viernes, 5 de enero de 2018

8) El tiburón gigante



El megalodón estaba entre los cinco o seis depredadores más aterradores, feroces y grandes de todos los tiempos a nivel planetario, y ninguna forma orgánica que viviera bajo el agua, sobre todo en los grandes océanos y mares, podía considerarse segura y a salvo si para este animal enorme llegaba la hora de comer, algo que pasaba no menos de siete veces al día, ni siquiera los seres sirénidos. Su fuerza y resistencia eran tales que, si la colisión se daba, podía dañar e incluso perforar el casco de los enormes buques transoceánicos. No eran pocas las personas ni pocos los textos que lo ubicaban en el primer puesto de aquella lista de superpredadores. En el agua, era la especie animal dominante y ningún otro depredador, ni siquiera los cocodrilos gigantes u otras especies de tiburones, podía hacerle sombra.  Pero los megalodones de este mundo, cuya existencia se remontaba a los inicios de la actual era geológica, puede que aun antes de ese inicio, eran diferentes a los que figuraban en el registro fósil terrestre. Para empezar, aquí no estaban extintos. En este planeta, estos gigantescos peces cartilaginosos, en su adultez plena, podían alcanzar los treinta y un metros de largo, superando por cuatro al tiburón blanco – harían falta cuatro de estos en fila para igualar esa extraordinaria longitud –, seis punto cuatro de alto, desde el vientre hasta la punta de la aleta, y un peso de sesenta y una toneladas. Dimensiones así y ese tonelaje hacían que esta formidable bestia, a la que se tenía como un monstruo malvado en todos los tiempos del “Período de Organización”, requiriera de grandes cantidades de alimento a diario, alrededor de mil ciento treinta y siete kilogramos (los estudios habían determinado una dieta de mil ciento treinta y seis punto noventa y dos), de lo que sea que hubiese en “sus dominios”. Para ello contaba con un arsenal de doscientos ochenta y ocho dientes de diecisiete punto dos centímetros de largo dispuestos en media docena de filas: tres en el maxilar superior y tres en el inferior, con veinticinco y veintitrés dientes en cada una, en ese orden. Tan grande era que únicamente sus mandíbulas tenían un metro con ochenta centímetros de ancho, lo suficiente para tragar de un solo bocado a una sirena o a un tritón, o para ingerir alrededor del ochenta por ciento de un tiburón blanco. No eran muy precisos los datos e información sobre este gigante depredador, fuera de sus dimensiones, peso, dieta y alguno que otro dato menor, y no porque no hubiera voluntad ni ganas de hacer esas investigaciones, sino porque cualquiera que se acercara a uno de estos animales, o a varios (a veces, los megalodones andaban en grupos de hasta ocho componentes), corría serios riesgos. Las hadas y los seres sirénidos trabajaban en conjunto para estudiar a los depredadores marinos gigantes (tiburones, cocodrilos, calamares…), y los avances logrados en ese campo eran, aunque alentadores, insuficientes.

En el planeta de los seres feéricos y elementales no habían ocurrido en ninguna de las eras geológicas una extinción masiva o más por ninguna causa, por lo que la evolución y adaptación habían sido constantes y seguido su camino desde el primer momento de la existencia de los vegetales, fungis y animales (y elementales), volviéndose más sofisticadas y preparadas para la supervivencia. En el caso de los megalodones, de los que actualmente había, se creía, siete mil quinientos ejemplares en todo el mundo, adaptados a casi todos los climas, excepto los fríos polares, extremos, la evolución los llevó de ser simples animales  que se alimentaban de plancton y peces verdaderamente pequeños a superpredadores, los más temibles en el agua, y posiblemente del mundo como un todo, en el curso de cuatro mil millones y quinto de años, toda o casi toda la historia geológica del planeta, capaces de alcanzar grandes velocidades que, con las condiciones apropiadas y aun con las sesenta y una toneladas, podían trepar hasta los ciento diez kilómetros por hora. Arriesgando sus vidas en cada intento, feéricos y sirénidos habían desarrollado a lo largo del tiempo lo mejor que pudieron las investigaciones sobre este animal feroz, pero seguían sin ser suficientes. Los datos más recientes, por ejemplo, sugerían que los megalodones habían sufrido una merma en la tasa de natalidad del quince por ciento en los últimos cuatro a cuatro punto cinco siglos, quizás a causa de cambios geológicos, climáticos y la competencia con otros depredadores acuáticos (seres sirénidos incluidos) por el territorio, por la comida o por ambos. En ese mismo período de tiempo, además, había estado reduciéndose la cantidad de huevos en cada puesta, pasando de ocho o nueve, según la zona del globo, a no más de siete.
Así y todo, sería el animal más feroz hasta su extinción total.
