenios.

Los visitantes se impresionaron.

Podría ser lo único que ellos no habían imaginado.
_¿No será por casualidad…?., empezó el artesano-escultor.
Pero el alma solitaria del sexo femenino lo interrumpió, y n hizo falta alguna que Kevin completara la pregunta, ni que su amigo hiciera intervenciones al respecto, porque los dos ya habían advertido que se trataba este asunto que tenía tan emocionado al trío de seres. No hizo falta alguna que ninguno dijera u opinara algo, ni que gesticulara con la cara o el cuerpo, porque ya no les cupo duda alguna. Ya sabían, en base a las últimas palabras de Iris, lo que contenía el recipiente fabricado con acero mágico.
_Si, es eso mismo. Es eso en que ambos pensaron, y acertaron – corroboró Iulí, descubriendo como las amenidades y los cigarrillos iban a quedar para los hombres en el segundo plano, en el tercero  o el cuarto… o quizás ni siquiera contaran esta vez –. Eso es lo que a Wilson, a Iris y a mi nos tiene con tanta emoción desde aquel ocho de Marzo. Y es algo que hizo que nuestra felicidad aumentara infinitamente desde que vos, Kevin – miró con orgullo al compañero de amores de su hija menor, quizás como poas veces o ninguna antes lo hubiera hecho –, encontraste y recuperaste aquel recipiente – ahora desvió la vista hacia un aparador, donde se hallaba dicho objeto, antes de volver a concentrarse en sus congéneres y el par de hombres que los acompañaban –, el diez de Junio, o Tnirta número veintiuno. Y eso fue toda una suerte, a decir verdad, porque tranquilamente habrían pasado uno atrás de otro los milenios hasta que fuera recuperado. Podría haberse encontrado en cualquier parte de Insulandia, de Centralia e incluso más allá. En cualquier lugar del planeta, quien sabe cual. Por ese descubrimiento, Kevin, y también a las chicas y a vos – miró a Eduardo a la cara – que contribuyeron a su recuperación, Iris, Wilson y yo les vamos a estar eternamente agradecidos. Y no les quepa la menor duda de que también lo van a estar todas y cada una de las almas solitarias que existen en este planeta, no importa cuantas sean ni en que lugar se encuentren. Podemos estar hablando de un logro, de un hito, solo comparable al de las puertas espaciales e incluso tanto como el inkeu, que por ahora es una promesa a largo plazo, por su trascendencia e importancia. Así van a ser las cosas no bien la existencia haya tomado estado público.
Las delicadas facciones de Iulí estaban radiantes.
Evidentemente, esta era la mejor noticia.
_Y no duden que va a tomarlo – apoyó Wilson a su compañera, mostrando su afecto apoyando las manos sobre los hombros de ella. El resultado fue el oscurecimiento tanto de las manos como de los hombros, que se mantuvo hasta finalizado el contacto físico – porque estamos hablando del y nos referimos al resultado al que se llegó, según lo que contó Iris, después de alrededor de una década y media de exhaustivas y arduas investigaciones antes de la Guerra de los Veintiocho, de un ensayo atrás de otro, de un cálculo atrás de otro, de una estimación atrás de otra. Claro que no había una sola manera de pasar de la teoría a la práctica, porque para eso hubiera hecho falta por lo menos un alma solitaria en la cual probar la fórmula. Pero si sabemos que va a funcionar, eso es totalmente seguro.
_Y eso es lo que a ellos dos y a mi nos tiene en este estado., finalizó Iris, que parecía querer ponerse a bailar y hacer alguna locura para festejar el recuerdo recuperado primero, al dar inicio Marzo, y el hallazgo después, en la segunda semana del Pasado Junio.
Iris, Iulí y Wilson habían podido recuperar – con la ayuda del novio y prometido de Cristal – el secreto para revertir sus actuales condiciones, de dejar de ser almas solitarias y volver a ser hadas. De hacer lo que actualmente era imposible por medios naturales, o cualquiera de los conocidos (remedios y pociones que podían incluso curar las heridas y dolencias más graves). De hacer lo que desde el inicio era un alma solitaria pudiese recuperar su cuerpo, su aura con el color original y su don. “El envase, en definitiva”, complementó Wilson. Una vez más, la magia, porque en eso radicaba gran parte de este asunto complejísimo, estaba demostrando ser la mejor de las soluciones, cuando no la única.
_¿Y cómo fue que se llegó a esto?., quiso saber el arqueólogo en primer lugar, encontrándose tan en ascuas como su amigo, y antes que cualquiera de las tres almas hubiese pensado en pedirle a alguno de los dos que llevara la caja del aparador a la mesa.
_Esa es una historia que empezó en dos fechas del año cinco mil sesenta y cuatro, los días quince y veinte de Agosto, que por entonces eran los números dos y siete del mes Sefht, porque aún no había sido desarrollado el neo calendario. En la primera de las fechas fue que me decidí a hacer algo que fuera definitivo, porque supe que por la mañana cinco ilios habían asesinado a un guardia nuestro y otro de Nimhu, uno de los reinos que limitan con Insulandia, en la base del monumento que recuerda la fundación de la región noroeste, simplemente porque los guardias se rieron cuando uno de los ilios tropezó y cayó al suelo. Decidí que eso no iba a quedar así – contestó Iris, dando inicio a la explicación –. El segundo comienzo, el Sefht número siete, vino de la mano de una de las mentes más geniales y brillantes de todos los tiempos en el Consejo de Ciencias. Una científica experta en biología de nombre Mücqeu, que había sido la hermana del guardia insular asesinado y que años más tarde, con la guerra ya empezada, se convirtió en una de mis principales tenientes; su don fueron las plantas. De hecho, volviendo al eje, ella fue la persona que iba a traerme ese recipiente que quedó perdido por siglos enteros. Pero eso queda para más adelante, porque ahora la historia es otra.
“Somos oídos atentos”, dijeron al unísono Eduardo y Kevin, conscientes plenamente de que podrían ser las únicas personas que iban a conocer esta parte del pasado de las hadas, al menos hasta que ese descubrimiento se diera a conocer a Insulandia y al resto del mundo.

