El megalodón estaba entre los cinco o seis
depredadores más aterradores, feroces y grandes de todos los tiempos a nivel
planetario, y ninguna forma orgánica que viviera bajo el agua, sobre todo en
los grandes océanos y mares, podía considerarse segura y a salvo si para este
animal enorme llegaba la hora de comer, algo que pasaba no menos de siete veces
al día, ni siquiera los seres sirénidos. Su fuerza y resistencia eran tales
que, si la colisión se daba, podía dañar e incluso perforar el casco de los
enormes buques transoceánicos. No eran pocas las personas ni pocos los textos
que lo ubicaban en el primer puesto de aquella lista de superpredadores. En el
agua, era la especie animal dominante y ningún otro depredador, ni siquiera los
cocodrilos gigantes u otras especies de tiburones, podía hacerle sombra. Pero los megalodones de este mundo, cuya
existencia se remontaba a los inicios de la actual era geológica, puede que aun
antes de ese inicio, eran diferentes a los que figuraban en el registro fósil
terrestre. Para empezar, aquí no estaban extintos. En este planeta, estos
gigantescos peces cartilaginosos, en su adultez plena, podían alcanzar los
treinta y un metros de largo, superando por cuatro al tiburón blanco – harían
falta cuatro de estos en fila para igualar esa extraordinaria longitud –, seis
punto cuatro de alto, desde el vientre hasta la punta de la aleta, y un peso de
sesenta y una toneladas. Dimensiones así y ese tonelaje hacían que esta
formidable bestia, a la que se tenía como un monstruo malvado en todos los
tiempos del “Período de Organización”, requiriera de grandes cantidades de
alimento a diario, alrededor de mil ciento treinta y siete kilogramos (los
estudios habían determinado una dieta de mil ciento treinta y seis punto
noventa y dos), de lo que sea que hubiese en “sus dominios”. Para ello contaba
con un arsenal de doscientos ochenta y ocho dientes de diecisiete punto dos
centímetros de largo dispuestos en media docena de filas: tres en el maxilar
superior y tres en el inferior, con veinticinco y veintitrés dientes en cada
una, en ese orden. Tan grande era que únicamente sus mandíbulas tenían un metro
con ochenta centímetros de ancho, lo suficiente para tragar de un solo bocado a
una sirena o a un tritón, o para ingerir alrededor del ochenta por ciento de un
tiburón blanco. No eran muy precisos los datos e información sobre este gigante
depredador, fuera de sus dimensiones, peso, dieta y alguno que otro dato menor,
y no porque no hubiera voluntad ni ganas de hacer esas investigaciones, sino
porque cualquiera que se acercara a uno de estos animales, o a varios (a veces,
los megalodones andaban en grupos de hasta ocho componentes), corría serios
riesgos. Las hadas y los seres sirénidos trabajaban en conjunto para estudiar a
los depredadores marinos gigantes (tiburones, cocodrilos, calamares…), y los
avances logrados en ese campo eran, aunque alentadores, insuficientes.
En el planeta de los seres feéricos y
elementales no habían ocurrido en ninguna de las eras geológicas una extinción
masiva o más por ninguna causa, por lo que la evolución y adaptación habían
sido constantes y seguido su camino desde el primer momento de la existencia de
los vegetales, fungis y animales (y elementales), volviéndose más sofisticadas
y preparadas para la supervivencia. En el caso de los megalodones, de los que
actualmente había, se creía, siete mil quinientos ejemplares en todo el mundo,
adaptados a casi todos los climas, excepto los fríos polares, extremos, la
evolución los llevó de ser simples animales
que se alimentaban de plancton y peces verdaderamente pequeños a
superpredadores, los más temibles en el agua, y posiblemente del mundo como un
todo, en el curso de cuatro mil millones y quinto de años, toda o casi toda la
historia geológica del planeta, capaces de alcanzar grandes velocidades que,
con las condiciones apropiadas y aun con las sesenta y una toneladas, podían
trepar hasta los ciento diez kilómetros por hora. Arriesgando sus vidas en cada
intento, feéricos y sirénidos habían desarrollado a lo largo del tiempo lo
mejor que pudieron las investigaciones sobre este animal feroz, pero seguían
sin ser suficientes. Los datos más recientes, por ejemplo, sugerían que los
megalodones habían sufrido una merma en la tasa de natalidad del quince por
ciento en los últimos cuatro a cuatro punto cinco siglos, quizás a causa de
cambios geológicos, climáticos y la competencia con otros depredadores
acuáticos (seres sirénidos incluidos) por el territorio, por la comida o por
ambos. En ese mismo período de tiempo, además, había estado reduciéndose la
cantidad de huevos en cada puesta, pasando de ocho o nueve, según la zona del
globo, a no más de siete.
Así y todo, sería el animal más feroz hasta
su extinción total.
Siendo la más mortífera fuerza en el agua,
tan solo las sirenas y los tritones tenían alguna oportunidad contra ellos,
aunque harían falta al menos siete u ocho seres sirénidos adultos y experimentados
contra un megalodón, y solo contra uno. Armados con lanzas de entre una y
cuatro puntas, efectuaban movimientos más o menos elaborados para (intentar)
ahuyentarlos, y si eso no diera resultados, lo que pasaba en el ochenta por
ciento de los casos, los sirénidos atacaban, arrojándoles esas armas a gran
velocidad e invirtiendo los roles – las presas pasaban a ser depredadores –, o
dejando que el megalodón, herido o muerto, quedara vulnerable y a merced de sus congéneres u otros animales
acuáticos. El problema para las sirenas y los tritones, también para los demás
depredadores en el agua, incluidos otros tiburones y los cocodrilos gigantes,
era que las escamas del megalodón eran en extremo resistentes al daño, y eso
hacía que tuviera muy pocas posibilidades de resultar herido, leve o
gravemente, cuando se veían atrapados en alguna situación de peligro. Esas
escamas eran otra de las formidables armas y, como lo sostuvieron ayer y
sostenían hoy los biólogos marinos, “El único animal acuático que tiene
oportunidades contra un megalodón es otro megalodón”.
También representaban un problema a tener en
cuenta cuando uno de ellos quedaba varado como consecuencia de las crecidas en
el nivel del agua o repentinas olas grandes que avanzaran tierra adentro. Con
sus más de sesenta mil kilogramos de peso y su fabulosa capacidad para
sobrevivir fuera del mar o del océano por hasta noventa y seis horas, además de
poder dar dentelladas mortales en la superficie terrestre, la tarea de
devolverlo a su hábitat natural era más bien compleja y muy peligrosa. Aun
descartando su enorme y aterradora mandíbula con doscientos ochenta y ocho
dientes, el megalodón podía fácilmente destrozar todos los huesos y órganos a
coletazos o con golpes de su cuerpo a
cualquier individuo que no se hallara a una distancia prudencial. Esos golpes
literalmente mortales con la cola de alrededor de nueve metros y quinto o el
cuerpo eran una forma adicional de defensa y ataque, y de verdad que
representaban un serio peligro para las hadas y seres sirénidos, desde que
decidieran hacer esos estudios a fondo sobre este poderoso animal. Y también lo
eran cuando había que devolverlos al agua, o de eso hacer el intento. La
última, quizás una de las peores jamás ocurrida, había tenido lugar en una playa
subtropical en el continente Alba del Este, al que los megalodones hembra
llegaban cada año para desovar. Siete personas habían muerto a causa de
incontables heridas y huesos vueltos fragmentos, mientras trataban de devolver
una hembra adulta, de nos veintiocho metros de longitud y veintinueve toneladas
de peso, al agua. Un solo coletazo había catapultado a cuatro de los expertos a
varios metros de distancia – uno, además, tuvo la desgracia de fracturarse el
cráneo y el cuello contra una roca – a todos destrozándole la mayoría de los
órganos y el esqueleto con esa sola acción, en tanto los otros tres morían
aplastados casi al instante, cuando la formidable cola volvía a posarse sobre
la arena.
_¿Y dicen que estos animales además
desarrollaron un comportamiento social complejo?.
Eduardo estaba decididamente desconcertado.
Esperando a que Isabel al fin hubiese terminado su equipaje, pasaba el tiempo
leyendo un libro titulado “Grandes depredadores marinos”, que había pedido
prestado en la Biblioteca Real, y descubierto que el megalodón encabezaba todas
las listas. Era el más grande, el más rápido, el más resistente y el más
aterrador. Varias ilustraciones e infografías acompañaban los extensos textos.
_Si, así es. Fue una sospecha hasta hará cosa
de una década – contestó el hada de la belleza, desde dentro de la habitación
–. No nos dimos cuenta de lo que significaba hasta que un tritón nos contó como
había oído a un megalodón joven haciendo
vocalizaciones. Si, eso dije, vocalizaciones. Lo estaban persiguiendo dos
tiburones blancos.
_¿Estaba pidiendo ayuda?., preguntó Eduardo,
conservando el tono sorpresa.
_Si, y la consiguió. Apareció todo un grupo
compuesto enteramente por adultos y acabaron con los tiburones blancos en un
parpadeo, según el relato del tritón. Los despedazaron y convirtieron en su
menú.
Fue en ese momento – continuaba hablando
Isabel, en lo que demoraba en arreglarse – que las hadas decidieron encarar un
nuevo estudio, para determinar hasta que punto había llegado la evolución
social del más temible de los depredadores. Con un gran esfuerzo, mucho tiempo
y los hombres más valientes, que hicieron el seguimiento, los seres feéricos y
sirénidos descubrieron que esos megalodones que andaban en grupos de ocho
componentes podrían formar una familia, o algo muy parecido a una, en que los
mayores iban a la cabeza, protegiendo a la generación más joven (de siete
animales, solo cuatro llegaban a adultos plenos) de cualquier amenaza. La sola
presencia de las enormes bestias bastaba para intimidar y asustar. En un
trabajo que se había desarrollado durante meses, los investigadores quedaron
asombrados como pocas veces antes, al haber podido diferenciar seis
vocalizaciones emitidas por estos superpredadores, por los jóvenes y adultos, y
como los receptores acataban a los emisores. Dedujeron que se trataba de
vocalizaciones para pedir ayuda, los machos adultos haciendo las llamadas de
apareamiento, coordinaciones para atacar a presas de su mismo tamaño o similar,
peleas entre el animal que reclamaba el liderazgo del grupo y el macho alfa,
señales que advertían de la cercanía de un peligro y una curiosa vocalización
que significaba que había que marcharse. Aun siendo el depredador más temible y
poderoso, el megalodón no era invulnerable.
_No caímos al instante en la cuenta de lo que
todo eso significaba, y nos llevó bastante asimilarlo – agregó Isabel, ya lista
y preparándose para dejar el dormitorio –. Hoy estamos reconociendo que ese
comportamiento social complejo y las vocalizaciones bien pueden ubicar a los
tiburones gigantes en la selecta lista de “animales inteligentes y socialmente
avanzados”.
_Fascinante., opinó (se emocionó) Eduardo, al
tiempo que asía la bicicleta con la mano izquierda, usaba la diestra para abrir
la puerta que daba a la calle, pues los dos ya estaban listos.
Era el último día del mes de Mayo - Tnirta número once, en el calendario
antiguo de las hadas –, un viernes a las dieciocho horas con cincuenta minutos,
y la pareja estaba empezando estas mini vacaciones que iban a extenderse
durante el fin de semana. Se irían de campamento a aquel bosque que Eduardo
divisara al poner los pies en la arena. Sería tal cual este divertimento como
lo hacían todos los seres feéricos, una de sus costumbres más antiguas.
Dormirían en una carpa y al amparo de los frondosos árboles, se procurarían el
alimento con cualquier comestible que a su paso encontraran (frutas en los
árboles, tallos tiernos, raíces, néctar…) y usarían el arroyo que había allí
cuando requirieran de agua. El curso era tan puro (purísimo) que la podrían
usar para lo que quisieran.