Siendo la más mortífera fuerza en el agua, tan solo las sirenas y los tritones tenían alguna oportunidad contra ellos, aunque harían falta al menos siete u ocho seres sirénidos adultos y experimentados contra un megalodón, y solo contra uno. Armados con lanzas de entre una y cuatro puntas, efectuaban movimientos más o menos elaborados para (intentar) ahuyentarlos, y si eso no diera resultados, lo que pasaba en el ochenta por ciento de los casos, los sirénidos atacaban, arrojándoles esas armas a gran velocidad e invirtiendo los roles – las presas pasaban a ser depredadores –, o dejando que el megalodón, herido o muerto, quedara vulnerable y  a merced de sus congéneres u otros animales acuáticos. El problema para las sirenas y los tritones, también para los demás depredadores en el agua, incluidos otros tiburones y los cocodrilos gigantes, era que las escamas del megalodón eran en extremo resistentes al daño, y eso hacía que tuviera muy pocas posibilidades de resultar herido, leve o gravemente, cuando se veían atrapados en alguna situación de peligro. Esas escamas eran otra de las formidables armas y, como lo sostuvieron ayer y sostenían hoy los biólogos marinos, “El único animal acuático que tiene oportunidades contra un megalodón es otro megalodón”.

También representaban un problema a tener en cuenta cuando uno de ellos quedaba varado como consecuencia de las crecidas en el nivel del agua o repentinas olas grandes que avanzaran tierra adentro. Con sus más de sesenta mil kilogramos de peso y su fabulosa capacidad para sobrevivir fuera del mar o del océano por hasta noventa y seis horas, además de poder dar dentelladas mortales en la superficie terrestre, la tarea de devolverlo a su hábitat natural era más bien compleja y muy peligrosa. Aun descartando su enorme y aterradora mandíbula con doscientos ochenta y ocho dientes, el megalodón podía fácilmente destrozar todos los huesos y órganos a coletazos o con golpes de su cuerpo  a cualquier individuo que no se hallara a una distancia prudencial. Esos golpes literalmente mortales con la cola de alrededor de nueve metros y quinto o el cuerpo eran una forma adicional de defensa y ataque, y de verdad que representaban un serio peligro para las hadas y seres sirénidos, desde que decidieran hacer esos estudios a fondo sobre este poderoso animal. Y también lo eran cuando había que devolverlos al agua, o de eso hacer el intento. La última, quizás una de las peores jamás ocurrida, había tenido lugar en una playa subtropical en el continente Alba del Este, al que los megalodones hembra llegaban cada año para desovar. Siete personas habían muerto a causa de incontables heridas y huesos vueltos fragmentos, mientras trataban de devolver una hembra adulta, de nos veintiocho metros de longitud y veintinueve toneladas de peso, al agua. Un solo coletazo había catapultado a cuatro de los expertos a varios metros de distancia – uno, además, tuvo la desgracia de fracturarse el cráneo y el cuello contra una roca – a todos destrozándole la mayoría de los órganos y el esqueleto con esa sola acción, en tanto los otros tres morían aplastados casi al instante, cuando la formidable cola volvía a posarse sobre la arena.

_¿Y dicen que estos animales además desarrollaron un comportamiento social complejo?.
Eduardo estaba decididamente desconcertado. Esperando a que Isabel al fin hubiese terminado su equipaje, pasaba el tiempo leyendo un libro titulado “Grandes depredadores marinos”, que había pedido prestado en la Biblioteca Real, y descubierto que el megalodón encabezaba todas las listas. Era el más grande, el más rápido, el más resistente y el más aterrador. Varias ilustraciones e infografías acompañaban los extensos textos.
_Si, así es. Fue una sospecha hasta hará cosa de una década – contestó el hada de la belleza, desde dentro de la habitación –. No nos dimos cuenta de lo que significaba hasta que un tritón nos contó como había oído a un megalodón  joven haciendo vocalizaciones. Si, eso dije, vocalizaciones. Lo estaban persiguiendo dos tiburones blancos.
_¿Estaba pidiendo ayuda?., preguntó Eduardo, conservando el tono sorpresa.
_Si, y la consiguió. Apareció todo un grupo compuesto enteramente por adultos y acabaron con los tiburones blancos en un parpadeo, según el relato del tritón. Los despedazaron y convirtieron en su menú.
Fue en ese momento – continuaba hablando Isabel, en lo que demoraba en arreglarse – que las hadas decidieron encarar un nuevo estudio, para determinar hasta que punto había llegado la evolución social del más temible de los depredadores. Con un gran esfuerzo, mucho tiempo y los hombres más valientes, que hicieron el seguimiento, los seres feéricos y sirénidos descubrieron que esos megalodones que andaban en grupos de ocho componentes podrían formar una familia, o algo muy parecido a una, en que los mayores iban a la cabeza, protegiendo a la generación más joven (de siete animales, solo cuatro llegaban a adultos plenos) de cualquier amenaza. La sola presencia de las enormes bestias bastaba para intimidar y asustar. En un trabajo que se había desarrollado durante meses, los investigadores quedaron asombrados como pocas veces antes, al haber podido diferenciar seis vocalizaciones emitidas por estos superpredadores, por los jóvenes y adultos, y como los receptores acataban a los emisores. Dedujeron que se trataba de vocalizaciones para pedir ayuda, los machos adultos haciendo las llamadas de apareamiento, coordinaciones para atacar a presas de su mismo tamaño o similar, peleas entre el animal que reclamaba el liderazgo del grupo y el macho alfa, señales que advertían de la cercanía de un peligro y una curiosa vocalización que significaba que había que marcharse. Aun siendo el depredador más temible y poderoso, el megalodón no era invulnerable.