Como tantos otros cientos de miles de sus congéneres, o cientos de millones, y también de individuos de las otras especies elementales, Iris había crecido escuchando y leyendo como los ilios eran perfectamente capaces de cometer una tropelía atrás de otra y hacían lo que les viniera en gana sin consultar con todo o casi todo, con lo que fuere, lo que los rodeaba. Los ilios no tenían mayores dificultades ni reparos a la hora de alcanzar niveles tan altos de crueldad, maldad e incluso perversidad tan altos que su sola mención hacía escandalizar a cualquiera de los otros seres elementales. La sola presencia de estos seres de piel rojiza y orejas puntiagudas y largas en el oeste-noroeste centrálico (noroeste del reino insular) bastaba para que las tensiones y la propensión a las peleas, por ejemplo, fueran dos aspectos inevitables de la vida cotidiana de todos los elementales que vivían en Iluria, un nombre que era lo único que unía a los ilios y hadas, solo que con diferente origen: para los primeros era por motivos religiosos y para los seres feéricos un homenaje a Ilux, uno de los reyes más valerosos y contemporáneo del Período de Organización – el surgimiento del estado primitivo y el establecimiento de las primeras poblaciones grupales –. Las historias que sobre los ilios circulaban por el boa a boca o figuraban en los textos históricos eran francamente horrendas y aberrantes, y cuatro de todas, que sin dudas estaban entre las peores, eran los sacrificios de recién nacidos como ofrenda a los dioses, efectuando uno al dar inicio cada año calendario por cada aldea, con lo que cada uno de Enero morían alrededor de quince mil bebés de la especie; ejecuciones con métodos particularmente desagradables, el empalamiento incluido, de individuos de la propia especie que no siguieran a rajatabla las reglas, a veces tiránicas; la intolerancia racial en grado extremo y los castigos más bien crueles para cualquiera que compartiera, si llegara a confirmarse tal cosa, sus secretos, conocimientos y su acervo cultural con la demás especies elementales, principalmente con las hadas, sirénidos, gnomos y liuqis, a quienes veían y consideraba como “esas manchas que contaminaban su Sagrada Nación Irrenunciable”. Esas especies elementales fueron por aquellos días, y aun hasta después de la Guerra de los Veintiocho, las únicas presentes en el oeste-noroeste de Centralia. La opinión que por poco o muy poco no era común a todos los individuos de la raza feérica era que los ilios algún día serían capaces de cualquier cosa con tal de apoderarse de una vez y para siempre de esos casi quinientos cincuenta mil kilómetros cuadrados que formaban Iluria (que de ninguna manera hubieron de pertenecerles) y expulsar a todos los ajenos a su especie. Capaces incluso de empezar una guerra, y hubo individuos, feéricos y elementales, que se propusieron evitar que eso pasara: algunos, los superiores en número, prefirieron la diplomacia y las negociaciones, y otros continuar encomendándole a la Po.Se., la “Policía Secreta”, la difícil tarea de mantener a raya y vigilados a los ilios, un objetivo que cambiaría parcialmente al iniciar la guerra. Hubo un tercer grupo que prefirió no esperar a que los diplomáticos y los espías hicieran algo más o menos definitivo. Entre los integrantes de este último grupo estuvo Iris, la hija menor de los reyes insulares, en ese entonces una brillante economista y contadora que trabajaba en el Banco Real de Insulandia, del que integraba la comisión directiva. Era una de las personas de las que menos se sospecharía  que acabaría por empezar la guerra más grande de todos los tiempos. Sin embargo, aunque desde el principio estuvo ella decidida a no permitir bajo ningún concepto que fueran los ilios los que atacaran en primer lugar (“Hay que detenerlos como sea”, les iba diciendo a quienes se convertían en sus tenientes y confidentes más cercanos), Iris se dio cuenta que antes de moverse y dar el primer paso debía dar forma a un grupo que fuera muy superior en número y, por supuesto, poderoso. Era consciente de que solo un ser feérico podía tranquilamente aniquilar a treinta o treinta y cinco ilios antes de el mismo perder la vida, pero no iban ella y sus primeros seguidores a correr riesgos, si tenían la chance de evitarlos. Debían, aparte de realizar un entrenamiento exhaustivo para volverse psicológica y físicamente fuertes, hacerse de cualquier cosa que les resultara de utilidad, aunque fuera de una menor, para cuando la guerra por fin empezara. Recurrieron a todo lo que tuvieron a mano, (armas, libros de texto, ciencias, artes mágicas…) para tener asegurada la victoria desde el principio.
_Los objetos que mejor representan a los continentes., rememoró Eduardo de repente, pensando por un instante en el Espectador, que fuera destruido durante la Gran Catástrofe.
_El más fácil de conseguir, porque se encontraba en el suelo insular desde diez días antes del asesinato de aquellos dos guardias en la región noroeste., agregó Iris, antes de continuar con esta “clase de historia”.
Habiendo hecho eficaces combinaciones de las artes mágicas con las diversas disciplinas y ramas de las ciencias, por ejemplo, lograron el surgimiento de nuevos hechizos y pociones para los usos más variados, de las cuales un número importante eran todavía usadas, a más de cinco mil años de su creación. Fue entonces que hizo su aparición aquella mente maravillosa de nombre Mücqeu, una de las estrellas tan prometedoras que tuvo por esos tiempos el Consejo de Ciencias de Insulandia, y que por sus logros, méritos y posición en el poder político del reino insular hubo de convertirse en parte de la plana mayor, y por tanto una pieza clave, del grupo dirigido e ideado por Iris. Había sido Mücqeu, cuyos logros hicieron que la ciencia insular destacara por sobre las de los otros países, quien hablara a la princesa insular acerca de un proyecto en el que estaba pensando con toda la firmeza y dando los primeros pasos. “Las almas solitarias” – le dijo entusiasmada, al comentárselo por primera vez, cuando coincidieron en un acto público –, “la chande de que puedan recuperarse, de que esa alma pueda recuperar su aura, su cuerpo y su don. Se que va a funcionar, princesa Iris, lo se”. Aun siendo altamente improbable el hecho de que un ser feérico (un hada) quisiera, llegado el caso, recurrir a una técnica que nunca se había podido desarrollar de forma exitosa, iris y su grupo  que recién estaba surgiendo no descartaron esa posibilidad. Si en algún momento alguien resultara con heridas y dolencias tan graves que se veía obligado a separar el alma del cuerpo para iniciar el proceso de curación (el alma envolviendo al cuerpo en espiral, desde la cabeza hasta los pies, y luego uniéndose nuevamente a el), y la técnica salía mal, lo cual había pasado siempre, existía el medio para reparar el daño e incluso aquellas heridas y dolencias tan graves. “Adelante”, fue la indicación de Iris a la científica, quien de inmediato se puso manos a la obra, asegurándole a la princesa y a sus allegados que este proyecto no quedaría listo de un día para otro. “No importa” – aseguró la por entonces contadora y economista del Banco Real insular –, “tampoco nosotros estamos listos para la guerra”. Por ese entonces, eran unos pocos los que habían querido formar parte de ese grupo para luchar contra los ilios, no más de cinco decenas, y no estaban ni carca siquiera de lograr victorias en batallas menores y aisladas. La cifra era absolutamente insignificante, y tenían que ampliarla, siempre teniendo en mente que lo debían hacer con todo el sigilo y el secretismo del mundo: lo que estaban empezando era cuando menos ilegal, existiendo por lo tanto individuos de todas las especies elementales que quisieran detenerlos, incluidos quienes seguían apostando a la diplomacia, y los ilios podrían tener sus propios espías por todas partes (estos aun no desarrollaban la capacidad para confundirse con el entorno), siempre con el supuesto de que aquello les sirviera para su total y hegemónico dominio de todo el oeste-noroeste de Centralia. Los máximos dirigentes del grupo anti-ilio calcularon que habrían de pasar no menos de diez u once años antes de que las condiciones les fueran todo lo favorables que esperaban, para que cuando llegara el momento de dar el primer paso, del cual no se podría volver, no cometieran ni un solo e insignificante error. “Todo el tiempo que haga falta”, convino Iris, cierta noche en que mantuvo una reunión secreta a ese respecto, en su oficina en el Banco Real, al finalizar en este su jornada laboral, pensando que todo lo que hicieran debía ser definitivo: borrar a los ilios del mapa definitivamente, antes de que ellos borraran a los demás. Seguro que  podrían obtener más de una ventaja del contexto global, de los adelantos que a nivel planetario se venían dando en la tecnología, la ciencia, la industria militar (la producción de armas, principalmente), la medicina, la economía y el comercio.  Aun si no hubieran ocurrido aquellos asesinatos, Iris sabía que tarde o temprano tendría que tomar esa decisión terminante: la guerra. Iluria venía siendo una región conflictiva desde que esos seres pusieran en ella sus pies por primera vez, creyéndose los soberanos desde el inicio, y eso fue algo bastante desagradable para las hadas y otras especies elementales, que eran las especies preexistentes y estaban allí desde su surgimiento. Y la forma de ser de los ilios, tan cerrados y antipáticos, no contribuía para nada a la impresión general que de ellos tenían los demás. Eso mismo les era perjudicial, ya que sin interactuar iban quedando social, cultural, industrial y comercialmente atrasados. “Peor para ellos”, decía Iris, sin lamentar el aislamiento practicado por ese pueblo.