Concluía un mes muy complicado en el reino de
Insulandia, y muy complicado por donde se lo mirara. Aunque las
reconstrucciones y restauraciones continuaban durante todo el día y la noche,
no marchaban todo lo rápido que los seres feéricos esperaban. Aunque había voluntad,
y de sobra, no alcanzaba únicamente con eso. El personal abocado a las tareas
era apenas suficiente, aun con los tres cuartos de millón de hadas que
arribaban cada día desde fuera de Centralia, estas habiéndose ofrecido como
voluntarias, y unos pocos recursos, que bueno que no los que más necesitaban,
estaban, sino justos, escaseando. Uno de los pocos aspectos alentadores y
positivos que podían detectarse, cuando no el único, y era algo que alegraba
sobre manera al común de los feéricos y elementales, era que parecían haber
dejado de florecer las piras ardientes aquí y allá en el reino de Insulandia y
otras partes del continente centrálico, esas que eran consecuencia de las miles
de hadas que no habían corrido con suerte durante la Gran Catástrofe (había,
sin embargo, cuatro mil setecientas cincuenta que estaban desaparecidas, y
desde el Estado insular se destinaban grandes recursos para su búsqueda).
Aunque todo el mundo trataba de aparentar normalidad y serenidad, se notaba a
la legua que por mucho tiempo tendrían que vivir y convivir con estos tristes
recuerdos en todos los aspectos de su vida.
Desde el estado y el sector privado continuaban trabajando como nunca
para revertir esa situación y el Consejo Real, por nombrar uno de los casos alarmantes,
estaba sobre exigido, tanto como lo hubo de estar un siglo atrás. Era algo que
se daba en todas las oficinas, el de tener ahora una atención las veinticuatro
horas y en ellas, como en las demás reparticiones públicas.
A mediados del mes, Eduardo había empezado a
trabajar en el Museo Real de Arqueología, dependiente este del Consejo de
Arqueología y Genealogía, y aunque a lo largo de esta quincena no había hecho
más que interiorizarse acerca de como era el trabajo en ese museo y las labores
de los arqueólogos en este mundo, las grandes tareas empezarían el tres de
Junio (Tnirta número catorce): era algo vinculado con la arqueología submarina
y no dudó un instante en contestar afirmativamente a la propuesta del director
sobre ocuparse de este asunto. Estaría ocupado inventariando los materiales
recientemente recuperados de una exploración cuatro mil cuatrocientos cuarenta
kilómetros al sur-sureste de la Ciudad Del Sol, lo que además le sería útil
para conocer una parte de e interiorizarse acerca de una parte en particular
del pasado de Insulandia. No era para Eduardo (ni para nadie) algo del otro
mundo, tan solo catalogar las piezas recuperadas. Y era mucho lo que había por
hacer, lo que indicó que esta tarea recién podría estar concluida a finales del
mes. A Eduardo le habían ofrecido la posibilidad de formar un grupo que lo
acompañara y diera una mano en el trabajo, y no dudó en proponer aquellos tres
nombres que de inmediato aceptaron. Todos allí harían lo mismo que Eduardo, que
los observaría y guiaría (eventualmente, corregiría) a lo lardo del mes, aunque
cada uno haría aquello por lo que destacaba, laboralmente hablando. Allí
estaría Isabel, cuyos conocimientos arqueológicos, tan desarrollados como los
de su novio, serían la mejor ayuda, además de portar sus conocimientos sobre
las disciplinas de la arqueología local; y Kevin y Cristal, que a lo largo de
los últimos días habían estado llevando a cabo este cambio en materia de
trabajo – al final, habían descartado la idea de mudarse a ese caserío de nombre
El Rojo –. La hija menor de Wilson e Iulí estaría a cargo del campamento
médico, siendo de ese grupo de cuatro la experta en temas médicos, y Kevin
tendría la responsabilidad, gracias a su destacada fuerza física, de remover
los escombros y pesadas rocas que podrían resultar luego de las excavaciones
complementarias, que podrían darse, y levantar las piezas más grandes, siempre
con sumo cuidado. Cerca de ese yacimiento en la costa, al que los cuatro ya
habían visitado en un par de oportunidades, había un caserío, de modo que en
este se podrían abastecer de alimentos, suministros médicos, por si ambos se
llegaran a terminar, y cualquier cosa
que les hiciera falta. También vivirían allí, en una hostería, durante el
tiempo que dudara su trabajo, porque este, por muy poco realmente, no era un
esfuerzo de veinticuatro horas.
_Cuando quieras., avisó finalmente el hada de
aura lila, apareciendo en la sala, con todos los modales de una dama, y
cerrando la puerta del dormitorio.
Allí estaba ella, tan atractiva como de
costumbre, y con la expresión de felicidad de todos los días. “Algo liviano”,
había dicho en la cena de anoche, pensando en estas altas temperaturas que
dominarían sin rivales durante la semana, y hubo de cumplirse tal cual.
_Vamos., se alegró Eduardo, reafirmando eso
de que, cuando ambos empezaran su nuevo trabajo, no dispondrían de mucho tiempo
para distenderse.
La puerta se cerró tras su salida y fueron al
ambiente en el extremo lateral delantero de la propiedad, donde tomaron la
bicicleta. Arrancaron teniendo como destino inmediato la puerta espacial de
Barraca Sola, que reduciría a nada el tiempo del viaje.
Cinco Arroyos, como se llamaba aquel bosque
en la región sur del reino – por la media decena de cursos que serpenteaban
dentro de su inmensa superficie, de más de diez mil kilómetros cuadrados –,
continuaba siendo un lugar tan tranquilo como hermoso, reluciente y magnífico,
aun habiendo sido azotado de lleno por la Gran Catástrofe. Los relatos que
llegaba a diario a la capital de parte de las hadas y otros seres elementales
son hacían otra cosa que confirmar algo que ya se encontraba en la boca de
todos, que el enorme bosque estuvo ayer y estaba hoy rebosante de vida de los
reinos fungi, vegetal y animal, sobre todo el vegetal. En el momento en que
Eduardo e Isabel estuvieron en sus límites, allí donde lo bordeaba un camino
empedrado, no dudaron en sentirse extasiados y maravillados con la semejante
belleza que les aguardaba. “Que lo disfruten”, les deseó un empleado del
Consejo de Parques Reales (C-PR), después de que dejaran la oficina de aquel.
Como el bosque Cinco Arroyos era un área protegida, había ciertas formalidades
que cumplir antes de ingresar a él. En el caso de las personas que iban a estar
allí haciendo un campamento tenían que consignar en una planilla sus nombres,
números personales, lugar de residencia y el plazo por el que iban a permanecer
en el lugar, además de pagar doscientos soles per cápita por cada uno de esos
días. Todo lo recaudado se usaba luego en la conservación y el mantenimiento de
esa belleza natural enorme.
_De verdad que es hermoso., volvió a afirmar
la hermana de Cristal, alzando la vista después de desmontar, concentrándose en
los rayos solares que lograban traspasar esa gruesa capa verde que se extendía
sobre ambos.
_Y que lo digas., coincidió su novio,
sintiendo en los pies lo suave que era el suelo, detectando que debían haber en
el no menos de diez centímetros de césped, tal vez mezclado con otras especies
vegetales.
Lianas más extensas o menos, ramas y hojas de
todos los tamaños, plantas enredaderas y helechos que trepaban sobre cualquier
cosa que encontraran (troncos, mayoritariamente) o se arrastraban por el suelo
arbustos con y sin flores y no menos de una docena de tipos diferentes de
césped, con todas las tonalidades del color verde habidas y por haber,
tranquilamente podrían representar en conjunto, pensaron los campistas, el
ochenta por ciento de las formas de vida de Cinco Arroyos. De hecho, eran
tantas las especies que la vista se dificultaba más allá de cierta distancia,
porque ese verde parecía formar, y de hecho lo hacía, muros naturales, más
espesos en algunos lugares y menos en otros. “Por eso el empleado nos prestó
esto” – reconoció Eduardo, tocando suavemente ese cuchillo largo que a llevaba
ceñido a la cintura –, “para casos como este”. El bosque era tan denso que la
pareja probablemente se tuviera que abrir camino con este método un tanto rudo
hasta encontrar un lugar adecuado para acampar.
No solo las formas de vida del reino vegetal
eran las que abundaban. Varias decenas de aves, cuando no varias centenas, se
escuchaban allí, sobre o entre las ramas de todos los árboles o en el suelo,
hurgando el césped en busca de comida. Había también reptiles, como por ejemplo
esa serpiente más interesada en trepar por la rama que en alimentarse o
concentrar sus ojos en la pareja, mamíferos pequeños que se movían entre los
arbustillos y arbustos, e insectos, de los cuales algunos eran el “menú” de las
aves. Las vocalizaciones de los animales, el movimiento más o menos pausado de
las copas y el césped, los rayos solares de los últimos momentos de la tarde,
aquella melodía pausada proveniente de un lugar cercano al camino – era una
interpretación musical que los gnomos solían hacer al concluir sus actividades
del día. Y allí iban ellos, camino a su madriguera –, el clima realmente
agradable y el fluir del agua en un curso cercano convertían al bosque en un
lugar bucólico, prístino. Cualquiera se sentiría extasiado y maravillado
estando allí, sin que importaran el motivo de la visita y el momento del día.
Eduardo e Isabel no podían dejar de enfocar sus ojos en todas las direcciones,
porque todo en Cinco Arroyos valía la pena.
_Este es uno de los lugares más esplendorosos
de Bahía Rocosa de la Bella Vista. Diez mil noventa y tres kilómetros cuadrados
en los que todo vale la pena, aun lo más insignificante – insistió el hada de
aura lila, mirando embelesada un nido a baja altura, donde tres pichones
reclamaban el alimento (pequeños insectos) a sus padres –. Estuve decenas de
veces, por trabajo y por divertimento. Y cada vez que vuelvo lo sigo viendo muy
bonito, tranquilo y agradable. Es exactamente lo mismo que me pasa en relación
al parque La Bonita. Cualquiera que venga a este lugar siente lo mismo que yo.
_Voy a asumir que eso es cierto – pensó
Eduardo, repasando el entorno con la vista, convenciéndose de aquellas palabras
más y más a cada segundo que pasaba –. Es más, no se si estaré escuchando bien,
pero hay voces no muy distantes, y esa gente está acá por lo mismo que
nosotros… ¡uno menos! – su “aplauso solitario” en el aire había significado el
fin de la existencia de otro mosquito –. ¿Podés escuchar lo mismo?.
_Tal cual.
Desde aquel día de Abril en que de parte de
la reina insular recibiera el don del agua y todos sus poderes – “Fuiste
bendecido”, le decían los seres feéricos en todas partes. “Lo fui”, terminaba
por reconocer el, después que hacía las demostraciones – Eduardo descubrió que
sus sentidos se estaban volviendo, gradualmente, más agudos y refinados. Sus
reflejos, por ejemplo, se ponían a prueba cada vez que el entrenaba, para
refinar sus poderes. Isabel lanzaba al
aire varios objetos, de a uno o de a varios, a diversas alturas y con distinta
velocidad, y el arqueólogo los destruía lanzando pequeñas descargas de energía
(rayos que salían del extremo de los índices o de ambas palmas), su efectividad
en estos casi dos meses había pasado de poco menos del cinco por ciento, algo
comprensible y que se justificaba dada su completa falta de experiencia, a más
del cincuenta, y las hermanas de aura lila y Kevin, que solían turnarse para ser los
instructores, sostenían que, con ese ritmo, la efectividad podría llegar al
cien por ciento en dos o tres meses, no más que eso. La telequinesia era otro
de los sentidos en los que más de evidenciaba la mejoría. No era tanto por la
cantidad, sino más bien por la calidad. A comienzos de su nueva condición, el
novio de Isabel podía únicamente mover objetos que no superaran un determinado
peso y por distancias no mayores a los cuatro o cinco metros – habitualmente,
había practicado, los rimeros días, en la sala de su casa –, pero con el correr
del tiempo fue tal el avance que ese poco peso y distancia corta se
transformaron en recuerdos. Esta mañana, en el último ensayo, Eduardo había
podido mover un pesado tronco de un quinto de tonelada a siete metros del
suelo (su primer intento no fue mayor a
los veinte centímetros) entre un extremo y el otro de esa calle donde estaba su
casa, la Fragua. También la visión remota, el habla, la telepatía, el tacto, el
olfato y el gusto se habían duplicado en estos casi dos meses, los ojos se le
adaptaron para ver en la oscuridad por las noches, además de haberse vuelto más
agudos, y el oído era capaz de escuchar y diferenciar toda clase de ruidos,
sonidos y voces que se encontraran a una cierta distancia, la cual era la clave
para la nitidez.