_No caímos al instante en la cuenta de lo que todo eso significaba, y nos llevó bastante asimilarlo – agregó Isabel, ya lista y preparándose para dejar el dormitorio –. Hoy estamos reconociendo que ese comportamiento social complejo y las vocalizaciones bien pueden ubicar a los tiburones gigantes en la selecta lista de “animales inteligentes y socialmente avanzados”.
_Fascinante., opinó (se emocionó) Eduardo, al tiempo que asía la bicicleta con la mano izquierda, usaba la diestra para abrir la puerta que daba a la calle, pues los dos ya estaban listos.

Era el último día del mes de Mayo  - Tnirta número once, en el calendario antiguo de las hadas –, un viernes a las dieciocho horas con cincuenta minutos, y la pareja estaba empezando estas mini vacaciones que iban a extenderse durante el fin de semana. Se irían de campamento a aquel bosque que Eduardo divisara al poner los pies en la arena. Sería tal cual este divertimento como lo hacían todos los seres feéricos, una de sus costumbres más antiguas. Dormirían en una carpa y al amparo de los frondosos árboles, se procurarían el alimento con cualquier comestible que a su paso encontraran (frutas en los árboles, tallos tiernos, raíces, néctar…) y usarían el arroyo que había allí cuando requirieran de agua. El curso era tan puro (purísimo) que la podrían usar para lo que quisieran.
Concluía un mes muy complicado en el reino de Insulandia, y muy complicado por donde se lo mirara. Aunque las reconstrucciones y restauraciones continuaban durante todo el día y la noche, no marchaban todo lo rápido que los seres feéricos esperaban. Aunque había voluntad, y de sobra, no alcanzaba únicamente con eso. El personal abocado a las tareas era apenas suficiente, aun con los tres cuartos de millón de hadas que arribaban cada día desde fuera de Centralia, estas habiéndose ofrecido como voluntarias, y unos pocos recursos, que bueno que no los que más necesitaban, estaban, sino justos, escaseando. Uno de los pocos aspectos alentadores y positivos que podían detectarse, cuando no el único, y era algo que alegraba sobre manera al común de los feéricos y elementales, era que parecían haber dejado de florecer las piras ardientes aquí y allá en el reino de Insulandia y otras partes del continente centrálico, esas que eran consecuencia de las miles de hadas que no habían corrido con suerte durante la Gran Catástrofe (había, sin embargo, cuatro mil setecientas cincuenta que estaban desaparecidas, y desde el Estado insular se destinaban grandes recursos para su búsqueda). Aunque todo el mundo trataba de aparentar normalidad y serenidad, se notaba a la legua que por mucho tiempo tendrían que vivir y convivir con estos tristes recuerdos en todos los aspectos de su vida.  Desde el estado y el sector privado continuaban trabajando como nunca para revertir esa situación y el Consejo Real, por nombrar uno de los casos alarmantes, estaba sobre exigido, tanto como lo hubo de estar un siglo atrás. Era algo que se daba en todas las oficinas, el de tener ahora una atención las veinticuatro horas y en ellas, como en las demás reparticiones públicas.
A mediados del mes, Eduardo había empezado a trabajar en el Museo Real de Arqueología, dependiente este del Consejo de Arqueología y Genealogía, y aunque a lo largo de esta quincena no había hecho más que interiorizarse acerca de como era el trabajo en ese museo y las labores de los arqueólogos en este mundo, las grandes tareas empezarían el tres de Junio (Tnirta número catorce): era algo vinculado con la arqueología submarina y no dudó un instante en contestar afirmativamente a la propuesta del director sobre ocuparse de este asunto. Estaría ocupado inventariando los materiales recientemente recuperados de una exploración cuatro mil cuatrocientos cuarenta kilómetros al sur-sureste de la Ciudad Del Sol, lo que además le sería útil para conocer una parte de e interiorizarse acerca de una parte en particular del pasado de Insulandia. No era para Eduardo (ni para nadie) algo del otro mundo, tan solo catalogar las piezas recuperadas. Y era mucho lo que había por hacer, lo que indicó que esta tarea recién podría estar concluida a finales del mes. A Eduardo le habían ofrecido la posibilidad de formar un grupo que lo acompañara y diera una mano en el trabajo, y no dudó en proponer aquellos tres nombres que de inmediato aceptaron. Todos allí harían lo mismo que Eduardo, que los observaría y guiaría (eventualmente, corregiría) a lo lardo del mes, aunque cada uno haría aquello por lo que destacaba, laboralmente hablando. Allí estaría Isabel, cuyos conocimientos arqueológicos, tan desarrollados como los de su novio, serían la mejor ayuda, además de portar sus conocimientos sobre las disciplinas de la arqueología local; y Kevin y Cristal, que a lo largo de los últimos días habían estado llevando a cabo este cambio en materia de trabajo – al final, habían descartado la idea de mudarse a ese caserío de nombre El Rojo –. La hija menor de Wilson e Iulí estaría a cargo del campamento médico, siendo de ese grupo de cuatro la experta en temas médicos, y Kevin tendría la responsabilidad, gracias a su destacada fuerza física, de remover los escombros y pesadas rocas que podrían resultar luego de las excavaciones complementarias, que podrían darse, y levantar las piezas más grandes, siempre con sumo cuidado. Cerca de ese yacimiento en la costa, al que los cuatro ya habían visitado en un par de oportunidades, había un caserío, de modo que en este se podrían abastecer de alimentos, suministros médicos, por si ambos se llegaran a  terminar, y cualquier cosa que les hiciera falta. También vivirían allí, en una hostería, durante el tiempo que dudara su trabajo, porque este, por muy poco realmente, no era un esfuerzo de veinticuatro horas.