_Lo que siguió en esos quince años no fue trascendente, se los aseguro – garantizó Iris a Eduardo y Kevin, que seguían oyendo con atención –. Mi grupo y yo nos dedicamos a reunir todo tipo de armas e información y a volvernos más grande en número. En promedio, duplicamos nuestra fuerza y la superioridad numérica fue algo total. En ese tiempo, el grupo pasó a tener la misma cantidad de componentes que las nueve guardias reales centrálicas en conjunto.
La guerra empezó como Iris y sus seguidores desearon que lo hiciera, y tal cual sus cálculos: en silencio, en secreto y sin que nadie sospechara que algo así podía pasar, en la mañana del dieciséis de Abril, que por ese entonces, al no haber surgido el neo calendario, era el Llol número dieciocho. Iris y un puñado de los mejores guerreros a sus órdenes atacaron súbita y repentinamente una caravana ilia que se dirigía a una de sus aldeas en las islas insulares periféricas del noroeste. Duró siete minutos, entre las diez y cuarto y las diez y veintidós y el grupo atacante se ocupó de dejar las cosas bien en claro, para que no quedara ninguna duda; de ahora en más harían todo cuanto estuviera en sus manos para detener las prepotencias  y tropelías de los ilios y eliminar a dichos seres de una vez y para siempre. El ataque de las hadas fue, lo dicho, rápido, repentino y totalmente abrumador y los hubo de tomar completamente por sorpresa, porque nada los hizo suponer que en un determinado momento de esa mañana iban a abandonar este mundo. Veinticinco ilios adultos perdieron la vida instantáneamente (ni los “setwes” o los guerreros mejor preparados hubieran tenido una chance contra semejante fuerza de ataque, entre la que estuvo un trío de hadas de fuego), e incluso la caravana fue destruida, nueve carretas que transportaban leña, troncos y otros productos vegetales  que, Iris había confirmado, provinieron de una tala no autorizada dentro del parque en que estaba la estructura que daba nombre a la región del noroeste insular – El Palomar Alto de la Colonia de los Rosales –. Finalizado el ataque, quedaron restos humeantes en el suelo, esparcidos en un radio de veinte metros, y las dos decenas y media de cadáveres fueron llevados a una pira ardiente. No fue por respeto (nunca por eso), ni tampoco un acatamiento de la costumbre de las hadas, no esta vez, sino una manera de enfurecer y provocar a los ilios, a quienes supuestamente les disgustaba y despreciaban la magia, una pos una todas sus ramificaciones y disciplinas, a las que consideraban como una obra del “Trío Oscuro”, y por lo tanto era algo completamente negativo y maligno que no iban a tolerar bajo ningún concepto. La confusión y la conmoción se habían vuelto parte de la cotidianeidad en las dos semanas que fueron posteriores a ese ataque, porque nadie supo quién había atacado ni que motivos tuvo para hacerlo, hasta que, el treinta de Abril – Uumsa número cuatro – apenas antes de la doce en punto, ocurrieron al mismo tiempo, con una sincronía del cien por ciento, trescientos cincuenta ataques contra aldeas ilias, ciento una de ellas en Iluria (cincuenta y dos en el reino de Insulandia), causando más de cinco mil bajas en esa especie en poco más de diez minutos. Para cuando los ataques concluyeron, a nadie le quedó ninguna duda de que la guerra era un hecho…
_... y de que había funcionarios político de todos los rangos involucrados en esos ataques y los anteriores, no solo de Insulandia ni de Centralia, sino de todo el planeta – todavía continuaba narrando iris, que insistía, como siempre, en que los ilios eran un peligro latente sobre el que no se hacía lo suficiente para detenerlo. “Por eso tuve que actuar yo, por eso la guerra”, pensó –. En el otro bando empezaron a atar cabos, y recién al año de iniciada la guerra supieron quien había empezado todo, quien había estado al frente desde el principio.

En los casi seis meses que siguieron, las batallas, una más extensas que otras, fueron haciéndose no solo más frecuentes, sino también más feroces y a tener un número cada vez mayor de intervinientes. La destrucción pasó a ser algo prácticamente cotidiano para las especies elementales de un todo, las bajas fatales, al llegar el Norg número diez (décimo cuarto día de Octubre, en el neo calendario) totalizaron once mil de las cuales novecientas fueron seres feéricos. Serían infinitamente más, a medida que la guerra siguiera su curso. Las hadas estuvieron desorientadas, porque debían no solo hacerle frente a la primera guerra en más de cinco siglos, sino a que al mismo tiempo debían descubrir a quien o quienes estaban detrás de todo esto, confirmar cual era el objetivo de ese otro grupo – el par de teorías principales eran el aniquilamiento total y sin excepción de los ilios y la dominación total, en ambos casos a nivel planetario –, quienes eran sus líderes y sus máximos dirigentes, que los habían llevado a esos objetivos u otros y diseñar estrategias de batalla coordinadas y efectivas, ya que por primera vez los guardias reales estaban resultando decididamente inefectivos, ante un conflicto de esta magnitud, que los hubo de tomar, como a cualquiera de los otros seres elementales, por sorpresa. En el sector castrense, además, como en cualquier otro ámbito (la política, la economía, la industrie, el comercio, los deportes…), se enfrentaban a la realidad de que no pocos individuos, hombres y mujeres por igual, eran simpatizantes de aquel extraño y agresivo movimiento, o, peor, integrantes de hecho del mismo. Pero los dos mayores problemas, como pronto advirtieron los funcionarios en todas las esferas del poder político y en las familias reales, era que este conflicto bélico no estaba siendo (ni lo sería en el futuro) como cualquiera de los anteriores, sino algo nuevo, nunca antes vivido: esta era la primera guerra que se extendía por todo el planeta (la primera guerra mundial) y la primera que implicaba la participación directa de cada una de las especies elementales. Todos y cada uno de los ámbitos naturales – desiertos, selvas, montañas, ríos… – se verían afectados en el muy corto o el corto plazo. Aun con todo eso, ni siquiera los seres elementales más pesimistas podían arriesgar que la guerra se extendiera por más de cuatro años.
Que equivocados que estuvieron.