_Mi sentido de la audición atraviesa su mejor
momento, Isabel – insistió Eduardo, ahora además del oído enfocando la vista
hacia ese punto en la distancia. Había personas allí –. Creo que son cuatro
personas, dos hombres y dos mujeres. Tal vez sea una familia, e imagino que
están en Cinco Arroyos por lo mismo que nosotros, por las cosas que escuché y
escucho. ¿Mi oído y otros sentidos pueden seguir creciendo en sofisticación, o
van a alcanzar un tope en algún momento?.
En la bifurcación unos metros más adelante,
tomaron el desvió que se internaba en lo profundo del bosque. De seguro allí
encontrarían uno de esos claros de los que Isabel había hablado; áreas más o
menos grandes despejadas de árboles y arbustos en las que el espacio libre era
el suficiente como para armar una carpa. Era en este instante, cuando el día le
estaba dejando su lugar a la noche, que la vista del arqueólogo era puesta a
prueba. De a poco, ese sentido, como los otros, estaría a la altura de
cualquiera de las hadas.
_No tenemos una forma para saber eso. No en
tu cao, sino en el de todos – aseguró Isabel, caminando a su izquierda –. Es
más, esa es otra de las cosas que vas a tener que descubrir por vos mismo.
Eduardo, yo pienso que esas capacidades sensoriales te asombran tanto porque no
eras esto que sos ahora, un ser feérico. Para mi o cualquiera otro esas
capacidades no son anda del otro mundo. En poco tiempo, como los dos dijimos ya
varias veces, va a ser algo corriente.
_Te tomo la palabra – aceptó Eduardo,
pensando que había un logro que sobrepasaba a la vista, el oído y los otros
sentidos –. ¿También pueden ser algo normal las proezas que puedo hacer con el
agua, por llamarlas de alguna manera?.
_En gran parte, no. Las hadas que pueden
hacer las cosas que hacés vos merecen que se las describa como privilegiadas,
Eduardo. Son pocas las hadas del agua, que yo sepa, cuyo don da para tanto.
La rapidez y facilidad con que el novio de
Isabel (el habitante feérico número mil doscientos doce millones cincuenta y
tres mil ochocientos noventa y nueve, tal cual figuraba en su Carta Personal,
según el error cometido hace casi un cuarto de siglo, por el cual se hubo de
omitir esa cifra), había aprendido a dominar y ejercer el control sobre su don
no dejaba de asombrar a nadie que hubiera leído o escuchado algo, lo que fuere,
acerca de esas hazañas.
De esas “proezas”.
Aun las hadas del agua más experimentadas y
poderosas requerían de mucha práctica y muchos ensayos antes de poder ejecutar
una o más de esas cosas. Aun a ellas les demandaba sacrificios enormes y
concentraciones prácticamente totales.
Pero lo que Eduardo había logrado en estos casi dos meses podía
compararse a lo que esas hadas poderosas y experimentadas ejecutaban después de
años y años. Su caso era llamativo, además, porque se trataba de un individuo
ajeno a la raza feérica que a mediados de Enero había llegado a este mundo, a
un planeta cuya existencia hubo de desconocer hasta ese momento. El hecho de
que un ser humano fuera bendecido con el don del agua al transformarse en un
hada más ya de por si era un hecho muy llamativo, tanto que unos muy pocos apostaban
que en el futuro el nombre de esta persona figuraría en los archivos históricos
insulares. Y si a eso había que añadirle que a este individuo masculino fuera
capaz de dominar y controlar el don del agua (uno de los principales y más
poderosos) en un tiempo fenomenalmente corto… Eduardo era debido a eso un
hombre popular y famoso. Por esos logros y por la valía que estuvo demostrando
a diario, especialmente aquella oscura jornada de la Gran Catástrofe. Aun con
esa valía, era ahora el don del agua lo que lo hacía destacar.
Eran realmente pocas las hadas del agua –
cuatro o cinco de entre sesenta o más, indicaban algunos cálculos – que podían
elevar en aire más de veinte mil litros de agua, a varios metros del suelo, de
un río, formar con ellos una esfera perfecta y a esta arrojarla contra una
vivienda en llamas en las afueras de la Ciudad Del Sol, con ello salvando la
vida al matrimonio que hubo de quedar atrapado, y volviéndose acreedor de una
merecida ovación por parte de los testigos. Tampoco eran muchos los seres
feéricos que podían hacer que el agua en un arroyo fluyera al revés (Eduardo lo
había conservado así por exactos cinco minutos, superando al promedio vigente,
que era de dos y tercio), que pudiera crear figuras con tanta complejidad con
el agua a esta llevándola a no menos de un metro en el aire o que pudiera
permanecer de pie sobre la superficie líquida, sin moverse o en movimiento.
Había, al mismo tiempo, cosas que no podía hacer, como dividir las aguas de
algún curso o espacio, pero el y los que lo conocían sabían que era cuestión de
tiempo para que ocurriera lo contrario.
_En ese aspecto superaste los pronósticos,
todo lo que la reina y el Consejo esperaron de vos cuando decidieron que lo
mejor para tu porvenir en este mundo era otorgarte el don del agua y todos los
poderes y habilidades – dijo Isabel, que nuevamente quiso aclarar –. Es el
tiempo lo que va a decidir en que va a beneficiarte todo eso, y a los demás.
Por lo pronto, ya tuvimos una muestra; cuando apagaste ese incendio trasladando
vía telequinesia alrededor de veinte mil litros de agua. Hay con eso otras dos
personas que te deben la vida. Y eso nos hace suponer que es solo el inicio,
hablo de lo que esperamos de vos a todos los plazos.
_¿Tendré algún futuro destinado a la gloria?
– llamó Eduardo, detectando al fin un lugar que podía ser el indicado, unos
doscientos metros por delante, siguiendo el camino –. Estoy perfectamente bien
así, no necesito otra cosa, y no es que no tenga más ambiciones, ni deseos de
tal o cual desarrollo. Quiero decir, si existiera algo allí adelante,
bienvenido sea, pero…
-… preferís no desearlo, supongo. De nuevo,
volvemos al factor tiempo – interrumpió su novia –. Pero también supongo que lo
mejor es dejar todo eso de tu futuro y lo que esperamos de vos para otro
momento. ¿Te acordás de eso que en su momento dije, creo que fui yo quien lo
hizo, que tanta información y tantos conocimientos de golpe podrían ser mucho
más que contraproducentes, que era mejor soltar todo eso de a poco, ara que lo
pudieras asimilar con normalidad?.
_Me acuerdo como si lo hubieran dicho ayer –
contestó Eduardo –. Y creo que estás en lo cierto. Todavía no se cumplió un
trimestre desde que recuperé el conocimiento. Y la cantidad de cosas sobre las
que estuve aprendiendo e interiorizándome fueron muchas… y tiempo es algo que
me va a sobrar… espero. Hay de todo y no tengo apuro. ¿En aquel lugar está
bien?.
Señaló ese punto no tan distante, un área
despejada de árboles y arbustos que tal vez tuviese una extensión de
veinticinco metros. Con eso les sería suficiente.
_Ese lugar es perfecto., se alegró Isabel, y
exclamando en silencio que pronto soltaría la pesada mochila que llevaba sobre
los hombros.
Un fin de semana acampando en un bello
escenario natural a casi dos largos y quinto – “largo” era una medida que las
hadas usaban para sintetizar una distancia de mil kilómetros – era para ella
una de las mejores alternativas para distenderse y descansar.
Al poner ambos los pies en ese espacio,
cubierto por un “techo” con una maraña de ramas, hojas y varios tonos de verde,
repitieron en voz alta el calificativo “perfecto”. Dejaron la bicicleta y sus
mochilas en el suelo y rápidamente se dispuso el experto en arqueología
submarina a desenvolver aquel paquete que parecía más bien un manojo mal armado
con diversos retazos de colores discretos. Eso era en realidad una creación de
la COMDE – Compañía Mixta de Desarrollos Especiales -, una tela desarrollada
por prima vez hacía una década, totalmente impermeable y muy resistente al
daño. Lo que la había hecho tan popular desde el primer momento, a parte del
bajo costo para el consumidor, de solo ciento treinta y cuatro soles, era que
se trataba de un material muy suave al tacto y liviano, y por lo tanto fácil de
transportar. Eso, su resistencia e impermeabilidad convertían a esa tela (cuyo
método de producción era un secreto bajo cuatro llaves) en un elemento
indispensable para cualquiera que por uno u otro motivo fuera a permanecer l
aire libre. En este caso, una pareja que por delante tenía cuarenta y ocho
horas d un merecido descanso. Eduardo extendió la tela sobre el césped, otra
vez confirmando que tenía veinte metros por veinte, y empleó la telequinesia
para hacerla elevarse lentamente, y el e Isabel l aseguraron a la superficie
con la decena de estacas metálicas (había huecos circulares en los extremos).
En poco más de dos minutos estuvo lista la carpa, una estructura firme de seis
metros de altura máxima y circunferencia de ocho, con forma cónica. Por dentro
y por fuera conservaba los colores discretos, y era lo bastante espaciosa como
para que los ocupantes `pudieran dormir con comodidad (no les molestaba en lo
absoluto la idea de dormir en el suelo y sin cubrirse siquiera con una sábana)
y moverse con libertad; ni siquiera les estorbaba el armazón metálico que daba
a la carpa su forma cónica.
Una vez adentro, a poco de haber llegado las
diecinueve horas en punto (del último día de Mayo), el par de campistas tomó
sus mochilas, abrieron los cierres y esparcieron el contenido en el suelo. Allí
había unas pocas prendas de ropa, un par adicional de calzado, algo de comida,
una cocina en miniatura que funcionaba con aceite, un recipiente lleno con
aquel elemento, dos pares de cubiertos (cuchillos, tenedores y cucharas), otro
de vasos y uno más de platos, un cuarteto de botellas que contenían jugo de
diferentes sabores (ananá, frutilla, ciruela y naranja) y unos pocos elementos
para procurarse entretenimientos y pasatiempos. Allí estaban, por ejemplo, las
fotografías familiares de Isabel y los juegos de ajedrez y damas de Eduardo,
sus favoritos. Tampoco fue mucho lo que demoraron en ordenar todos los objetos,
contra los bodes de la carpa, ni n asegurar la viga metálica en el punto
central de la estructura, de modo que conservara la forma cónica.
_Quedó perfecta., opinó el hombre,
contemplando la estructura por fuera.
La carpa, un orgullo de producción de la
COMDE, había quedado muy bien armada y firme con esas diez estacas, y cuando se
alejaron unos pocos pasos, hasta el límite del área despejada, descubrieron que
el lugar del emplazamiento no pudo ser mejor. A poca distancia, posiblemente a
unos cincuenta metros, estaba uno de los arroyos que daba su nombre al bosque,
de cinco metros de orilla a orilla y seis de profundidad. Cuando hicieron el
suficiente silencio, pudieron escuchar como fluía el agua y le daba suaves
golpes a las pequeñas rocas y el césped un tanto crecido en ambas márgenes.
Allí dispondrían de todo el líquido que quisieran, y para lo que quisieran. La
ubicación también era perfecta porque no muy lejos había al menos dos árboles
frutales, entremezclados con altas y frondosas coníferas, y una parra, que se
enroscaba (y sofocaba) sobre el grueso tronco de otro árbol.