_Cuando quieras., avisó finalmente el hada de aura lila, apareciendo en la sala, con todos los modales de una dama, y cerrando la puerta del dormitorio.
Allí estaba ella, tan atractiva como de costumbre, y con la expresión de felicidad de todos los días. “Algo liviano”, había dicho en la cena de anoche, pensando en estas altas temperaturas que dominarían sin rivales durante la semana, y hubo de cumplirse tal cual.
_Vamos., se alegró Eduardo, reafirmando eso de que, cuando ambos empezaran su nuevo trabajo, no dispondrían de mucho tiempo para distenderse.
La puerta se cerró tras su salida y fueron al ambiente en el extremo lateral delantero de la propiedad, donde tomaron la bicicleta. Arrancaron teniendo como destino inmediato la puerta espacial de Barraca Sola, que reduciría a nada el tiempo del viaje.

Cinco Arroyos, como se llamaba aquel bosque en la región sur del reino – por la media decena de cursos que serpenteaban dentro de su inmensa superficie, de más de diez mil kilómetros cuadrados –, continuaba siendo un lugar tan tranquilo como hermoso, reluciente y magnífico, aun habiendo sido azotado de lleno por la Gran Catástrofe. Los relatos que llegaba a diario a la capital de parte de las hadas y otros seres elementales son hacían otra cosa que confirmar algo que ya se encontraba en la boca de todos, que el enorme bosque estuvo ayer y estaba hoy rebosante de vida de los reinos fungi, vegetal y animal, sobre todo el vegetal. En el momento en que Eduardo e Isabel estuvieron en sus límites, allí donde lo bordeaba un camino empedrado, no dudaron en sentirse extasiados y maravillados con la semejante belleza que les aguardaba. “Que lo disfruten”, les deseó un empleado del Consejo de Parques Reales (C-PR), después de que dejaran la oficina de aquel. Como el bosque Cinco Arroyos era un área protegida, había ciertas formalidades que cumplir antes de ingresar a él. En el caso de las personas que iban a estar allí haciendo un campamento tenían que consignar en una planilla sus nombres, números personales, lugar de residencia y el plazo por el que iban a permanecer en el lugar, además de pagar doscientos soles per cápita por cada uno de esos días. Todo lo recaudado se usaba luego en la conservación y el mantenimiento de esa belleza natural enorme.
_De verdad que es hermoso., volvió a afirmar la hermana de Cristal, alzando la vista después de desmontar, concentrándose en los rayos solares que lograban traspasar esa gruesa capa verde que se extendía sobre ambos.
_Y que lo digas., coincidió su novio, sintiendo en los pies lo suave que era el suelo, detectando que debían haber en el no menos de diez centímetros de césped, tal vez mezclado con otras especies vegetales.
Lianas más extensas o menos, ramas y hojas de todos los tamaños, plantas enredaderas y helechos que trepaban sobre cualquier cosa que encontraran (troncos, mayoritariamente) o se arrastraban por el suelo arbustos con y sin flores y no menos de una docena de tipos diferentes de césped, con todas las tonalidades del color verde habidas y por haber, tranquilamente podrían representar en conjunto, pensaron los campistas, el ochenta por ciento de las formas de vida de Cinco Arroyos. De hecho, eran tantas las especies que la vista se dificultaba más allá de cierta distancia, porque ese verde parecía formar, y de hecho lo hacía, muros naturales, más espesos en algunos lugares y menos en otros. “Por eso el empleado nos prestó esto” – reconoció Eduardo, tocando suavemente ese cuchillo largo que a llevaba ceñido a la cintura –, “para casos como este”. El bosque era tan denso que la pareja probablemente se tuviera que abrir camino con este método un tanto rudo hasta encontrar un lugar adecuado para acampar.
No solo las formas de vida del reino vegetal eran las que abundaban. Varias decenas de aves, cuando no varias centenas, se escuchaban allí, sobre o entre las ramas de todos los árboles o en el suelo, hurgando el césped en busca de comida. Había también reptiles, como por ejemplo esa serpiente más interesada en trepar por la rama que en alimentarse o concentrar sus ojos en la pareja, mamíferos pequeños que se movían entre los arbustillos y arbustos, e insectos, de los cuales algunos eran el “menú” de las aves. Las vocalizaciones de los animales, el movimiento más o menos pausado de las copas y el césped, los rayos solares de los últimos momentos de la tarde, aquella melodía pausada proveniente de un lugar cercano al camino – era una interpretación musical que los gnomos solían hacer al concluir sus actividades del día. Y allí iban ellos, camino a su madriguera –, el clima realmente agradable y el fluir del agua en un curso cercano convertían al bosque en un lugar bucólico, prístino. Cualquiera se sentiría extasiado y maravillado estando allí, sin que importaran el motivo de la visita y el momento del día. Eduardo e Isabel no podían dejar de enfocar sus ojos en todas las direcciones, porque todo en Cinco Arroyos valía la pena.