Los ilios, por su parte, habían decidido hacerle frente a este gravísimo conflicto bélico de la misma manera con que se desenvolvían y se comportaban con todo lo demás: por su cuenta y sin consultar ni interactuar con nadie. Los ilios decidieron que esta guerra, que los tenía como blanco, iba a servirles para su ambición máxima, que era la reivindicación de esos más de quinientos cuarenta y tres mil kilómetros cuadrados en el oeste-noroeste de Centralia. Estos seres – el hecho de destratarlos era tal vez lo único que unía a los elementales en guerra, tanto combatientes como partidarios – formaron el tercer bando, lo que hizo que el conflicto bélico se volviera más peligroso e intrínseco. Los ilios continuaron su lucha de siempre contra todas las especies elementales, sobre todo aquellos que habitaban Iluria, para apoderarse al fin de dicha región y ser de ella los soberanos incuestionables; y enfrentarse a esta nueva fuerza destructora que estaba azotándolos, la cual había decidido llamarse “Movimiento Elemental Unido”. Este grupo cuyo liderazgo general se mantuvo bajo un completo anonimato hasta el Norg número treces – diecisiete de Octubre – al mediodía, hora de Insulandia, y tenía por objetivo principal e irrenunciable la destrucción total de los ilios, lo que incluía cualquier archivo histórico que estuviera, directa o indirectamente, referido a ellos, y combatir contra las fuerzas que permanecían leales a los por entonces setenta y cuatro reinos existentes en el planeta, que eran la aplastante mayoría, aunque respecto a estos evitaban los combates en la medida que podían (eran de os suyos, después de todo). Y tanto los gobiernos como sus respectivas guardias reales debían enfrentarse a la mayor guerra que alguna vez surgiera en el mundo, a la vez que intentaban contener a los ilios, que a causa de los sucesivos y aterradores ataques del MEU empezaron a ver en todas las hadas y otras especies elementales (sirenas, tritones, gnomos y liuqis, especialmente) como enemigas, y por lo tanto a considerarlas como las únicas responsables de todo su sufrimiento, todas sus desgracias, calamidades y todo lo malo que les ocurrió y es ocurría. Lo único que hermanó a los tres bandos fue la certeza de que algún día todo iba a terminarse, aunque de sobra sabían que no sería pronto, que todos los costos serían demasiado elevados, que quedarían secuelas y efectos a largo plazo y que nada volvería a ser como antes. En todo el mundo la tensión y las sospechas se hicieorn sentir casi desde el principio entre las hadas, porque no había ninguna manera fehaciente de saber quienes pertenecían al Movimiento Elemental Unido y quien al grupo que permanecía leal a los gobiernos.
_Y ese fue un problema con letras mayúsculas – precisó Iris, poniendo a prueba su memoria –. Un  ejemplo sencillo… creo que si. Pudo haber un matrimonio en que uno de sus componentes fuera parte del MEU y el otro un guardia real, y no lo hubieran sabido sino hasta que quedaran tapados por las pruebas. Y como se podrán imaginar, en ese caso y cualquier otro, incluido el mío, la revelación de la pertenencia no fue lo que se dice agradable.
Allí, frente a ella, los visitantes estaban absolutamente concentrados en la narrativa; Kevin porque se estaba enterando de cosas que, por su poca trascendencia o lo que fuera, no figuraban en los archivos históricos insulares, y Eduardo porque escuchaba de esta fuente directa la introducción a y los primeros días de uno de os períodos más importantes – negativo o positivo según como se lo mirara – en la extensa existencia de los seres feéricos y elementales, sin dejar de reconocer ambos que podía esta conversación ser de utilidad para el recuerdo que recuperara Iris. También  los padres de Cristal e Isabel escucharon cada palabra durante esta hora y media transcurrida, aunque en su caso la atención fue algo que estuvo reservado para aquello que tuvo algún valor para ese recuerdo recuperado, que consistía en el único medio para recuperar el cuerpo, el aura y los poderes. Era una oportunidad para las tres almas solitarias, tal vez la única que tendrían.
_Y así, con la guerra ya extendida por todos los rincones del planeta y abarcando a todas las especies elementales, se llegó al Norg número doce, o dieciséis de Octubre., agregó Eduardo.
_Al número once, mejor dicho – lo corrigió Iris, antes de proseguir con la historia – porque Mücqeu completó su trabajo sobre las almas solitarias ese día, antes de las doce, por lo que después pude enterarme.
Y retomó la historia, esta vez para entrar de lleno en el tema sobre esa fórmula misteriosa y el contenido del recipiente, que ahora estaba sobre la mesa, aguardando.
Mücqeu había sido una de las científicas más brillantes de todos los tiempos en la historia del reino de Insulandia y pocas hadas, de las que fueron contemporáneas a ella, hubieron de estar alguna vez a su altura en cuanto a los descubrimientos e invenciones como de ambos sus aplicaciones y usos, de los cuales la mayoría, al menos el sesenta y cinco por ciento, continuaban en plena vigencia en todos los países del mundo por varias de las especies que conformaban el reino elemental. Aun hoy, cinco mil veinticinco años después de su fallecimiento, Mücqeu seguía siendo una persona respetada en el ámbito de las ciencias. Y además había sido poderosa, gracias a su don de las plantas. Pero, desafortunadamente, esos poderes que superaban la media y su enorme prestigio como científica no le resultaron de ayuda ni a ella, en lo individual, ni al Movimiento Elemental Unido, que vio y vivió en su deceso un golpe moral y anímico, el primero de la guerra – el combatiente número quinientos del MEU que caía en combate – y la baja fatal que más tristeza provocara hasta ese momento en los dirigentes de dicho grupo, incluida Iris. Mücqeu pudo sobrevivir al ataque el tiempo suficiente para llegar a su cuartel general, un punto recóndito y aislado del archipiélago insular, encontrar a los jerarcas y disculparse (lágrimas brotaron de ambos ojos, pero no fueron a causa del destino que le había tocado) por no haber podido cumplir con éxito su misión, por haber extraviado su carga tan valiosa, por haberle estropeado a Iris el día más grandioso de su vida – eso era el cumpleaños para las hadas –, y para explicar como pudo la batalla que había tenido tiempo entre las once y cinco y las once y cuarto. Sus heridas fueron demasiadas, la mayoría graves, y ninguno de los medicamentos o las pócimas reconstituyentes iban a tener otro efecto en ella que no fuera el mantener la cómoda y tranquila durante lo poco que le quedara en este mundo. “Al menos los quité del medio a todos”, fueron sus últimas y consoladoras palabras, en referencia a sus atacantes.
_Fueron los ilios, una patrulla se deis que andaba por allí. Vieron a Mücqeu volando hacia el sur, y como pensaban que estaba bajo las órdenes y el influjo del Trío Maligno, no dudaron en atacarla., dijo iris, recordando con pena el deceso de quien fuera una de sus mejores amigas.
_¿El Trío Maligno?., llamó Eduardo con curiosidad.
Era la segunda vez que escuchaba la referencia a eso desde que empezaran con esta reunión y a clase de historia.
_Según la religión ilia, son tres entidades que representan y reúnen todos los aspectos negativos y malos que hay y pueden haber en la vida, y por tanto cualquier cosa que pase que sea más o menos perjudicial, sobre todo si les pasa a ellos, es obra de ese trío – explicó Iris – Esos indeseables descubrieron una parte del trabajo que estaba haciendo Mücqeu, que implicaba medicamentos y antídotos contra los ilios, contra mordeduras, arañazos y eso, y también contra el veneno que usaban en sus armas. Fue una suerte que ese trabajo haya llegado a buen puerto., concluyó antes de sumergirse en el relato sobre esa batalla en la mañana del Norg número doce, o dieciséis de Octubre., de cinco mil setenta y nueve.
Aun sin que una sola hada sospechara que esta eminencia científica experta en biología – lo sabrían recién dos años después de su fallecimiento – trabajaba en secreto para el Movimiento elemental Unido y que era una de las personas de mayor confianza de Iris, Mücqeu, ya habiendo completado su trabajo investigativo sobre las almas solitarias, acerca de como revertir los efectos de un posible hechizo fallido, se propuso ir el encuentro de la lideresa y los jerarcas del grupo en la mañana  de ese día (Norg número doce, o dieciséis de Octubre), aprovechando que para Iris, con quien mantenía una amistad sincera y desinteresada desde que eran ambas adolescentes, era un día festivo. Era su cumpleaños número sesenta y dos, y, por simple precaución, por si alguien llegara a tener sospechas sobre lo que había hecho, lo que estuvo haciendo desde muchos años antes de que empezara la guerra, Mücqeu había arreglado todo para que el recipiente de acero mágico, uno de los materiales más valiosos y fuertes de todos, pareciera un obsequio de cumpleaños para su amiga. La científica dejó su laboratorio, una dependencia del Consejo de Ciencias en el barrio Altos del Norte, en la Ciudad Del Sol (sería destruido durante la guerra) y puso rumbo al sur del archipiélago insular, donde se iba a reunir con Iris para pasarle esta información, que habría de quedar archivada y oculta hasta que llegara el momento de usarla. Tal vez eso nunca ocurriera, pero era mejor asegurarse y no dejar un solo cabo suelto.