_Por esto te dije que en Insulandia los
árboles frutales no son negocio para nadie, ni para el Estado ni para el sector
privado – le recordó Isabel a su compañero de amores, en tanto cortaban algunos
racimos y los ponían en un canasto. A ellos unos pocos animales se habían
acercado y se comían las uvas que iban cayendo al suelo – Crecen por donde se
mire en todos los rincones del reino, y aun unas pocas especies que no son
tropicales. Es el resultado del cuidado constante del suelo y el entorno
natural como un todo.
En ese aspecto – pensaba Isabel, en tanto
decidían dar un pequeño paseo por los alrededores, para hacer una de las tareas
más típicas del campamento: recolectar cualquier cosa que fuera comestible en
una canasta –, las hadas nunca habían tenido que preocuparse por ni lamentar
nada. Desde mucho antes del Período de Organización e incluso de la época del
surgimiento de las primeras comunidades organizadas, comprendieron que tendrían
que dar lo mejor para que el mundo en el que vivían no fuera a sufrir
alteraciones negativas ni declives, ya que de eso dependían la supervivencia y
el bienestar de las hadas y las otras especies que desde el primer momento
formaron el reino elemental. Desde el inicio fueron estableciéndose pautas para
el cuidado del medio ambiente y la naturaleza, que mejoraron y se
complementaron con otras medidas en todos los plazos, e incluso se hubo de
establecer la conciencia ecológicas como uno de los más fundamentales preceptos
de las hadas, lo que lo enmarcaba como una bandera irrenunciable – “Si, esos
nos sirven”, indicó Isabel su novio, en
referencia a los hongos (comestibles) que crecían junto a un tronco –. Por esa
razón, las hadas desconocían lo que eran problemas tales como el déficit
alimentario, la contaminación a gran escala en todos los ámbitos e incluso una
pobre calidad de vida. Unas destacando más que otras, decenas de medidas y
leyes apuntaron y apuntaban a evitar que esos problemas fueran una realidad, de
las cuales las más conocidas, las principales, fueron ayer y eran hoy /y serían
mañana, hasta que la raza feérica hubiese desaparecido) las que indicaban que
se debía transformar cualquier resto orgánico en el polvillo que más tarde se
usaba como fertilizante en el suelo, aquella que por cada árbol que fuera
talado debían plantarse no menos de uno – en algunos países, el piso era de
seis –, el que las fábricas u otras unidades productivas potencialmente
peligrosas, como las de productos químicos y pirotecnia, debían estar
emplazadas en lugares apartados; las plantas de tratamiento, clasificación y
destrucción de residuos, popularmente conocidas como “TCDs”, de las que a nivel
mundial había unas once mil trescientas setenta y cinco; el que las
embarcaciones que prestaban uno o más servicios no debían superar los treinta o
cuarenta años de vida útil, sin excepciones, según el servicio específico; y
que en los lugares de concurrencia masiva, como los mercados centrales y los
grandes estadios deportivos, tenían que ser particularmente estrictas las
medidas de higiene y las de prevención de la contaminación sonora. Esas medidas
y otras tantas que hubo ayer y había hoy convirtieron al medio ambiente en un
lujo que jamás se había vendo a menos, ni siquiera durante la Guerra de los
Veintiocho, y tan solo los grandes desastres naturales, como la Gran
catástrofe, podían representar algo por lo que las hadas se tuvieran que
preocupar.
_Miles de años, antes y después del Primer
Encuentro, de incesante trabajo y denodados esfuerzos, lograron que el suelo
sea así de productivo – sintetizó Isabel, ya en el viaje de vuelta a la carpa,
con la canasta repleta de raíces, hongos y alguna que otra fruta tropical – Eso
y la capacidad y el conocimiento de cualquiera de los expertos en disciplinas
como la botánica, la agronomía y la silvicultura. Además, hacemos trabajos
conjuntos con las otras especies elementales, que también obran por su cuenta.
_¿También los ilios?., quiso saber Eduardo,
deteniéndose en el acceso para cederle el paso a su novia.
_En algunas cosas si y en otras no, y ese
“no”, desafortunadamente, abarca la mayoría de los casos – contestó la hermana
de cristal, entrando a la carpa y dejando la canasta en un rincón – Por eso en
el Consejo EMARN y la Guardia Real dedican un especial atención a esos ciento
diecinueve mil quinientos cuarenta y dos kilómetros y medio cuadrados del
territorio insular, que es el veintidós por ciento de Iluria. Lo que hacen allí
los ilios insume alrededor de ciento treinta millones trimestrales de las arcas
del Estado. Muestran realmente muy poco reparo a la hora de cometer sus
tropelías, y ese es otro de los aspectos que hacen que las hadas y los demás
seres elementales no les tengamos demasiada simpatía ni demasiada confianza.
La bella hada de aura lila ya estaba
preparando un recipiente metálico no muy grande y volcando en el varias de las
raíces que habían recolectado. Eso, sumado a parte de los ingredientes que
trajo consigo, resultaría en la cena. La prepararía afuera, sobre una parrilla
diminuta (treinta por veinte centímetros) alimentada con hojas secas y pequeñas
ramas.
_En lo personas, y aunque no alcance
verdaderamente con haberlos visto una vez, cuando viajé para ver aquel hallazgo
paleontológico – empezaba a rememorar Eduardo –… no me cayeron bien.
En la segunda semana de este mes que se
terminaba había estado en Río de los Hermanos del Nueve de Mayo, la región noroeste
del reino de Insulandia, para ver con sus propios ojos el descubrimiento de
seis enormes huesos del que se informara en la sección de ciencias de El
Heraldo Insular, sugiriendo la posibilidad de que se tratara de un herbívoro
(lo era, de hecho; un saurópodo). En tanto estuvo allí, unos dos días, en un
caserío cercano al sitio del hallazgo, Eduardo notó con facilidad como las
hadas y otros seres elementales tenían que hacer un denodado esfuerzo atrás de
otro por no responder ante cualquier movimiento sospechoso, como un rumor entre
las matas o un sonido que cesara repentinamente. En el cuartel local del
ejército insular, los guardias estaban más atentos que en cualquier otra parte
del país, y la entrada estaba vigilada por un trío de granaderos, en tanto que
un ballestero tenía el ángulo completo de visión desde lo alto de una atalaya.
Allí fue que el jefe de la base le dijo a Eduardo que lo único que el y los
efectivos del cuartel necesitaban eran las órdenes de Olaf y la reina Lili, y
acto seguido atacarían a los ilios. No hizo falta alguna que el novio de Isabel
se interiorizara acerca de las costumbres y tradiciones ilias para descubrir
por si mismo si esos seres elementales eran buenos o malos. Le bastó con
haberse cruzado con unos pocos durante aquella estadía y haber visto como se
comportaban entre si, y la frialdad (y el desprecio, incluso) con aquel que
miraban a todos los demás y les dirigían unas pocas palabras para llegar a una
conclusión, y solo eso:
Los ilios no eran más desagradables porque no
les alcanzaba el tiempo.
_La conciencia ecológica es algo que une a
sesenta y cuatro de las sesenta y cinco especies que forman el reino
elemental - dijo Isabel, mientras volvía
a salir de la carpa, para ir cerrando el tema sobre la gran productividad de
los suelos insulares, el cuidado del medio ambiente que era su bandera
irrenunciable, y los ilios, su intervención en este caso puntual –. Cada uno a
su manera, pero todos hacen su parte, y ese es un trabajo de tiempo completo,
sin duda alguna el más pesado y difícil de todos desde que cada una de las
especies fue tomando conciencia de lo importante que serían la ecología y el
medio ambiente para su éxito social y su supervivencia.
A tres metros de la carpa ya ardía la pequeña
fogata con ramas y hojas secas – el arqueólogo había hecho los honores,
lanzando una pequeñísima descarga desde la punta del dedo índice izquierdo –. y
una rejilla metálica sobre ella aguardaba su momento de ser estrenada. Era
completamente nueva, y ambos componentes de la pareja sabían que no duraría
mucho en ese estado inmaculado. Con veinte minutos de cocción por delante, la
comida estaría lista recién a las veintiuna horas en punto.
Y lo estuvo.
_¡Salud!., exclamaron al unísono, ingiriendo
el primer sorbo de jugo de ciruela.
Alrededor del fogón, sentados sobre el suave
césped, Eduardo e Isabel disfrutaron de un plato excelente. Por unos instantes
pudieron quedar libres de todas las vivencias y apuros, de todas las
complicaciones que habían vivido y protagonizado desde aquella tarde-noche del
veintidós de Marzo (Nint número veintiuno, en el calendario antiguo), cuando
empezara la Gran Catástrofe. L mayoría de los aspectos no habían sido positivos
en sus vidas desde ese momento, y recién cuando el mes actual hubo de entrar en
su última semana, al acceder al nuevo empleo y decidir hacer este campamento
pudieron empezar a relajarse e incrementar su positivismo. El nuevo trabajo que
empezarían ambos, Kevin y Cristal el
tres de Junio (Tnirta número catorce) era algo que de verdad les gustaba e
interesaba.
_Menos mal que dijimos que estos dos días
iban a servirnos para alejarnos de la rutina de todos los días, el trabajo
incluido., ironizó Eduardo, al ingerir el último bocado de esa comida
exquisita.
Era verdad que quisieron tomarse estos días
para distenderse de todo y descansar, pero ya iban seis veces, desde que
dejaran Barraca Sola, que por una razón u otra retomaban las conversaciones
sobre sus temas habituales. Eran realmente pocas las hadas que se lograban
distender por completo de su cotidianeidad, y Eduardo e Isabel no estaban entre
esos casos.
_Eso es cierto – coincidió Isabel –, y ojalá
lo pudiéramos hacer; no solo ahora, sino más veces en el futuro. Todavía no
recuerdo la última vez que pude pasar veinticuatro horas o más alejada de todo…
creo que nunca. ¿Querés hacer otra vez los honores? – ofreció, y Eduardo
accedió. El novio apagó el fuego “transportando” dos finísimos chorros del
arroyo cercano. Bajo la rejilla no quedó más que algún que otro resto humeante
y cenizas –. Tampoco es ese el caso ahora.
Usó sus habilidades telequinéticas para
llevar esos restos lejos de allí y esparcirlos en la arboleda – este material,
aunque mucho menor que los orgánicos, también actuaba como nutriente – y un
hechizo para limpiar la rejilla y el recipiente, además de transformar los
restos orgánicos de la comida en el polvillo fertilizante.
_Tengo que aprender a hacer eso., creyó
Eduardo.
_¿A cocinar?., se burló Isabel.
_Ay, no; eso no – contestó el hombre. Lejos
de ser una broma, al arqueólogo no le atraía ni un poco la idea de preparar
cualquier clase de comida. A ningún hombre feérico, en realidad. Y agregó,
mientras con todos los elementos volvían a meterse en la carpa – Hablo de los
hechizos. Si vi el material en la Biblioteca Real y los libros que tenemos en
casa, pero tiene que haber otra manera.
No digo hacerlo a las apuradas, pero si del tiempo…
Había una colección de nueve volúmenes
titulada “”Compendio Mágico 1, Hechizos”, que contenía treinta y seis mil
doscientos setenta y nueve hechizos, ubicados en orden alfabético (cada volumen
abarcaba tres letras del alfabeto) y también en una treintena de
categorías. Tanta era la información,
tantos los detalles y las especificaciones, que el quinto volumen (letras M, N
y Ñ), el menor de los nueve, era el que menos paginas tenía, con ochocientas
cuatro.
_... allí es cuando una vez más volvemos a
eso de que el exceso de información en muy poco tiempo te puede resultar
contraproducente – continuó (completó) Isabel, dejando a un lado los utensilios
y preparando las almohadas. Dormirían ahora, sin “intermediarios”, y mañana,
bien temprano con la salida del Sol, darían el inicio a la nueva jornada – N O
te preocupes. Con el tiempo vas a aprender de todo; el CM-1, en este caso.
Parte de los hechizos implican el uso directo o indirecto del agua, así que eso
va a serte sencillo.
_¿Te
parece?.
_Estoy cien por ciento convencida,
considerando tu dominio más que asombroso sobre el elemento que da la vida.