_Este es uno de los lugares más esplendorosos de Bahía Rocosa de la Bella Vista. Diez mil noventa y tres kilómetros cuadrados en los que todo vale la pena, aun lo más insignificante – insistió el hada de aura lila, mirando embelesada un nido a baja altura, donde tres pichones reclamaban el alimento (pequeños insectos) a sus padres –. Estuve decenas de veces, por trabajo y por divertimento. Y cada vez que vuelvo lo sigo viendo muy bonito, tranquilo y agradable. Es exactamente lo mismo que me pasa en relación al parque La Bonita. Cualquiera que venga a este lugar siente lo mismo que yo.
_Voy a asumir que eso es cierto – pensó Eduardo, repasando el entorno con la vista, convenciéndose de aquellas palabras más y más a cada segundo que pasaba –. Es más, no se si estaré escuchando bien, pero hay voces no muy distantes, y esa gente está acá por lo mismo que nosotros… ¡uno menos! – su “aplauso solitario” en el aire había significado el fin de la existencia de otro mosquito –. ¿Podés escuchar lo mismo?.
_Tal cual.

Desde aquel día de Abril en que de parte de la reina insular recibiera el don del agua y todos sus poderes – “Fuiste bendecido”, le decían los seres feéricos en todas partes. “Lo fui”, terminaba por reconocer el, después que hacía las demostraciones – Eduardo descubrió que sus sentidos se estaban volviendo, gradualmente, más agudos y refinados. Sus reflejos, por ejemplo, se ponían a prueba cada vez que el entrenaba, para refinar sus poderes.  Isabel lanzaba al aire varios objetos, de a uno o de a varios, a diversas alturas y con distinta velocidad, y el arqueólogo los destruía lanzando pequeñas descargas de energía (rayos que salían del extremo de los índices o de ambas palmas), su efectividad en estos casi dos meses había pasado de poco menos del cinco por ciento, algo comprensible y que se justificaba dada su completa falta de experiencia, a más del cincuenta, y las hermanas de aura lila y Kevin,  que solían turnarse para ser los instructores, sostenían que, con ese ritmo, la efectividad podría llegar al cien por ciento en dos o tres meses, no más que eso. La telequinesia era otro de los sentidos en los que más de evidenciaba la mejoría. No era tanto por la cantidad, sino más bien por la calidad. A comienzos de su nueva condición, el novio de Isabel podía únicamente mover objetos que no superaran un determinado peso y por distancias no mayores a los cuatro o cinco metros – habitualmente, había practicado, los rimeros días, en la sala de su casa –, pero con el correr del tiempo fue tal el avance que ese poco peso y distancia corta se transformaron en recuerdos. Esta mañana, en el último ensayo, Eduardo había podido mover un pesado tronco de un quinto de tonelada a siete metros del suelo  (su primer intento no fue mayor a los veinte centímetros) entre un extremo y el otro de esa calle donde estaba su casa, la Fragua. También la visión remota, el habla, la telepatía, el tacto, el olfato y el gusto se habían duplicado en estos casi dos meses, los ojos se le adaptaron para ver en la oscuridad por las noches, además de haberse vuelto más agudos, y el oído era capaz de escuchar y diferenciar toda clase de ruidos, sonidos y voces que se encontraran a una cierta distancia, la cual era la clave para la nitidez.
_Mi sentido de la audición atraviesa su mejor momento, Isabel – insistió Eduardo, ahora además del oído enfocando la vista hacia ese punto en la distancia. Había personas allí –. Creo que son cuatro personas, dos hombres y dos mujeres. Tal vez sea una familia, e imagino que están en Cinco Arroyos por lo mismo que nosotros, por las cosas que escuché y escucho. ¿Mi oído y otros sentidos pueden seguir creciendo en sofisticación, o van a alcanzar un tope en algún momento?.
En la bifurcación unos metros más adelante, tomaron el desvió que se internaba en lo profundo del bosque. De seguro allí encontrarían uno de esos claros de los que Isabel había hablado; áreas más o menos grandes despejadas de árboles y arbustos en las que el espacio libre era el suficiente como para armar una carpa. Era en este instante, cuando el día le estaba dejando su lugar a la noche, que la vista del arqueólogo era puesta a prueba. De a poco, ese sentido, como los otros, estaría a la altura de cualquiera de las hadas.
_No tenemos una forma para saber eso. No en tu cao, sino en el de todos – aseguró Isabel, caminando a su izquierda –. Es más, esa es otra de las cosas que vas a tener que descubrir por vos mismo. Eduardo, yo pienso que esas capacidades sensoriales te asombran tanto porque no eras esto que sos ahora, un ser feérico. Para mi o cualquiera otro esas capacidades no son anda del otro mundo. En poco tiempo, como los dos dijimos ya varias veces, va a ser algo corriente.
_Te tomo la palabra – aceptó Eduardo, pensando que había un logro que sobrepasaba a la vista, el oído y los otros sentidos –. ¿También pueden ser algo normal las proezas que puedo hacer con el agua, por llamarlas de alguna manera?.