“Con los ilios de por medio uno nunca supo a que atenerse, ni tampoco lo sabe hoy”, dijo Iris con algo de bronca en su tono, volviendo a demostrar que sus sentimientos por esos seres elementales no habían cambiado ni siquiera un poco con el paso de los milenios.
Cuando dieron las once horas con cuatro minutos, Mücqeu llevaba ya doscientos cuarenta segundos de vuelo, a una velocidad particularmente moderada y una altitud prácticamente constante, de más o menos doscientos cincuentena kilómetros por hora a unos ochocientos metros de la superficie. Eran precauciones que de ninguna manera salían sobrando, tomando en cuenta que debía moverse con cuidado, para no alertar a aquellos que se mantenían leales a los reyes insulares – a sus padres – ni a los ilios, de los que se sospechaba que tenían alrededor de mil quinientos espías diseminados por el archipiélago, vigilantes y atentos a toso… y a todos. La última vez que Mücqeu tuvo tranquilidad fue a las once y cinco, mientras sobrevolaba una formación geológica a cuatro punto cuarenta y cuatro largos (cuatro mil cuatrocientos cuarenta kilómetros) l sur-sureste de la Ciudad Del Sol, prácticamente desierta y con muy pocas formas de vida, uno de los paisajes que no cuadraba con la imagen general de Insulandia. Era un lugar cercano a la costa, y la formación continuaba bajo las profundidades del agua.
Cuando volaba sobre esa formación, vio como de entre lo que parecía ser una abertura en el suelo, probablemente un túnel que continuaba bajo el agua, emergía media decena de setwes, junto a otro que había aparecido corriendo a gran velocidad desde la distancia. Una sub clase de guerreros ilios que física y mentalmente estaba preparada para pelear bajo y sobre la superficie acuática, sobre la tierra e incluso en el aire. Seres que compartían con cualquier otro ilio su forma de ser y su visión de todas las cosas, pero que al transformarse podían alcanzar los tres metros y medio de altura, velocidades de hasta trescientos setenta y cinco kilómetros por hora y golpear con una presión de ciento ochenta y siete punto cinco kilogramos por centímetro cuadrado. En el Movimiento Elemental Unido nunca pudieron descubrir como ni quien había empezado la lucha, aunque desearon que hubiera sido la científica – ese era el objetivo de la guerra: matar a los ilios donde se los encontrara – Pero el combate empezó y en los dos lados pusieron a prueba todas sus habilidades. Mücqeu se ciñó el recipiente de acero mágico a la espalda y de inmediato envió al otro mundo a tres de los setwes, en menos de diez segundos, haciendo que del suelo más bien desértico brotaran plantas enredaderas y cubrieran a los atacantes, especialmente en el cuello y el cuerpo, cortándoles la respiración y sofocándolos. Otros dos de los setwes, que habían bajado la guardia para atacar, no corrieron con una suerte distinta, porque su contrincante, recurriendo otra vez a su don, hizo que las hojas de las enredaderas, que estaban tendidas en el suelo al no tener resistencia – los cadáveres yacían en el suelo, con casi todos los huesos rotos, decenas de heridas cortantes y la piel hinchada –, salieran disparadas a una velocidad increíble hacia sus objetivos, fragmentando cada uno de los cuerpos, literalmente, en varios pedazos, quedando otra buena cantidad de hojas incrustadas en esas partes.
Cinco ilios setwes muertos en menos de treinta segundos, y Mücqeu lo máximo que tenía era el cabello despeinado. “Tu turno”, dijo con aires de superioridad al restante individuo, que parecía estar haciendo esfuerzos por quedarse y hacerle frente. Sabía que tenía muy pocas oportunidades, o ninguna, de siquiera causarle un raspón, pero en juego estaba la suprema ambición de los setwes y otros ilios de la dominación total sobre Iluria (¿y más allá?). Todo lo que tuvo fue tiempo para extender sus dedos hacia adelante por uno o dos segundos, antes de que las enredaderas volvieran a surgir y empezaran a asfixiarlo, como a las tres primeras bajas de la lucha. Estando su muerte acercándose, el setwe recuperó su fisonomía habitual, a la vez que hacía arcadas cada vez más ruidosas y efectuaba inútiles movimientos con ambos brazos, tratando de soltarse. Esa era una habilidad de las hadas de las plantas, que al hacer aparecer las enredaderas provocaban que estas se “comieran” a una forma de vida – usada habitualmente contra otras formas vegetales, que por uno u otro motivo debían ser removidas – y no cesaban dicha acción hasta que esa vida hubiera desaparecido, así que la única explicación posible para que la soltara antes de tiempo era que la fuente originaria estuviera incapacitada. Ese era el caso ahora. Mücqeu tenía una puntada bastante profunda justo a la altura del corazón, y se vio en la necesidad de detener el ataque para ahorrar toda la energía. “Basura inmunda”, dijo con ira, caminando a los tumbos hacia el setwe, que sin embargo estaba perdido. Las enredaderas le habían destrozado numerosos huesos y órganos vitales, con lo que estaba teniendo una lenta y dolorosa agonía. Antes del ataque, había tenido tiempo para clavarle la uña del índice izquierdo al hada, soltando una pequeña pero letal dosis de veneno neurotóxico, que no tardaría en llevarse la vida de Mücqeu, y contra el que prácticamente no había defensas.
“Maldito” – dijo la científica, agarrando con ambas manos al setwe por el cuello, decidiendo hacer lo mismo que la enredadera – “Imagino que sabés lo que sigue, ¿no?”, dijo en tono de burla. Mücqeu se sabía perdida, a menos que llegara pronto con Iris. Antes que se hubieran cumplido cuatro minutos desde el letal ataque, la vista empezó a nublársele, la capacidad auditiva a disminuir, las piernas a temblarle y las articulaciones  dolerle como nunca. Justo en el momento en que estuvo por flexionar las piernas, la onomatopeya “crac” le indicó que el cuello del setwe estaba roto. El último atacante finalmente ya se había muerto y Mücqeu, muy debilitada a causa del veneno. Había extraviado su preciosa carga, la investigación sobre las almas solitarias, quizás en la misma acción que le provocara la herida mortal en el pecho.
_Así concluyó esa batalla – dijo Iris, notando como los hombres no se habían perdido una sola palabra ni un detalle de ese relato histórico –. Mücqeu salió vencedora, pero a un enorme costo, que fue su vida. Por haber hecho que perdiera el recipiente, pateó al último setwe tan fuerte que literalmente lo envió volando hacia adelante al menos veinte metros. Allí no tuvo nada que hacer, de modo que simplemente se marchó y fue al cuartel general del MEU. Le administramos el antídoto, pero fue demasiado tarde. Como les dije, vivió solo lo suficiente para explicar que y como había pasado…
Iris estaba temblando ligeramente en su asiento. Era la única reacción que podía tener para manifestar dolor u otros sentimientos no alegres, melancolía y tristeza. Era para ella, y también para cualquiera otra alma solitaria, el equivalente a lo que hacía la mayoría de los seres elementales: derramar lágrimas. Había conocido a Mücqeu desde una edad muy temprana, desde los quince años, y fue ella quien le presentara a Báqe, durante una ceremonia de la primavera llevada a cabo en la Ciudad Del Sol, el hijo de los condes de Nimhu – ese país era por esos días un condado, y lo fue hasta un siglo después de la guerra –, que fue el compañero sentimental de Iris y segundo al mando del MEU durante los cuarenta y siete años previos al máximo conflicto y la guerra misma.