_Supongo que si – reconoció al fin su
compañero sentimental, que finalizado ese asunto avisó –. ¿No te importa si me
quedo leyendo antes de dormir, o si?. Quisiera repasar este texto.
_Para nada – aseguró Isabel, con los ojos más
pesados que de costumbre, a causa de sus dos días sin dormir –. Por mi parte,
Eduardo, hasta mañana.
Eduardo corrió la lámpara que funcionaba con
aceite por el entramado que mantenía a la carpa de pie, de manera que lo
alumbrara únicamente a el. “Despertame si hago falta para algo”, fueron las
últimas palabras de su novia, ya con los ojos cerrados y prácticamente sin
moverse. Alumbrado por la tenue luz de la lámpara y los dos tonos de su aura
(ambas destacaban en este ámbito nocturno), el hombre, luego de una indecisión
breve, optó por aquel libro titulado “Grandes depredadores marinos”. Entre las
cien especies que en el se describían, con lujo de detalles, figuraba el
megalodón, ese gigantesco animal del que provenía su soporte adicional de
energía. En la actualidad, algo plasmado en el libro (una invaluable ayuda para
los investigadores marinos), ese animal encabezaba todas las listas: tamaño,
peso, dimensiones, ferocidad y rapidez. En esto último solo lo superaban los
grandes felinos, como leones y pumas,
pero ninguna especie que viviera en el agua era rival, más allá de otro
individuo de su misma especie. Pero otro de los aspectos que hacía destacar a
este auténtico “monstruo” por encima de los otros (presas y depredadores por
igual) era su extraordinaria capacidad para hacer vocalizaciones, lo que era
producto de un cerebro muy desarrollado. A la fecha, los seres feéricos y
sirénidos habían identificado seis; dedujeron que se trataba de eso porque se
hubieron de escuchar completamente diferentes a los acostumbrados rugidos y
bramidos de los depredadores, casi como de palabras bien entendidas se tratara,
lo que fue un indicativo para las hadas de que debían incorporar, sin dudarlo,
al megalodón en la selecta lista de “animales socialmente inteligentes e
intelectualmente avanzados”, que solo incluía a doce especies, de las casi catorce
millones – faltaban ocho mil diez para alcanzar esa cifra – que formaban el
reino animal. Aparte de eso, los megalodones habían desarrollado, y mejorado
con el paso del tiempo, evolución mediante, un comportamiento social
particularmente sofisticado, la otra de las claves que lo hacía figurar en esa
selecta lista, lo que los ubicaba como la segunda especie marina o acuática más
avanzada (infinitamente), por detrás de las sirenas y los tritones.
El megalodón más grande registrado hasta los
días de hoy, que todavía sembraba el terror en los océanos, visto en las costas
exteriores insulares a fines del año pasado, al sur del reino, había quedado
varado en la costa, y treinta hombres experimentados fueron necesarios para
devolverlo al océano, no sin que antes hubieran determinado en sesenta y una
toneladas su peso, en treinta y un metros la longitud y en seis la altura. No
habían podido conocer la velocidad de este ejemplar, porque se había sumergido
extremadamente rápido, y todos los expertos en la playa terminaron heridos (uno
fallecería dos días más tarde, a causa de sus múltiples costillas aplastadas).
Haciendo comparaciones y cálculos, estimaron que tranquilamente podría alcanzar
los ciento diez kilómetros por hora.
Peso y dimensiones inigualables, comportamiento
social complejo, vocalizaciones diferenciadas – sonidos articulados que
asemejaban a palabras – sin rivales más allá de otros de su especie… ¿podría,
en un futuro muy (pero muy) distante, disputarle a los seres sirénidos el
título por ahora indiscutible de especie dominante en el agua?. Si estas
bestias eran incluso capaces de ejecutar ataques coordinados, de defender a su
prole hasta que esta llegara a la adultez y de tener en su menú a los propios
sirénidos…
“Quizás lo sean alguna vez” – pensó Eduardo,
a la vez que bostezaba y entrecerraba los ojos, y esforzándose por completar el
artículo sobre este depredador. A su lado, a la izquierda, Isabel ya se había
quedado dormida –. “Y cuando llegue ese día… ¡que futuro adverso para los seres
sirénidos!”.
El arqueólogo concluyó la lectura sobre el
gigante depredador, abriendo los ojos con otra expresión de asombro, al leer el
resultado de otra de las investigaciones – se sugería que el megalodón
aumentaba uno punto veinticinco por ciento su inteligencia cada tres cuartos de
siglo –, justo cuando cayó en la cuenta de lo cansado que estaba. Ni siquiera
se molestó en cerrar el libro, que quedó abierto sobre su pecho, y apagar la
lámpara a un lado. Ya lo haría por si misma, cuando se agotara ese poquito de
aceite. “Mañana va a ser otro día”., pensó.
Lo poco de la luz de la Luna y las estrellas
que podía traspasar la gruesa capa de hojas y ramas salpicaba pequeñísimas
porciones de suelo. Las voces se habían ido apagando con el transcurso de las
últimas horas del día y, como los vampiros no vivían por esta zona, y ellos
eran seres elementales de hábito nocturno, los sonidos dominantes no fueron más
allá de unos pocos insectos, animales y la clásica brisa de la noche. El claro
con esa carpa solitaria donde dormían Eduardo e Isabel, ahora a oscuras, estaba
sin movimiento alguno y en total silencio. Sin importar desde cual ángulo se
observara, eso podría tranquilamente parecer una de las más conocidas escenas
de una película cargada de suspenso e intriga.
… ¿o de terror?.
Silencio.
Tal vez las seis menos cuarto, o un poco más.
Pero estaba amaneciendo, y las estrellas estaban en retirada. Había vuelto a
escucharse el canto de los pájaros y la brisa matutina ya hacían sacudir a las
hojas en los arbustos, el césped y cualquier cosa liviana que hubiera allí. El
Sol ya había aparecido en la inmensidad y su agradable calor y luz amenazaban
con perpetuarse en Insulandia hasta que llegara el último tercio del día. Uno
de esos primeros rayitos había podido colarse por un minúsculo hueco e impactado
en las delicadas facciones, delicadas y hermosas, de Isabel, haciendo que
reaccionara apretando los párpados con fuerza y moviendo lentamente la cabeza.
Pero no era eso lo que había hecho que despertara., sino el haber sentido unos
suaves y reiterados golpes allí donde terminaba la espalda. “No ahora, Eduardo”
– pensó, en tanto sentía como se le enrojecían las mejillas –, “está
amaneciendo y nos podrían ver”. La insistencia de esos golpecitos había con el
imparto del rayito solar, y en conjunto fueron la causa de que la hermana de
Cristal empezara a despertarse del todo. Al abrir los ojos, descubrió todas sus
pertenencias y las de su novio dispersas a su alrededor en el suelo, y la carpa
estaba desarmada a una distancia mayor. Su primer e inmediato pensamiento fue
que, aprovechando que ellos estuvieran dormidos, alguien pudo entrar a la carpa
y tomado algo in permiso. “¿Habrán estado robando?”, se preguntó en silencio,
observando las posesiones dispersas. En ese momento, todavía desconcertada por
ese hecho, y aun ruborizada porque seguían los golpecitos al sur de su cintura,
intermitentes, reparó en esa sombra grande que se proyectara en el suelo desde
detrás suyo. Era muy grande, demasiado como para que Eduardo la provocara, así
que se dio vuelta, y confiando en que a su lado vería a su compañero
sentimental…
… se llevó el que sin dudas sería el susto
más grande de su vida.
Lo bastante grande como para que se
incorporara de un salto a la velocidad del rayo, desplegara sus alas y se
alejara a una distancia prudencial, al límite del espacio despejado, en tanto
el rojo del rubor le dejaba su lugar al blanco del susto, del miedo. Tal fue lo
que encontró allí, que pareció haber perdido el habla e incluso la capacidad
para hacer gesticulaciones. Quedó paralizada, sin poder hacer otra reacción más
allá de pestañar y torcer levemente la cabeza, como tratando de comprender la
situación. Incluso sus pensamientos parecieron bloquearse, asustada,
atemorizada y (muy) preocupada por lo que veía.
Debió ver a su novio allí, aun dormido o,
como ella, despertándose.
Pero no fue a su alma gemela a quien
descubrió allí… al menos no del todo. Todos los seres feéricos, hombres y
mujeres por igual, podían hacer eso, pero no así. No de manera involuntaria –
eso tuvo que pasar, ese tuvo que ser el caso – y sin ninguna preparación
previa. Eso, en cierta manera, revalidaba aquello de que Eduardo era capaz de
alcanzar hazañas e hitos con un mínimo de conocimientos y prácticamente sin
experiencia ni práctica, aunque ahora se trataba de algo ajeno a sus deseos e
intenciones, lo que indujo a Isabel a pensar, mientras trataba de superar el
enorme susto dando dos pasos hacia adelante, con la guardia en alto:
“Y si pudo hacer semejante cosa
involuntariamente, ¿Qué no hará cuando se halle en pleno uso de conciencia?.
Isabel estaba ante una situación muy poco o
nada frecuente, pero que cada vez que pasaba solía dejar heridos e incluso
muertos, como ya lo comentara con su compañero de amores el día de ayer,
mientras se preparaban para salir.
Un gigantesco y aterrados tiburón grisáceo de
más de treinta metros estaba inmóvil o casi, en el mismo lugar en que se
hallara Eduardo. Era un megalodón macho y adulto, que por como movía sus
enormes aletas parecía estar haciendo enormes y agotadores esfuerzos por
moverse hacia adelante, aunque de sobre sabía que ero era inútil, tal vez
tratando de acercarse al arroyo e incluso sumergirse en el. Isabel se aproximó
al inmenso depredador conservando una postura de defensa, ubicándose justo
frente al ojo izquierdo del monstruo, y formulando el llamado:
_¿E… Eduardo?.
El megalodón hizo un único pestañeo, dando a
entender que esa acción significaba que si, y confirmando su identidad, y dos
pestañeos a la reacción corporal de Isabel, con la que claramente le quiso preguntar
su tenía idea de como había pasado esto. Pero la hermana de Cristal sabía que
no podría continuar sola con esto, y sabía lo que tenía que hacer. Se acercó
cautelosamente al gigantesco animal una vez más y llamó, reiterando aquello de
que un pestañeo era “si” y dos “no”.
_¿Sabés que no voy a abandonarte, cierto?.
El megalodón movió los párpados una vez, y la
hermosa hada no pudo dejar de sentir un nuevo temor. Este animal tenía una
sobrevida de noventa y seis horas fuera
del agua, y Eduardo lo sabía. Tal vez no se le notara, pero debía estar
aterrado por eso, y ese terror se trasladaba a su novia. Había un plazo de
cuatro días para ponerlo en su hábitat natural y tratar de resolver este
problema acuciante y complejo. Aunque se tratara no de un animal marino sino de
una persona que hubo de transformarse involuntariamente, el problema era el
mismo. No se podría lograr ningún avance
si el “espécimen” permanecía sobre la tierra, y lo esencial e inmediatamente
necesario – pensaba Isabel, que habiéndose ubicado sobre las copas más altas,
lanzó al aire nueve descargas de energía, rayos de color lila, en diferentes
direcciones – era ponerlo en ese ámbito en que los megalodnoes eran amos y
señores prácticamente indiscutibles. Al final de todo, cuando el peligro y los
problemas hubieran terminado, se ocuparían de averiguar el origen.