_En gran parte, no. Las hadas que pueden hacer las cosas que hacés vos merecen que se las describa como privilegiadas, Eduardo. Son pocas las hadas del agua, que yo sepa, cuyo don da para tanto.
La rapidez y facilidad con que el novio de Isabel (el habitante feérico número mil doscientos doce millones cincuenta y tres mil ochocientos noventa y nueve, tal cual figuraba en su Carta Personal, según el error cometido hace casi un cuarto de siglo, por el cual se hubo de omitir esa cifra), había aprendido a dominar y ejercer el control sobre su don no dejaba de asombrar a nadie que hubiera leído o escuchado algo, lo que fuere, acerca de esas hazañas.

De esas “proezas”.

Aun las hadas del agua más experimentadas y poderosas requerían de mucha práctica y muchos ensayos antes de poder ejecutar una o más de esas cosas. Aun a ellas les demandaba sacrificios enormes y concentraciones prácticamente totales.  Pero lo que Eduardo había logrado en estos casi dos meses podía compararse a lo que esas hadas poderosas y experimentadas ejecutaban después de años y años. Su caso era llamativo, además, porque se trataba de un individuo ajeno a la raza feérica que a mediados de Enero había llegado a este mundo, a un planeta cuya existencia hubo de desconocer hasta ese momento. El hecho de que un ser humano fuera bendecido con el don del agua al transformarse en un hada más ya de por si era un hecho muy llamativo, tanto que unos muy pocos apostaban que en el futuro el nombre de esta persona figuraría en los archivos históricos insulares. Y si a eso había que añadirle que a este individuo masculino fuera capaz de dominar y controlar el don del agua (uno de los principales y más poderosos) en un tiempo fenomenalmente corto… Eduardo era debido a eso un hombre popular y famoso. Por esos logros y por la valía que estuvo demostrando a diario, especialmente aquella oscura jornada de la Gran Catástrofe. Aun con esa valía, era ahora el don del agua lo que lo hacía destacar.
Eran realmente pocas las hadas del agua – cuatro o cinco de entre sesenta o más, indicaban algunos cálculos – que podían elevar en aire más de veinte mil litros de agua, a varios metros del suelo, de un río, formar con ellos una esfera perfecta y a esta arrojarla contra una vivienda en llamas en las afueras de la Ciudad Del Sol, con ello salvando la vida al matrimonio que hubo de quedar atrapado, y volviéndose acreedor de una merecida ovación por parte de los testigos. Tampoco eran muchos los seres feéricos que podían hacer que el agua en un arroyo fluyera al revés (Eduardo lo había conservado así por exactos cinco minutos, superando al promedio vigente, que era de dos y tercio), que pudiera crear figuras con tanta complejidad con el agua a esta llevándola a no menos de un metro en el aire o que pudiera permanecer de pie sobre la superficie líquida, sin moverse o en movimiento. Había, al mismo tiempo, cosas que no podía hacer, como dividir las aguas de algún curso o espacio, pero el y los que lo conocían sabían que era cuestión de tiempo para que ocurriera lo contrario.
_En ese aspecto superaste los pronósticos, todo lo que la reina y el Consejo esperaron de vos cuando decidieron que lo mejor para tu porvenir en este mundo era otorgarte el don del agua y todos los poderes y habilidades – dijo Isabel, que nuevamente quiso aclarar –. Es el tiempo lo que va a decidir en que va a beneficiarte todo eso, y a los demás. Por lo pronto, ya tuvimos una muestra; cuando apagaste ese incendio trasladando vía telequinesia alrededor de veinte mil litros de agua. Hay con eso otras dos personas que te deben la vida. Y eso nos hace suponer que es solo el inicio, hablo de lo que esperamos de vos a todos los plazos.
_¿Tendré algún futuro destinado a la gloria? – llamó Eduardo, detectando al fin un lugar que podía ser el indicado, unos doscientos metros por delante, siguiendo el camino –. Estoy perfectamente bien así, no necesito otra cosa, y no es que no tenga más ambiciones, ni deseos de tal o cual desarrollo. Quiero decir, si existiera algo allí adelante, bienvenido sea, pero…
-… preferís no desearlo, supongo. De nuevo, volvemos al factor tiempo – interrumpió su novia –. Pero también supongo que lo mejor es dejar todo eso de tu futuro y lo que esperamos de vos para otro momento. ¿Te acordás de eso que en su momento dije, creo que fui yo quien lo hizo, que tanta información y tantos conocimientos de golpe podrían ser mucho más que contraproducentes, que era mejor soltar todo eso de a poco, ara que lo pudieras asimilar con normalidad?.
_Me acuerdo como si lo hubieran dicho ayer – contestó Eduardo –. Y creo que estás en lo cierto. Todavía no se cumplió un trimestre desde que recuperé el conocimiento. Y la cantidad de cosas sobre las que estuve aprendiendo e interiorizándome fueron muchas… y tiempo es algo que me va a sobrar… espero. Hay de todo y no tengo apuro. ¿En aquel lugar está bien?.
Señaló ese punto no tan distante, un área despejada de árboles y arbustos que tal vez tuviese una extensión de veinticinco metros. Con eso les sería suficiente.