_... y cual fue su conclusión – Iris parecía haberse calmado un poco – Mücqeu incendió los cadáveres porque sabía que eso iba a enfurecer a los ilios mucho más que las muertes en si. Esos seres detestan que se haga tal cosa. Primero porque la incineración de un cuerpo sin vida o de varios forma parte de la cultura de las hadas, es decir de otra de las especies elementales, y segundo porque el acto de la incineración implica el uso de la magia – y concluyó la “clase de historia” diciendo – Si nos hubieran escuchado en aquellos años, antes de la Guerra de los Veintiocho e incluso durante ella, hoy los ilios no existirían. Aun con todo lo que tuvimos a nuestro favor no logramos nuestro objetivo principal. Ni siquiera nos alcanzó con la fuerte unión entre las especies elementales.
Eso fue algo que cada uno de los miembros del Movimiento Elemental Unido supo usar a su favor. Uno o varios de los aspectos culturales de los diversos seres elementales, como la incineración de los cuerpos sin vida, algo practicado principalmente por las hadas, aplicado a sus acérrimos y mortales enemigos. Eso hizo enfurecer sobre manera a los ilios, a tal punto que los “ataques psicológicos” tuvieron casi siempre los efectos deseados por sus ejecutores: socavar la moral y los ánimos de la raza a vencer y hacer que aquella cometiera tantos errores como le fuera posible, ya que eso influiría en el desenlace de las sucesivas batallas.
_Y el recipiente de acero mágico quedó perdido en el tiempo hasta el mes pasado – agregó el artesano-escultor, cayendo en la cuenta de algo respecto a aquel día – y fue una casualidad que haya aparecido, porque se me ocurrió desviar la vista cuando dejé caer una pesada piedra. El recipiente brilló mucho como para pasar inadvertido. Aún si vos hubieras recuperado esa parte de tu pasado, o del pasado de todos nosotros – dirigió momentáneamente la vista a Iris –, y yo no el brillo, podríamos haber buscado ese objeto durante el resto de nuestras vidas.
Kevin dedujo que habría terminado allí con el forcejeo entre Mücqeu y el último setwe atacante, quizás a causa del ataque letal de este.
_¿Y los túneles? – intervino Eduardo – En la última edición del semanario leí los resultados de la investigación del Departamento de Ciencias Geológicas. Dicen que es un enorme corredor que se extiende por cientos de kilómetros, debajo del agua y en la superficie terrestre. Varias de sus secciones colapsaron y la última fue aquella en el yacimiento donde Kevin, las chicas y yo estuvimos trabajando. Pero no pudieron descubrir quien lo construyó ni con que objeto. ¿No se te ocurre nada?:
El tiempo había sido verdaderamente poco desde que por primera vez se detectara el túnel, a mediados de Abril. Las hadas habían creído en un principio que se trataba de dos espacios sin ninguna conexión entre si, pero con las tareas en ese  yacimiento descubrieron que se trataba de uno solo, con esa sección obstruida a causa de colapsos en la estructura. Hasta el momento no habían hallado utensilios grabados ni herramientas u otras evidencias que delataran la identidad de los constructores, ni su propósito.
_probablemente hayan sido los gnomos. Ellos están entre los mejores expertos en la construcción de túneles, y por aquellos días
_Probablemente hayan sido los gnomos. Ellos están entre los mejores expertos en la construcción de túneles, y por aquellos días había unos noventa mil viviendo allí – explicó Iulí, en cuya infancia y adolescencia había vivido en una casa pegada al acceso a la madriguera de los gnomos, en las afueras de la Ciudad Del Sol, y por tanto veía a dichos seres a diario, interactuando con ellos y formando una amistad tan fuerte que sobrevivía en la actualidad –. Los gnomos no necesitan de herramientas ni máquinas, les basta con sus garras para hacer una excavación. Tal vez por eso los investigadores no hallaron nada. Esos seres se fueron cuando se cumplieron los primeros cuatro años de la guerra, y el túnel tuvo que quedar vacío y abandonado desde ese momento.
_Y no es difícil suponer que pasó después de la emigración de los gnomos – agregó Wilson –. Los ilios se apoderaron del túnel e hicieron colapsar parte de su extensión para confundir a los otros dos bandos en la guerra. Imagino que lo habrán usado para moverse en secreto, resguardarse si estaban heridos o acopiar armas, provisiones, medicinas y eso. Leí mucho sobre la Guerra de los Veintiocho, y muy pocas hadas tuvieron conocimiento de ese túnel, así que para los ilios tuvo que ser una ventaja – el padre de Cristal e Isabel era un notable estudioso de ese período, al que conocía prácticamente con todos los detalles. El tema lo había fascinado toda la vida –. Mücqeu tuvo que desconocer ese dato y sobrevoló una zona donde estaban ocultándose los ilios. No fue su culpa.
Al final, aquello había servido para delatar la presencia de los ilios mucho más allá de los límites del noroeste de Insulandia. Más aun, en los otros dos bandos descubrieron que los había en todas las regiones del reino.
_Si me hubieran escuchado… – se volvió a lamentar Iris, buscando como abordar el tema del contenido del recipiente descubierto y recuperado por Kevin –. Si tuviéramos hoy alguna manera de demostrar que existen ilios, pocos o muchos, que hacen con menor o mayor frecuencia todo aquello contra lo que pregonan y todo lo que desprecian, como la magia, sería un golpe tan grande que esos seres no podrían recuperarse. Es cierto que las hadas somos muy superiores en número, y además muy poderosas, pero todo lo que logramos con eso es mantenerlos a raya. No es por cobardía o cualquier cosa que se parezca a eso que no los atacamos, sino porque una guerra tendría toda clase de implicancias negativas.
Fue en ese momento que Eduardo reparó en aquello que el directivo del museo dijera ayer por la mañana, tras la lectura de su reporte. Lo único que les provocaría el suficiente miedo como para tenerlos a raya de por vida sería ver a Iris con su antiguo cuerpo y sus poderes. Saber que ella estaba allí.
_¿Y lo de la solución a la técnica fallida? – llamó, tomando el recipiente en sus manos (no era pesado) para observar el grabado, y dejándolo sobre la mesa de nuevo –. ¿Acaso los quince años que invirtió Múcqeu quedaron así sin más, perdidos en el tiempo por más de cinco milenios?.
_Tal cual – afirmó Iris –. Ella y yo fuimos las únicas hadas que tuvimos el conocimiento de ese trabajo. Mücqeu murió y yo lo olvidé inexplicablemente, así que podemos tener toda la certeza de que tanto la existencia del recipiente de acero mágico como la de su contenido fueron desconocidos hasta que yo recuperé el recuerdo a principios del mes de Marzo.
Ahora tenían el precioso objeto con su contenido a centímetros de sus manos.
_No tenemos idea de como abrirla – reconoció Wilson, mirando la cara con una cuota de desconcierto –. No veo bisagras, cerraduras ni nada que se le parezca. Y el acero mágico es fenomenalmente fuerte, de manera que dudo que los golpes físicos vayan a tener algún efecto. Eso es, en si, un misterio.