Apenas unos pocos segundos tras las llamadas
de auxilio, Isabel obtuvo la respuesta. Cinco hadas guardianas del regimiento
de lanceros, que formaban una patrulla, se acercaron al lugar y quedaron
boquiabiertas y con los ojos como platos al descubrir la aterradora escena. El
enorme tiburón de escamas grisáceas varado en tierra firme, cuya extensa cola
se agitaba de un lado a otro, con la cabeza igual de enorme apuntando hacia el arroyo
y las poderosas mandíbulas abriéndose y cerrándose lentamente. Eduardo estaba
esforzándose por respirar en este ámbito que por primera vez le estaba
resultando nocivo. “Necesitamos la ayuda de un médico”, observó el líder de la
patrulla, en tanto uno de sus subordinados interpretaba eso como una orden y
volvía a emprender el vuelo. Los restantes guardias e Isabel rodearon al
megalodón, buscando como moverlo, orientarlo para que el trayecto al arroyo
fuera en línea recta. El problema allí era que el menos una quincena de
árboles, unos más grandes que otros, obstaculizaban el camino. Había que
quitarlos del medio, y eso fue lo decidieron hacer otras dos de las hadas
guardianas, en lo que el último par e Isabel recurrían a todo cuanto podían por
ubicar correctamente a Eduardo. Les era
de consuelo saber que la conciencia y el discernimiento del arqueólogo no
habían desaparecido y continuaban dominando e imponiéndose sobre la bestia – si
fuera un megalodón de verdad las vidas de todos estarían seriamente comprometidas
– El trabajo de “curación”, con eso, sería más sencillo.
Hubo varios casos (los hubo desde el
surgimiento de la especie, o casi) en los que las hadas que se transformaban se
veían obligadas a permanecer ene se estado por tiempo y causas siempre variables. Esa exposición prolongada podía lograr que la
conciencia, la lógica, las capacidades para pensar, razonar y el discernimiento
se perdieran y quedaran opacadas por la forma natural, que era aquella de la que
hubiera provenido la protección adicional que el bebé recibiera al nacer. El
problema allí se incrementaba, ya que los socorristas tenían que lidiar con un
animal o una planta “de verdad”, y antes de poder devolverlo a la forma normal,
una persona, debían lograr que recuperara su personalidad, conciencia e
identidad, lo que de por si era una tarea muy difícil que solo los mejores
expertos del Consejo de Ciencias y del de Salud y Asuntos Médicos podían hacer.
Previo a meso debían mantener al animal, la planta o lo que fuere alejado de
todo peligro o amenaza que pusiera en riesgo su vida, y ese era otro problema.
Lo fue ayer, lo era hoy y lo sería mañana.
La Gran Catástrofe había llevado ese temor a
una nueva etapa: se creía que ciento cuatro hadas en diversas partes de
Centralia (nueve casos estaban reportados en Insulandia) se habían visto
obligadas a transformarse para salvar sus vidas y eso sin dudas representaría
algo extremadamente alarmante y, por supuesto, peligroso. Había que hallar a
esas hadas, mantenerlas a salvo y lograr que se recuperaran. El problema era
múltiple y por varias razones. Podían estar en cualquier parte, podían estar
heridas y dominadas completamente por su forma natural, creyendo ser tales, y como tales luchando por
su supervivencia, a su modo. Ninguna tendría grandes posibilidades. Pero, si
hubieran perecido, no se las hallaría nunca o casi nunca – solo existían uno o
dos “recuperaciones”, de entre cien casos, como lo indicaban los estudios –
porque al morir lo hacían con esas formas. Era un final trágico. También era un
grave problema si la forma natural dominante era un animal carnívoro, ya que la
ingesta de alimentos supondría un riesgo progresivo y degenerativo para el
organismo del hada en cuestión. Si lograban devolverla a su estado original, la alimentación tendría secuelas e
implicancias por tiempo indefinido. Había una forma para recuperarla, pero el
tratamiento – a cargo del estado – demandaría alrededor de cinco o seis meses
de aplicación, y a lo largo de ese período la persona se vería obligada a
incorporar la carne a su alimentación, aunque en cantidades menores a medida
que el tratamiento avanzara. El dominio de la forma natural era algo que a los
seres feéricos les resultaba atemorizante, justamente por esa y todas las otras
implicancias negativas.
Dos minutos más tarde estuvo de vuelta el
guardián, acompañado por dos hadas médicas del puesto sanitario que había en
otra parte de ese bosque. La situación continuaba siendo igual de apremiante,
aun con esas pocas variaciones. Los restantes guardias habían podido abrir un
camino en línea recta hasta el arroyo, derribando los quince árboles, con
troncos de entre diez y treinta metros de alto – ya le harían saber a los
trabajadores madereros donde podrían encontrar esta materia prima –, y
apilándolos a un lado de la vía recién creada, en tanto su líder e Isabel se
ocupaban de tranquilizar y calmar a la impresionante bestia. No importaba que
fuera una persona en realidad; era en estos momentos un animal acuático, y para
el era desesperante hallarse fuera de su ámbito natural. Le urgía volver a el y
no podía hacer otra cosa más que agitarse en el suelo cual pez tras la captura
por parte del pescador. El enorme megalodón daba uno atrás de otro los
coletazos, haciendo que temblara el suelo, y movía a los lados su cabeza
gigantesca, haciendo peligrar la vida de sus rescatadores – Eduardo estaba con
pleno conocimiento de sus actos, pero no podía detenerse –, razón por la cual
Isabel y el líder de la patrulla se vieron obligados a “dormirlo”
administrándole un somnífero, que los guardias usaban cada vez que había algún
ser feérico, otros elementales e incluso animales heridos que requirieran de
tranquilidad y sueño para su recuperación. Con el monstruo calmado y
prácticamente dormido, los guardias, el par de médicos y la hermana de Cristal,
viendo el camino despejado, se concentraron en su primera e inmediata tarea.
Mover la mole de varias toneladas hasta el
arroyo.
_Aun con todos ejerciendo fuerza al mismo
tiempo va a costar trabajo – observó Isabel, en tanto ella y su media catorcena
de congéneres empezaba a usar la telequinesia. Tenían la enorme fortuna de que
el megalodón estaba dormido – Vamos a empezar ahora, ¿si? – les pidió, y
respondieron con un gesto manual y otro facial – Muy bien. Entonces… ¡hacia el
arroyo!.
Con sus brazos estirados hacia adelante en
posición horizontal y los dedos extendidos, las ocho hadas se pusieron manos a
la obra Desde ese primer momento tuvieron que recurrir a todo su poder para
desplazar por la superficie las que tranquilamente podrían rondar las sesenta y
una toneladas de peso. Eso supondría, tal vez, heridas leves o insignificantes
para el monstruoso animal, pero no disponían de otro medio para moverlo
(solamente eran ocho personas), y si intentaban hacerlo levitar los heridos
podrían ser ellos, al ejercer una presión más grande de la que sus brazos
podrían soportar, terminar parcialmente
aplastados si en algún momento se veían obligados a soltarlo. Así las cosas,
Isabel, el par de médicos y las cinco hadas guardianas se dispusieron alrededor
de Eduardo formando un octógono, moviéndose al mismo tiempo y ejerciendo tanta
presión como podían. A su paso, iba quedando en el suelo una zanja más bien
profunda y ancha, pero que iba formándose a un ritmo lento, tal vez de unos
cincuenta centímetros por minuto. Era una tarea titánica para las hadas, que
constantemente mantenían los brazos extendidos, concentradas en la correcta
aplicación de la telequinesia – Isabel y una de las hadas guardianas, sobre
todo, que eran las mujeres del grupo –. Iban a paso muy lento, y los gestos de
todos hechos con la cara no hacían otra cosa que revalidar sus palabras sobre
eso de la dificultad. La que tal vez fuera su única ayuda venía de la mano de
lo llano del terreno, y lo libre de este haría que la bestia no tuviera más que
raspones (eso creían los socorristas), a causa de las insignificancias allí
presentes, como las minúsculas piedritas.
Cuando la sonora, solitaria y distante
campanada hubo de anunciar las seis horas con treinta minutos y tuvieron el
arroyo a la vista, aparecieron, por pura casualidad, los primeros curiosos en
el lugar. Hadas que simplemente daban inicio a sus actividades de todos los
días, lo mismo que ese cardumen de seres sirénidos que iba bordeando una de la
sorillas. Todos estos testigos involuntarios adoptaron esas mismas e idénticas
expresiones de susto, sorpresa y desconcierto, además de preocupación por los
posibles orígenes y desenlaces de este grave inconveniente. Muchos
parecieron quedar con sus pensamientos y
mente en dos partes, y al final la conclusión absoluta fue posponer unos pocos
(o cuantos, según lo que hiciera falta) minutos de sus actividades y quedarse a
ayudar a los guardianes, el par de médicos e Isabel. Pronto hubieron varios
pares en el suelo, todos los seres
feéricos sumándose al enorme esfuerzo de la telequinesia, lo único para lo que
eran útiles en ese momento puntual. Allí se hizo evidente que veintiocho
individuos eran mucho más que ocho, ya que cada uno aportaría su parte y
aligeraría con ello la carga de los demás. El avance se hizo más rápido,
liviano y al cabo de cinco minutos el gigantesco y grisáceo tiburón – hasta que
quedaron “tapados”, los iris
azul-jacinto y celeste fueron el único indicio de que se trataba de una
persona –, todavía dormido y absolutamente inmóvil, hubo de estar en la orilla
cubierta de césped del arroyo. Allí entrarían en acción los sirénidos, aunque
con más cautela que los feéricos (después de todo, el megalodón era su enemigo
número uno), al tener que impedir que Eduardo transformado cayera del todo al
agua. No existía el riesgo de que fuera arrastrado por la corriente, porque era
en extremo pesado, y mucho más para este arroyo nada caudaloso ni rápido. Solo
había que sumergirlo parcialmente para que se beneficiara con el agua. Los socorristas
y voluntarios volvieron a aunar sus esfuerzos para girar al tiburón gigante
unos ciento ochenta grados, de manera que la enormísima y pesada cola quedara
sumergida.
“Se los agradezco como no pueden imaginarse”,
fueron las palabras de Isabel, casi al borde del llanto, cuando los voluntarios
solidarios volvieorn a emprender el vuelo y retomar su cotidianeidad. La
preocupación y el susto, sin embargo, permanecieron en cada una de esas hadas.
Tampoco quedaba allí mucho que hacer para los guardianes, que retomaron su
rutinaria patrulla matutina, aunque uno de los integrantes del grupo, por
órdenes de su jefe, permaneció allí, en la orilla del arroyo, para auxiliar a
Isabel y a los médicos si fuera necesario. Era el momento para estas últimas de
actuar, de aplicar una parte de sus conocimientos, aquella que rara vez pasaba
de la teoría a la práctica.
“Déjennos el espacio”, pidió una de ellas a
Isabel y el guardia, en tanto abría su mochila, lo mismo que su colega, y
sacaba algunos de los medicamentos e instrumentos- Ninguno de los dos, sin
embargo, quiso moverse de ese sector de la orilla, porque el trabajo, uno de
todos, de los guardianes era asistir a la comunidad ante cualquier emergencia o
problema – ambos se reunían en este caso –, y para la hermana de Cristal era su
novio y prometido quien fuera la víctima de este incidente, una transformación
involuntaria que lo llevó de ser un hombre de un metro ochenta de altura y
alrededor de ochenta kilogramos de peso a un inmenso depredador de treinta y un
metros de largo y sesenta y una toneladas.
Las hadas médicas sabían lo que tenían que
hacer, y como hacerlo. Se situaron las dos justo frente a los ojos (cerrados)
del depredador y sobre estos hicieron su primer movimiento. Levantaron los
pesados parpados, en lo que fue para ellos un “cierto esfuerzo”, porque
tuvieron que mantenerlos en esa posición el tiempo suficiente para verter sobre
cada globo ocular unas dos gotas de ese líquido cristalino en uno de los
frascos que llevaban. Según le explicaron a l hada de la belleza, algo que esta
ya conocía, aunque lo básico, ese líquido era un poderoso y efectivo
medicamento desarrollado por los “Laboratorios Medicinales Insulares, Sociedad
del Estado” (LAMISE), una red de cien instalaciones estatales diseminadas por todo
el país que se ocupaba, justamente, de la elaboración de todo tipo de
medicamentos de los que eran considerados como fuertes y muy fuertes, y que por
tanto fueran los más efectivos. Este en particular era potente, tanto que una o
dos gotas resultaban más que suficientes. Había sido desarrollado por LAMISE
por primera vez un siglo atrás, reemplazando gradualmente a la mayoría de los
que existían para este propósito: lograr que un ser feérico que hubiese
adoptado la forma natural y como consecuencia perdido parcial o totalmente su
conciencia, pensamientos e identidad los recuperara y de esa manera pudiese
volver la normalidad, a su anterior
condición. No era este el caso, porque la transformación había tenido tiempo
unas pocas horas antes, pero las hadas médicas sabían que el procedimiento era
el mismo. Transcurridos alrededor de sesenta segundos, el megalodón abrió
abruptamente los ojos y ejecutó una serie de movimientos violentos, antes de
volver a quedarse quieto, aunque despierto y atento. Había recuperado el
conocimiento, y, a juzgar por como habían sido sus reacciones, había
comprendido lo que estaba pasando y quienes eran las hadas frente a el.