_Ese lugar es perfecto., se alegró Isabel, y exclamando en silencio que pronto soltaría la pesada mochila que llevaba sobre los hombros.

Un fin de semana acampando en un bello escenario natural a casi dos largos y quinto – “largo” era una medida que las hadas usaban para sintetizar una distancia de mil kilómetros – era para ella una de las mejores alternativas para distenderse y descansar.
Al poner ambos los pies en ese espacio, cubierto por un “techo” con una maraña de ramas, hojas y varios tonos de verde, repitieron en voz alta el calificativo “perfecto”. Dejaron la bicicleta y sus mochilas en el suelo y rápidamente se dispuso el experto en arqueología submarina a desenvolver aquel paquete que parecía más bien un manojo mal armado con diversos retazos de colores discretos. Eso era en realidad una creación de la COMDE – Compañía Mixta de Desarrollos Especiales -, una tela desarrollada por prima vez hacía una década, totalmente impermeable y muy resistente al daño. Lo que la había hecho tan popular desde el primer momento, a parte del bajo costo para el consumidor, de solo ciento treinta y cuatro soles, era que se trataba de un material muy suave al tacto y liviano, y por lo tanto fácil de transportar. Eso, su resistencia e impermeabilidad convertían a esa tela (cuyo método de producción era un secreto bajo cuatro llaves) en un elemento indispensable para cualquiera que por uno u otro motivo fuera a permanecer l aire libre. En este caso, una pareja que por delante tenía cuarenta y ocho horas d un merecido descanso. Eduardo extendió la tela sobre el césped, otra vez confirmando que tenía veinte metros por veinte, y empleó la telequinesia para hacerla elevarse lentamente, y el e Isabel l aseguraron a la superficie con la decena de estacas metálicas (había huecos circulares en los extremos). En poco más de dos minutos estuvo lista la carpa, una estructura firme de seis metros de altura máxima y circunferencia de ocho, con forma cónica. Por dentro y por fuera conservaba los colores discretos, y era lo bastante espaciosa como para que los ocupantes `pudieran dormir con comodidad (no les molestaba en lo absoluto la idea de dormir en el suelo y sin cubrirse siquiera con una sábana) y moverse con libertad; ni siquiera les estorbaba el armazón metálico que daba a la carpa su forma cónica.
Una vez adentro, a poco de haber llegado las diecinueve horas en punto (del último día de Mayo), el par de campistas tomó sus mochilas, abrieron los cierres y esparcieron el contenido en el suelo. Allí había unas pocas prendas de ropa, un par adicional de calzado, algo de comida, una cocina en miniatura que funcionaba con aceite, un recipiente lleno con aquel elemento, dos pares de cubiertos (cuchillos, tenedores y cucharas), otro de vasos y uno más de platos, un cuarteto de botellas que contenían jugo de diferentes sabores (ananá, frutilla, ciruela y naranja) y unos pocos elementos para procurarse entretenimientos y pasatiempos. Allí estaban, por ejemplo, las fotografías familiares de Isabel y los juegos de ajedrez y damas de Eduardo, sus favoritos. Tampoco fue mucho lo que demoraron en ordenar todos los objetos, contra los bodes de la carpa, ni n asegurar la viga metálica en el punto central de la estructura, de modo que conservara la forma cónica.
_Quedó perfecta., opinó el hombre, contemplando la estructura por fuera.
La carpa, un orgullo de producción de la COMDE, había quedado muy bien armada y firme con esas diez estacas, y cuando se alejaron unos pocos pasos, hasta el límite del área despejada, descubrieron que el lugar del emplazamiento no pudo ser mejor. A poca distancia, posiblemente a unos cincuenta metros, estaba uno de los arroyos que daba su nombre al bosque, de cinco metros de orilla a orilla y seis de profundidad. Cuando hicieron el suficiente silencio, pudieron escuchar como fluía el agua y le daba suaves golpes a las pequeñas rocas y el césped un tanto crecido en ambas márgenes. Allí dispondrían de todo el líquido que quisieran, y para lo que quisieran. La ubicación también era perfecta porque no muy lejos había al menos dos árboles frutales, entremezclados con altas y frondosas coníferas, y una parra, que se enroscaba (y sofocaba) sobre el grueso tronco de otro árbol.
_Por esto te dije que en Insulandia los árboles frutales no son negocio para nadie, ni para el Estado ni para el sector privado – le recordó Isabel a su compañero de amores, en tanto cortaban algunos racimos y los ponían en un canasto. A ellos unos pocos animales se habían acercado y se comían las uvas que iban cayendo al suelo – Crecen por donde se mire en todos los rincones del reino, y aun unas pocas especies que no son tropicales. Es el resultado del cuidado constante del suelo y el entorno natural como un todo.