_A simple vista, n es más que un cubo donde lo único que destaca son los grabados y su valor histórico y arqueológico – hizo notar Iulí, con la misma expresión que su marido –. Un cubo con el interior hueco en el que oímos como rebota algo. Eso nos hace suponer que su contenido sigue allí… ojalá intacto.
_Déjenlo allí mismo. Creo que es mi momento., pidió Kevin a Eduardo y las almas solitarias.

Sabía lo que tenía que hacer y cómo.

Aunque en lo personal lo hubiera hecho muy pocas veces, menos de una decena desde que ingresara como aprendiz, conocía los secretos y métodos para manipular de forma correcta el acero mágico, adquiridos ambos de parte de los grandes expertos que trabajaban en el MC-A.  Allí habían empezado a fabricar artículos con el acero mágico a inicios del siglo pasado, cuando en la COMDE – Compañía Mixta de Desarrollos Especiales – decidieran ponerle punto final al monopolio del uso de tan raro y precioso material. A fuerza de tiempo, presupuesto y voluntad, el personal del Mercado Central de las Artesanías aprendió a moldear y producir tanto acero mágico como quisiera o necesitara, y a darle los mismos usos e idénticas aplicaciones que cualquiera de los otros materiales con que trabajaban allí. Kevin, a lo largo de todas sus etapas en ese lugar, desde su primer día como aprendiz hasta el último como director, había conseguido dominar a la perfección la teoría sobre el acero mágico (su fabricación y moldeado), y le alcanzaba con eso para hacerse la idea de lo que ahora tenía frente a su persona. “Adelante”, lo alentó el destinatario original del recipiente, tan atenta Iris como sus congéneres y Eduardo. El compañero sentimental y prometido de Cristal desvió una gran cantidad de su energía vital a sus manos, que adquirieron una intensa tonalidad rojo sangre, tan intensa que empezó a irradiar calor, y asió la caja por los extremos. Empezó a aplicar cierta fuerza constrictora sobre el objeto, aplicando aun más fuerza y con ello haciendo que ambas manos le quedaran al rojo vivo. La temperatura había subido tanto como para provocar una leve mancha oscura (una quemadura) en la mesa, a lo que el arqueólogo, instintivamente, retiró las manos y los brazos. Kevin explicó, en tanto se ocupaba de ejercer esa presión sobre la caja, que para moldear el acero mágico era necesario aplicarle una temperatura determinada, siempre superior a los mil grados. “En cualquier momento”, les anunció a los cuatro con quienes compartía la mesa, en tanto empezaba a emanar vapor de sus manos, y los extremos que presionaba.  Según sus palabras, el recipiente tendría que partirse en dos al superar ese piso de mil grados, y entonces el contenido quedaría a la vista y al alcance. No bien eso ocurriera, la presión sobre el recipiente y la suba en la temperatura cesarían súbitamente, lo mismo que el enrojecimiento en las manos de Kevin. Este aun no salía de su asombro, por lo bien que lo estaba haciendo para ser una de esas poquísimas veces en que pasaba de la teoría a la práctica y no se limitaba a demostraciones de importancia menor.
Finalmente, Kevin tuvo éxito. Al cabo de exactos sesenta segundos (había un reloj pendiendo de la pared, que ahora estaba anunciando las catorce horas con treinta minutos), pasó lo que dijo que pasaría. El recipiente se partió en dos, ambas mitades y las manos del artesano-escultor dejaron de estar al rojo vivo y se detuvo la emanación de calor desde los puntos de contacto. En efecto, era un recipiente hueco de no más de un centímetro de grosos en todas sus caras, tan bien trabajado allí como en el exterior. No salió otro objeto que un rollo de papel muy antiguo, pero en excelente estado  al haber permanecido a salvo de todo, de dimensiones no mayores a las de un puro, asegurado el rollito de papel con una cinta de color celeste. “Vamos, Kevin” – continuaba animándolo Iris –, “sigue siendo tu momento”. El artesano-escultor desanudó la cinta y desenrolló el papel, dejándolo expuesto sobre la mesa a todos los presentes. Era un pergamino de catorce y medio centímetros de ancho por cincuenta y nueve de alto, liso y sin imperfecciones, más allá de pequeñas marcas producto de tantos milenios de haber estado hecho un rollo. En el estaban los pasos a seguir, consignados en el idioma antiguo de las hadas y con una letra minúscula, para revertir el hechizo fallido que conducía al surgimiento de las almas solitarias. De un vistazo advirtió el quinteto de lectores que no se trataba de un asunto que revistiera complejidad, al menos no una grande, ya que los elementos e insumos requeridos eran lo que se dice corrientes, excepto uno de todos, y podían ser encontrados con suma facilidad, y los pasos a seguir eran simples y concisos.
_¿Una piedra ocular? – reaccionó Eduardo con curiosidad, leyendo una parte del papiro –, ¿y qué es eso de la “Casa de la Magia?.
Aquella piedra era el elemento inusual, y con solo leer el párrafo completo advirtió que harían falta tres una para cada alma solitaria.
_Es una piedra de color negro, de un tono muy oscuro, con un punto diminuto blanco en el centro, que asemeja bastante a un ojo, de ahí su nombre. Se cree que las primeras surgieron hace alrededor de cuarenta mil años como consecuencia de una acción conjunta entre las reacciones naturales del planeta, es decir las fuerzas de la naturaleza, y las primeras demostraciones grandes y complejas de la magia, y solo se pueden encontrar en aquel lugar, la “Casa de la Magia” o “Casa Mágica” – informó Wilson, preocupado por eso. Y eso que había sido y continuaba siendo valiente –. Es una isla de cinco kilómetros de frente por cuatro de fondo enclavada en aguas internacionales, a ciento uno punto doscientos ochenta y tres largos del límite de la Ciudad Del Sol, en dirección al este – e hizo pública su preocupación – .De todo lo que figura en este papiro es sin dudas lo más difícil.
_¿Por qué?., quiso saber Eduardo.
_porque es muy difícil llegar a ella y después marcharse – le contestó su futura suegra, tan preocupada como Wilson e Iris –, sobre todo desde la Guerra de los Veintiocho.

En los tiempos de la religión de las hadas se decía que la Casa de la Magia, o Casa Mágica, era la eterna morada en el mundo terrenal de Vica, la máxima figura de dicha religión – la creadora de todo y de todas las cosas vivas –, que allí alardes e invenciones hacía sacándole provecho a sus infinitas cualidades. Esa isla que estaba “protegida” por océanos y vientos muy feroces y era la cuna de nacimiento de todas las habilidades extraordinarias que poseían los seres feéricos, incluidas la magia y la maravillosa capacidad de volar. Aun después de la extinción religiosa continuó siendo un lugar importantísimo para la sociedad y la cultura feérica, porque allí se continuaron desarrollando y perfeccionando cada una de las artes mágicas que alguna vez existieron. Esas prácticas contribuyeron a la idea de que la isla tenía que ser un lugar con toda la protección y seguridad, algo que quedara demostrado principalmente con el advenimiento de la Guerra de los Veintiocho, cuando desde el Movimiento Elemental Unido intentaran apoderarse del lugar. Hoy, como ayer, la Casa de la magia tenía como su defensa externa esos vientos capaces de alcanzar los doscientos kilómetros por hora e incluso superarlos y el agua tan violenta que hasta podía barrer sin esfuerzos a las embarcaciones más grandes, y el interior estaba fuertemente protegido por varias trampas naturales, algunas producto de la evolución geológica y otras por los cambios en el clima, y al menos una treintena de hechizos de seguridad que cubrían la isla centímetro a centímetro. Las piedras oculares, cualquiera haya sido su origen, estaban en cinco locaciones diferentes allí, y había que saber como hallarlas. Uno de los hechizos que protegían la casa de la Magia hacía que cualquier hada que hubiera conseguido tomar una piedra ocular o más olvidara donde exactamente las había encontrado – el por qué, sin embargo, no se olvidaba –, diseñado para impedir el mal uso y el abuso de dicho elemento. “Empresa difícil”, coincidieron Eduardo y Kevin.