_Somos médicos – dijo una de las hadas, en
tanto las pupilas del tiburón iban entre uno y otro componente del dúo –
Eduardo, mové las pupilas de arriba hacia abajo si vas a contestar que si y a
los lados si la respuesta es no. ¿Estás de acuerdo?.
Las enormes pupilas le hicieron el gesto de
afirmación.
La otra médica, en tanto, daba algunas
instrucciones al guardia e Isabel. Al primero que buscara prendas masculinas
entre las pertenencias de la pareja, ya que cabía la posibilidad de que, al
recuperar su forma, Eduardo apareciera sin dichas prendas en parte o en todo,
pudiendo así requerir de vestimenta, pues estas transformaciones involuntarias
solían provocar esa clase de adversidades. Con mayor razón ocurriría tal cosa
en un hombre transformado en feérico que no hacía mucho ni siquiera estaba
enterado de que podía asumir la forma de la que procedía su protección
adicional. Su impresión al descubrirse en paños menores tranquilamente podría
quedar para el segundo plano, sin embargo. A la hija mayor de Wilson e Iulí, en
tanto que estuviera en alerta frente a su compañero de amores, ya que sería de
un auxilio invaluable el que este viera una cara familiar no bien hubiera
vuelto a la normalidad, porque eso, indudablemente, lo tranquilizaría.
_Eduardo, lo que sigue no le corresponde a
nadie más que a vos, y al menos en lo teórico no se trata de algo difícil –
dijo una de las hadas médicas, a lo que, moviendo las pupilas, el gigante
depredador contestó que si – Tenés que visualizar en tu mente, concentrarte en
eso todo cuanto te resulte posible, en como es tu forma feérica. Solo lo
físico, el aspecto físico; lo demás, como el color de piel o el largo del
cabello, no tiene importancia alguna. Al mismo tiempo que hacés eso tenés que
decir, no con palabras, sino con un pensamiento, la palabra “Transfiguración”,
o sino “Transformación”. Cualquiera de las dos es válida. ¿Comprendiste bien?.
No hizo esa pregunta de mala manera, ni
porque pensara que Eduardo no fuera una persona inteligente, sino porque estaba
deseando poder hacer correctamente su trabajo.
El gigantesco tiburón volvió a mover las
pupilas de arriba hacia abajo, y nuevamente cerró los ojos, a lo que las
médicas, el guardia e Isabel se ubicaron a una distancia prudencial.
Para Eduardo, era el momento de seguir esas
instrucciones.
Un hombre adulto de veinticuatro años –
“¡Transfiguración!”, exclamó en silencio, en sus pensamientos – del que podría
decirse, quien no lo conociera, que había pasado, en otros tiempos, horas
enteras en tal o cual instalación deportiva, haciendo ejercicio para conservar
esa musculatura. Acá era diferente, porque esa manutención la hizo con los
esfuerzos del día a día, con las tareas de reconstrucción en el barrio barraca
Sola y otros lugares de la capital – “¡Transformación!”, fue la otra
exclamación, también en silencio –. Como fuera, Eduardo era una masa de
músculos móvil que atraía a las masas femeninas adondequiera que fuera… y
ocasionaba los gruñidos de Isabel.
Al final, la concentración y ambas
exclamaciones dieron resultado.
El enorme tiburón grisáceo, tan enorme como
atemorizante, pegó unos cuantos y violentos sacudones, antes de empezar a
contorsionarse. Abrió y cerró las gigantescas mandíbulas, golpeó el suelo con
las aletas (un sonido bastante fuerte) y los golpes en el agua con la cola
salpicaron líquido en todas las direcciones – los sirénidos también se habían
marchado, ahora que su rol en este complicado y misterioso problema había
concluido –. La mutación instantánea fue haciendo, en el curso de ciento diez a
ciento veinte segundos, del megalodón de treinta y un metros de longitud y
sesenta y una toneladas de peso el hombre adulto de un meto ochenta de alto y
ochenta kilogramos. No más de dos minutos y allí estuvo nuevamente Eduardo, y
lo primero que este vio fue a su novia y prometida frente a el, con una
acentuada expresión de felicidad en sus delicadas facciones, casi con lágrimas.
“Es magnífico estar de vuelta2, se alegró el hombre, estirando los brazos a los
lados y la cabeza hacia arriba, contemplando el despejado (resquicio
insignificante, a decir verdad) que había en un punto sobre la orilla, por el
que se colaba la luz solar.
_¡Bienvenido!., exclamó Isabel.
Resultó ser cierta la necesidad de las
prendas, por las dos razones. Eduardo estaba en calzoncillos, de pie a escasos
centímetros de la orilla, y tenía frío, a causa de haber recuperado su forma
habitual. Y mientras el guardia le daba la ropa y la médica se ocupaba de los
últimos detalles, la hermana de Cristal, ignorando si las palabras elegidas
eran las correctas o no, hizo la primera pregunta a su novio.
_¿Cómo pasó esto?.
_ ¿La verdad?... no tengo idea – reconoció
Eduardo, pensativo, mientras se vestía –. Lo último que recuerdo es que había
leído el último párrafo, acerca del aumento de la inteligencia en los
megalodones cada tres cuartos de siglo. Me di cuenta de que tenía mucho
cansancio y…
Continuó el breve relato, todo aquello de lo
que se acordaba, de camino al lugar en que el y su prometida habían acampado,
viendo el surco formado en el piso, con el césped aplastado por el mismo – por
las sesenta y una toneladas del cetáceo – y los troncos apilados a los lados.
Aquel bostezo y un cierto parpadeo fueron las señales inequívocas que le
indicaron que no podría evitar el sueño por demasiado tiempo, y puesto que
había concluido la lectura que le interesaba y que Isabel estaba ya durmiendo,
no tendría mucho sentido quedarse con los ojos abiertos. No tuvo tiempo
siquiera de cerrar el libro ni apagar la lámpara, porque el sueño le había
llegado rápido, y ahora que estaba despierto no dudó en asociarlo a lo ocupado que
estuvo durante todo el día de ayer y los anteriores. Eduardo no recordaba haber
soñado algo, y su última visión había sido la del armazón de la carpa, en el
techo, antes de que todo se oscureciera. Inmediatamente después de despertar,
descubrió que algo andaba mal, porque vio la carpa alejada y todas las
pertenencias de la pareja dispersas, en ese curioso ángulo de visión que tenía.
Encontrarse con que ya no era un hombre, sino el depredador máximo que
aterrorizaba en todas las aguas fue una sorpresa totalmente desagradable, y su
primera reacción fue la de mover una de las aletas para (tratar de) despertar a
Isabel y que esta lo ayudara.
_Estuve muy compenetrado con la lectura antes
de cerrar los ojos – dijo, en tanto el y los otros usaban la telequinesia para
reunir los objetos aun dispersos – Supongo que habré soñado con eso o algo
parecido, y no lo recuerdo ahora. ¿Es posible eso?.
Esa pregunta fue para la médica.
_Es una posibilidad, y puede que la única.,
apostó aquella, adoptando de nuevo la expresión de desconcierto.
El guardia, sin embargo, parecía pensar otra
cosa.
_O tal vez no – dijo, y pidió a Eduardo –.
¿Podés levantar el pie derecho?.
_¿Así?.
_Sí.
Era el talón de ese pie. En esa parte
específica destacaba, por el contraste con el color de la piel, un minúsculo
puntito morado que apenas se veía.
_Desde luego que no se trata de algo para
preocuparse – avisó la médica, elogiando la vista del guardián –. En esta zona
crecen algunas plantas que se usan en la elaboración de pócimas y medicamentos
para dormir, sedantes, tranquilizantes y eso. Pudiste pisar una por accidente,
tal vez su espina. Eso pudo causar el sueño repentino, pero no lo de la
transformación. Al menos, esa es mi opinión. Como sea, es mejor asegurarse,
porque algunas de esas plantas, si bien no son letales ni mucho menos, pueden
provocar reacciones en períodos de tiempo de hasta una semana. ¿Puedo tomar
unas gotas de tu sangre?.
_¿Para qué cosa?., quiso saber Eduardo,
tomándose la mano izquierda con la diestra.
_Voy a poder determinar el origen exacto de
este incidente del que fuiste protagonista, y saber cuánto de esa toxina entró
en tu organismo – explicó la médica, extrayendo un frasquito de su bolso. Se lo
dio al arqueólogo, que dejó caer dentro unas cuantas gotas de sangre de esa herida
que se provocara en la muñeca izquierda –. Pero te repito, y también a vos –
dirigió su vista a Isabel – que no es algo por lo que se tengan que preocupar.
Como dije, no son plantas letales, tóxicas ni nada parecido. Gracias – Eduardo
le devolvió el frasco y, habiendo concluido ya sus tareas, y antes de la
despedida, dijo –. Voy a llevar esta sangre a una instalación que LAMISE tiene
cerca de acá… relativamente cerca. Los resultados van a estar en diez días,
espero. Por estos tiempos estamos cargados de trabajo.
_Y una cosa más, antes de terminar –
intervino el hada guardiana, batiendo sus alas, en preparación para el despegue
– Lo que pasó, no duden que va a circular como el aire por el reino insular, no
es algo que los obligue a ustedes a alterar su vida y actividades de todos los
días, como su trabajo por empezar. Continúen como si esto no hubiese pasado.
_Tampoco va a ser necesario que vayas al
Hospital Real u otra instalación médica de la capital – concluyó la experta en
temas médicos, también desplegando sus alas, y sujetándose el bolso al hombro
derecho –. Estás como nuevo, Eduardo. Y no te preocupes por esa transformación.
Con el tiempo y la práctica vas a poder dominarla a la perfección.
_¿En serio?.
_Si, en serio – ratificó la médica,
elevándose unos pocos centímetros –. Ahora voy a llevar ese frasco a LAMISE y
después retomar mi trabajo acá, en Cinco Arroyos.
_Te acompaño – quiso el guardián – Mi grupo
se fue en la misma dirección, y tal vez los pueda alcanzar antes de que termine
nuestra ronda.
_Está bien, vamos.
Ambos hicieron la acostumbrada reverencia y
gestos con las manos a modo de despedida, y antes de perderse en la distancia y
quedar rodeados por los árboles y arbustos, observaron a Eduardo e Isabel
moviendo los brazos en lo alto. Uno estaba tan agradecido como el otro pro este
gran servicio prestado.
El guardián y la médica, ya en pleno vuelo a
LAMISE, y aunque sabían que lo ocurrido fue un susto y nada más, no pudieron
dejar de compartir un pensamiento aparecido cuando detectaran esa minúscula
marca en el tobillo de Eduardo.
Eso podía ser lo que todos los seres
feéricos, en especial aquellos en la función pública, habían estado buscando
desde hacía siglos e incluso milenios.
_Que bonito fin de semana pasamos – ironizó
el arqueólogo, mientras el e Isabel reunían sus pertenencias en las mochilas.
Volverían ahora a Barraca Sola, y allí descansarían hasta que llegara el
momento de empezar su trabajo –. Transformado en un megalodón y tratando todo
el tiempo de calcular y averiguar, de preguntarme como pudo pasar. Cuando me di
cuenta de lo que pasaba conmigo… nunca sentí algo así. ¿Y dicen que todas las
hadas son capaces de hacer eso, de convertirse en aquello de lo que obtuvieron
su protección adicional?.
Se había examinado con detalles desde que se
alejaran el guardián y la médica, sin hallar nada negativo. En efecto, lo que
tuvo que vivir en calidad de protagonista se encontraba únicamente en su
memoria. Incluso se le hubo de disipar ese anormal descenso en la temperatura
corporal.
_Todos y cada uno, sin excepciones –
convalidó Isabel –. Nacemos poseyendo esa habilidad, aunque pasa mucho tiempo,
como dijo la médica, hasta que la dominamos por completo, sin dificultades y a
nuestra total voluntad. Llegado un punto, las hadas podemos estar transformadas
y ejercer un control total sobre quienes somos en verdad, sobre nuestra
conciencia, identidad y personalidad, incluso podemos hablar. Y si no me creés,
mirá esto – dejó su mochila a un lado y exclamó con vos clara –…
¡Transfiguración!.
En cuestión de cuatro segundos o cinco, la
atractiva figura femenina que desbordaba belleza dio paso a un arbusto que
debía tener unos tres metros de alto, muy fornido, prácticamente la antítesis
de lo linda que era Isabel. Pero este era distinto, y eso se debía
principalmente – cuando no únicamente – a
que conservaba una forma feérica (“Humanoide”, fue la primera palabras
en llegar a la mente de Eduardo). Tenía brazos, piernas, el cuerpo y la cara,
aunque la forma en general estaba compuesta por una espesa e intrincada red de
ramas y lianas de todos los tamaños, hojas e incluso inflorescencias allí donde
estaban sus articulaciones, como los codos y las rodillas. Las flores en
cuestión eran lilas, también de varios tamaños, y unas tenían los pétalos más
abiertos que otras. De la planta de ambos pies parecían estar brotando delgadas
raíces, que en lugar de incrustarse en el suelo cubrían las extremidades, y los
dedos parecían pequeñas ramas (lo eran de hecho) de cuyos extremos, allí donde
solían estar las uñas, brotaban lianas, o enredaderas, tan delgadas como las
raíces en los pies. Tan espeso era el entramado que literalmente no permitía el
paso de la luz en gran parte del “arbusto”. La cara por si sola era lo opuesto
a la belleza, y Eduardo no estaba seguro sobre si eso se debía o no a la
primera impresión. El cuello debía tener veinticinco centímetros de largo por
cinco, seis o siete de ancho, y la cabeza era bastante parecida a la de una
tortuga aligátor, tan feroz como la de esos animales, solo que con un abanico
que asemejaba a una aleta, un cuerno sobre la punta del hocico, otro a cada
lado de la cabeza y colmillos en ambos maxilares, como los de una pitón. Con
todo eso y su composición, al experto en arqueología submarina le resultaba
difícil saber si la cabeza era de carne y hueso o de materia vegetal. Dando un
paso hacia adelante, el arbusto giró su extraña y atemorizante cabeza hacia
Eduardo, en este enfocando las pupilas de ambos ojos, verticales y de color
oscuro, con el iris lila. Emitió un rugido abriendo las fauces y exhibiendo los
colmillos, en lo que fue un sonido agudo que por unos instantes retumbó en los
oídos del arqueólogo. El arbusto, tan atemorizante como el megalodón, pronunció
entonces, con una claridad asombrosa, la frase “Te lo dije, todas las hadas,
con práctica y tiempo”, antes de recuperar la delicada y bella forma femenina.
_Cuando es total el dominio sobre esa
técnica, deja de ser necesario pronunciar la palabra transfiguración o
transformación – informó el hada de la belleza, ya iniciando la caminata, y en
tanto su novio tomaba la mochila –. Alcanza únicamente con el pensamiento.
Su parada intermedia era el puesto de trabajo
que dependía del Consejo de Parques Reales, en el límite del bosque. Allí
recuperarían la bicicleta.
_Al menos ahora no me van a tomar por
sorpresa – se alegró Eduardo, por eso contento. Marchaban tomados de la mano,
serpenteando entre troncos y arbustos, con la idea de disfrutar todo cuanto
pudieran de este magnífico paisaje boscoso –. Te aseguro que no fue nada
Agradable despertarme y encontrarme transformado en ese monstruo.
Aun sin sentir absolutamente nada, le
preocupaba que algo así volviera a ocurrir. Eso no resultaría bueno para el,
para su novia ni para nadie, por la posibilidad latente de que alguien pudiera
resultar herido. De modo que en su mente ya estaba decidiendo dedicar al menos
treinta a cuarenta minutos diarios a la práctica para poder dominar esta
técnica. Le pediría a Isabel que fuera su instructora, y tal vez también a
Cristal y Kevin.
_Me lo imagino. Pero eso no va a pasar otra
vez – aseguró el hada de aura lila, intentando tranquilizarlo – El control es
mucho más fácil de lo que parece, y más si estás despierto. La espina que
pisaste tuvo que actuar como acelerarte de eso que estuviste soñando. Es uno de
los casos raros y esporádicos. Y si le sumás tu desconocimiento incluso de la
técnica de transformación y lo concentrado que estabas en la lectura previo a
dormirte…
_... ¿era de esperarse que pasara algo así?.,
interrumpió Eduardo.
_La verdad es que no se – reconoció Isabel,
que recordaba que a ella había demandado alrededor de un cuatrimestre de
prácticas constantes y regulares el poder transformarse sin perder el control e
identidad, y hablar estando transformada en ese arbusto monstruoso de tres
metros –. Hay unos pocos casos, pero pasan. Las transformaciones involuntarias
como la tuya se deben a la falta de práctica y de conocimientos. Nada más que
eso. Y generalmente se producen cuando no tenemos conocimiento de nosotros
mismos.
_¿Dormidos o desmayados?.
_Acertaste. Fuera de esas dos condiciones, es
imposible que pase. Si el tiempo y las energías nos lo permiten en el mes que
empieza, vamos a practicar media hora diaria – prometió la hermana de Cristal –.
Cuanto tiempo va a demandar es incierto. Eso va a depender de tu voluntad y
empeño.
_Eso me gusta – se alegró Eduardo, que quiso
preguntar –. ¿Qué ventajas tiene conservar la forma natural?, ¿y cuáles
tendría, o podría tener yo?.
Ese fue el tema que los mantuvo ocupados
hasta que llegaron a la puerta espacial, aquella que las hermanas usaran para
trasladas al arqueólogo hasta la Ciudad del Sol. A medida que fuera mejorando
con esa técnica, Eduardo iría adquiriendo las mismas cualidades, capacidades ya
habilidades que el megalodón, incluida su asombrosa velocidad, que trepara
hasta los ciento diez kilómetros por hora, permanecer bajo el agua todo el
tiempo que quisiera y sumergirse hasta, como testificaran las investigaciones
más recientes, alrededor de cinco mil metros. Eduardo no tendría prácticamente
límites (porque prácticamente no los tenía el megalodón) y, estando
transformado y en su “ámbito natural”, cabrían de esperarse las mismas o
parecidas proezas que hacía en tierra, con la forma feérica.
_Ya podés hacer logros increíbles. Doy por
sentado que este va a ser otro., vaticinó Isabel, ya con el marco dorado a
menos de cien metros delante de ella y su novio.
Sentidos que se estaban volviendo más
refinados y agudos, telequinesia que atravesaba las mismas condiciones, el
ejercicio y dominio cada vez más sofisticados sobre el agua, con lo que eso
implicaba, como elevar miles de litros y usarlos para sofocar un incendio o
hacer que un arroyo fluyese al revés… si lograba aprender correctamente la
técnica de la transformación y dominarla en aquel lapso de tiempo que calculaba
su compañera de amores, el arqueólogo no haría otra cosa que confirmar aquello
que sostenía un gran número de hadas e individuos de las otras especies
elementales: que estaba destinado a lograr cosas grandiosas y heroicas.
_Y cuando haya pasado este período deberías
hacerte un hueco en tu tiempo e ir al Vinhaë., concluyó Isabel, en el instante
previo a cruzar por la puerta espacial.
_¿Qué es eso?., contestó el hombre a su lado,
ya habiendo llegado al barrio Barraca Sola.
_El Templo del Agua, un lugar muy bonito. Me
imagino que allí vas a podes despejar tus dudas acerca de tu don, en que
podrías aplicarlo y cual sería su alcance. Cualquier cosa que desconozcas o que
te genere preocupación, las respuestas van a encontrarse en ese lugar – informó
el hada de aura lila. Los seres feéricos ya habían iniciado sus jornadas
laborales, y algunos parecían haberse enterado del incidente del experto en
arqueología submarina, por como miraban a la pareja e incluso le hablaban unas
pocas palabras –. Queda siete mil quinientos dos kilómetros al noroeste, así
que supongo que serían unas cinco a seis horas de viaje por aire, con tu
velocidad al máximo.
La luz del Sol ya impactaba de lleno, y eso
resultaba en otra de las señales que indicaban lo caluroso que sería este día.
Nadie que estuvieran observando llevaba mangas largas en los brazos, todos
andaban con calzado liviano y la mayoría con la cabeza cubierta. El calor era
algo permanente en el reino de Insulandia, dada su situación geográfica, y aun
en el “plano invierno”, las temperaturas no solían ser inferiores a los dieciséis
grados.
_Y ese lugar, Vinhaë o Templo del Agua, ¿qué
es, exactamente?,., quiso saber Eduardo.
_En los tiempos de la religión de las hadas
era un lugar dedicado al culto y tributo de nuestras divinidades acuáticas, que
regían ese elemento – empezó a explicar su novia y prometida – Allí se hicieron
plegarias, ofrendas y cualquier cosa que estuviera vinculada a la religión,
hasta el día de su ocaso, que en realidad fue algo gradual, y no súbito. El
Vinhaë fue construido en cuatrocientos días, once mil novecientos setenta y
cinco años antes del Primer Encuentro, como dije, como un lugar de culto.
Cuando eso finalmente se terminó, el lugar pasó a estar dedicado al aprendizaje
y la comprensión y todo lo relacionado no ya a la religión, sino a la ciencia.
_Parece prometedor e interesante., empezó a
convencerse su novio.
_Lo es., insistió Isabel.
El resto del trayecto hasta La Fragua,
5-16-7 transcurrió para la pareja atando
los últimos cabos que quedaban sueltos sobre la transformación involuntaria de
Eduardo en Cinco Arroyos, unas pocas sugerencias por parte del hada de la
belleza sobre lo que sería útil hacer en las prácticas y ensayos. Aunque lo
principal era concentrarse en la figura en cuestión (una persona del sexo
masculino o el depredador gigante), se debía estar relajado y calmado y pronunciar correctamente, con voz
clara, la “palabra mágica” – Transfiguración o Transformación –, mientras se
pensaba en ella. Como la forma natural de Eduardo era acuática, aquel debía
estar en dicho ámbito, para que los resultados de la práctica fueran los
esperados. También sería clave la propia energía vital (que las hadas conocían
como “Wo.Ga.”) del sujeto: cuanto más poderoso fuera este, más sencillo le
resultaría transformarse y volver a la normalidad. En el caso de Eduardo habría
que estar atento a todo, ya que, como cualquiera otra de sus técnicas y
habilidades, las estaba aprendiendo, aunque muy bien y en muy poco tiempo, ya siendo
un adulto, aún las más básicas, como la telequinesia o el vuelo. Todos los
seres feéricos femeninos y masculinos, por igual, aprendían a hacer uso de todo
eso casi al mismo tiempo que a caminar, alrededor de los dos y medio a tres
años.
_Ahí es cuando volvemos a lo del Vihaë –
indicó Isabel, ya andando sobre La Fragua – El material que hay allí, incluidos
los libros, seguro que van a poder explicar por qué pudiste dominar todas tus habilidades
y tus técnicas en tan poco tiempo…¡hola!., exclamó de pronto, saludando a dos
figuras que corrían hacia ellos.
Kevin y Cristal avanzaban por la calle y, a
juzgar por las expresiones faciales, que combinaban preocupación con temor, ya
se habían enterado del incidente que protagonizara el experto en arqueología
submarina. “¡Estás a salvo!”, se alegraron los dos.
FIN
--- CLAUDIO ---
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