_Aun si ustedes dos viajan a la velocidad máxima que sean capaces de alcanzar, o que son, les va a demandar alrededor de cuarenta y ocho horas llegar a la isla – dijo Iris cuando, a pocos minutos de llegar las diecisiete en punto, hubieron de terminar la cuidadosa lectura del papiro y de ella hecho varios repasos, para quedar completamente seguros de que no quedaba ni un solo cabo ni detalle suelto –. Eso es malo, porque para dentro de ese lapso está prevista la llegada de vientos más potentes que los usuales a toda esa zona, y para peor la Casa de la Magia se halla bastante cerca del epicentro.
Otro problema respecto de las piedras oculares.
¿De qué manera se puede llegar al, permanecer en y salir del único lugar en el planeta en que era posible hallarlas, todo en menos de dos días?.
_Allí no hay puertas espaciales y aun quienes dominan la teletransportación tienen dificultades en alcanzar la casa de la Magia, porque algunos de los hechizos de seguridad repelen a cualquiera de las formas que existen de la magia – informó Wilson, pensando en lo protegido que estaba dicho lugar – Se puede usar la teletransportación, de acuerdo, pero lo más cerca que se puede llegar es a diez kilómetros de la costa –. Y ustedes no saben usar esa técnica.
_¿Y cómo se supone que vamos a llegar?, si no es posible hacerlo en menos de dos días viajando por aire, no hay una puerta espacial en la isla y ni el ni yo podemos teletransportarnos?., planteó Eduardo, que a la legua se notaba como su mente trabajaba en ese problema.
De todas, parecía que la mejor opción era ir hasta allí volando, y arriesgarse a esos vientos fuertes que se avecinaban. Casi sin desearlo, Eduardo detectó otro problema. ¿Cómo evitar que las atractivas hermanas sospecharan algo, se preocuparan ante la ausencia de cuatro días como mínimo – dos en el viaje de ida y dos en el de vuelta – y, más aun, que quisieran ir con ellos?. Se suponía que Isabel y Cristal no tenían que enterarse de esto, para evitar cualquier alarma, preocupación y temor. Si no tenían éxito en la obtención de tres piedras oculares, Iris, Wilson e Iulí seguirían siendo almas solitarias; y Kevin y Eduardo quedarían expuestos a un peligro muy grande al que casi nadie quería estar. Peor, los dos hombres pondrían sus vidas en juego, razón demás para que sus novias dijeran que no a la que no dudarían en calificar como una locura total. Había mucho en juego, y desde la óptica de las chicas sería mejor que todo quedara como hasta ahora.
_Déjenme eso a mi – quiso Iulí –. Conozco a alguien que los va a poder ayudar con eso. Es a la única persona a la que Wilson, iris y yo le hablamos de esto, de la mima manera que lo hicimos con ustedes. Está igual de preocupada esa persona que ambos – miró a los prometidos de sus hijas –, pero accedió a ayudarnos; porque le gustaría lo mismo que a ustedes y nuestras hijas… y cualquiera, mejor dicho. Vernos… “enteros”, si se quiere.
_¿Quién?., preguntó Kevin.
_Es una sorpresa – contestó su futura suegra –. De hecho, podríamos hablar ahora con esa persona. Si escuché bien, iba a venir hoy al banco Real a la tarde, pasadas las diecisiete treinta. Ustedes dos ya tendrían que volver a la Ciudad Del Sol,  y ver que las chicas no se preocupen por su ausencia tan prolongada.
_Y recuerden no decirles una sola palabra – puntualizó Wilson, en tanto dejaban sus sillas y enfilaban hacia el corredor –. Si Isabel o Cristal les preguntan que estuvieron haciendo, inventen algo. Lo que sea.
_Y traten de estar acá mañana temprano, no después delas nueve. El mejor momento para llegar a la Casa de la Magia es antes del mediodía, es cuando las aguas y los vientos azotan con menos violencia., avisó iris.
_Hecho., accedió Kevin.
_Está bien., convino Eduardo.
Ambos hombres y el trío de almas solitarias continuaron juntos el camino hasta la superficie, a la entrada principal de la pirámide enorme, donde aún se observaba un nutrido movimiento, tanto de usuarios y clientes como de personal y eventuales visitantes. Iris, Iulí y Wilson se quedaron viendo como los hombres se perdieron en la distancia, entre las frondosísimas copas del bosque cercano.

El viaje hasta la Ciudad Del Sol duró menos de cinco minutos, y al estar ya los dos sobrevolando Barraca Sola divisaron a las hermanas descansando y asoleándose sobre un banquito den esa plaza repleta de arbustos florales cercana a la calle La Fragua, inaugurada el día anterior. Las chicas se pusieron de pie cuando sus novios estuvieron ya con los pies en el suelo, y fue la mayor de las hermanas la que rompió el hielo, al preguntar que habían estado haciendo todo el tiempo desde el mediodía con las almas solitarias. El arqueólogo y el artesano-escultor se habían puesto de acuerdo, durante el vuelo, para decir que la reunión había tenido como eje principal la relación entre ellos y las hijas de Wilson e Iulí. Una relación que atravesaba tan buen momento como siempre, como desde su surgimiento. Así eran las cosas, de hecho. En ambas parejas no había ocurrido ninguna pelea, discusión ni altercado desde que se establecieran como tales, y la felicidad y la armonía eran constantes, tanto así que habían pensado con firmeza la idea de empezar con los planes para llevar de la teoría a la práctica los casamientos antes de que al año terminara, aun cuando los cuatro habrían de estar tapados de trabajo en los siete meses restantes antes de diez mil doscientos cuatro. Eduardo y Kevin cumplieron una vez más la palabra que de darle hubieron a sus futuros suegros e Iris, de no decir una palabra sobre lo que en verdad estuvieron haciendo y hablando con las almas solitarias, y las atractivas hermanas no sospecharon anda. Isabel y Cristal estaban tan risueñas como siempre, con las mejillas enrojecidas y amplias sonrisas. Reaccionaban así cada vez que sus compañeros de amores hablaban de esa forma tan cordial y delicada sobre ellas y comentaban acerca del fuerte lazo que los unía – un amor de verdad desinteresado –, ambos arqueólogos expertos en arqueología submarina por un lado, el artesano-escultor y la médica por otro y a los cuatro como amigos y familia por otro más. Así fueron las cosas desde el primer momento, así eran y así serían hasta que a cada uno le llegara la hora. “Y aun después de eso”, pensaron en simultáneo, en tanto se despedían, luego del rato que pasaron juntos en la plaza y tras ir juntos a La Fragua. Un fuerte lazo que, se convencieron los hombres, aumentaría en intensidad a partir del día de mañana, cuando ellos desafiarían los numerosos peligros en la Casa de la Magia para restaurar la integridad física de Wilson, Iulí e Iris. “Lo vamos a lograr”, sentenciaron.



FIN




--- CLAUDIO ---

No hay comentarios:

Publicar un comentario