En ese aspecto – pensaba Isabel, en tanto decidían dar un pequeño paseo por los alrededores, para hacer una de las tareas más típicas del campamento: recolectar cualquier cosa que fuera comestible en una canasta –, las hadas nunca habían tenido que preocuparse por ni lamentar nada. Desde mucho antes del Período de Organización e incluso de la época del surgimiento de las primeras comunidades organizadas, comprendieron que tendrían que dar lo mejor para que el mundo en el que vivían no fuera a sufrir alteraciones negativas ni declives, ya que de eso dependían la supervivencia y el bienestar de las hadas y las otras especies que desde el primer momento formaron el reino elemental. Desde el inicio fueron estableciéndose pautas para el cuidado del medio ambiente y la naturaleza, que mejoraron y se complementaron con otras medidas en todos los plazos, e incluso se hubo de establecer la conciencia ecológicas como uno de los más fundamentales preceptos de las hadas, lo que lo enmarcaba como una bandera irrenunciable – “Si, esos nos sirven”, indicó Isabel  su novio, en referencia a los hongos (comestibles) que crecían junto a un tronco –. Por esa razón, las hadas desconocían lo que eran problemas tales como el déficit alimentario, la contaminación a gran escala en todos los ámbitos e incluso una pobre calidad de vida. Unas destacando más que otras, decenas de medidas y leyes apuntaron y apuntaban a evitar que esos problemas fueran una realidad, de las cuales las más conocidas, las principales, fueron ayer y eran hoy /y serían mañana, hasta que la raza feérica hubiese desaparecido) las que indicaban que se debía transformar cualquier resto orgánico en el polvillo que más tarde se usaba como fertilizante en el suelo, aquella que por cada árbol que fuera talado debían plantarse no menos de uno – en algunos países, el piso era de seis –, el que las fábricas u otras unidades productivas potencialmente peligrosas, como las de productos químicos y pirotecnia, debían estar emplazadas en lugares apartados; las plantas de tratamiento, clasificación y destrucción de residuos, popularmente conocidas como “TCDs”, de las que a nivel mundial había unas once mil trescientas setenta y cinco; el que las embarcaciones que prestaban uno o más servicios no debían superar los treinta o cuarenta años de vida útil, sin excepciones, según el servicio específico; y que en los lugares de concurrencia masiva, como los mercados centrales y los grandes estadios deportivos, tenían que ser particularmente estrictas las medidas de higiene y las de prevención de la contaminación sonora. Esas medidas y otras tantas que hubo ayer y había hoy convirtieron al medio ambiente en un lujo que jamás se había vendo a menos, ni siquiera durante la Guerra de los Veintiocho, y tan solo los grandes desastres naturales, como la Gran catástrofe, podían representar algo por lo que las hadas se tuvieran que preocupar.
_Miles de años, antes y después del Primer Encuentro, de incesante trabajo y denodados esfuerzos, lograron que el suelo sea así de productivo – sintetizó Isabel, ya en el viaje de vuelta a la carpa, con la canasta repleta de raíces, hongos y alguna que otra fruta tropical – Eso y la capacidad y el conocimiento de cualquiera de los expertos en disciplinas como la botánica, la agronomía y la silvicultura. Además, hacemos trabajos conjuntos con las otras especies elementales, que también obran por su cuenta.
_¿También los ilios?., quiso saber Eduardo, deteniéndose en el acceso para cederle el paso a su novia.
_En algunas cosas si y en otras no, y ese “no”, desafortunadamente, abarca la mayoría de los casos – contestó la hermana de cristal, entrando a la carpa y dejando la canasta en un rincón – Por eso en el Consejo EMARN y la Guardia Real dedican un especial atención a esos ciento diecinueve mil quinientos cuarenta y dos kilómetros y medio cuadrados del territorio insular, que es el veintidós por ciento de Iluria. Lo que hacen allí los ilios insume alrededor de ciento treinta millones trimestrales de las arcas del Estado. Muestran realmente muy poco reparo a la hora de cometer sus tropelías, y ese es otro de los aspectos que hacen que las hadas y los demás seres elementales no les tengamos demasiada simpatía ni demasiada confianza.
La bella hada de aura lila ya estaba preparando un recipiente metálico no muy grande y volcando en el varias de las raíces que habían recolectado. Eso, sumado a parte de los ingredientes que trajo consigo, resultaría en la cena. La prepararía afuera, sobre una parrilla diminuta (treinta por veinte centímetros) alimentada con hojas secas y pequeñas ramas.
_En lo personas, y aunque no alcance verdaderamente con haberlos visto una vez, cuando viajé para ver aquel hallazgo paleontológico – empezaba a rememorar Eduardo –… no me cayeron bien.

En la segunda semana de este mes que se terminaba había estado en Río de los Hermanos del Nueve de Mayo, la región noroeste del reino de Insulandia, para ver con sus propios ojos el descubrimiento de seis enormes huesos del que se informara en la sección de ciencias de El Heraldo Insular, sugiriendo la posibilidad de que se tratara de un herbívoro (lo era, de hecho; un saurópodo). En tanto estuvo allí, unos dos días, en un caserío cercano al sitio del hallazgo, Eduardo notó con facilidad como las hadas y otros seres elementales tenían que hacer un denodado esfuerzo atrás de otro por no responder ante cualquier movimiento sospechoso, como un rumor entre las matas o un sonido que cesara repentinamente. En el cuartel local del ejército insular, los guardias estaban más atentos que en cualquier otra parte del país, y la entrada estaba vigilada por un trío de granaderos, en tanto que un ballestero tenía el ángulo completo de visión desde lo alto de una atalaya. Allí fue que el jefe de la base le dijo a Eduardo que lo único que el y los efectivos del cuartel necesitaban eran las órdenes de Olaf y la reina Lili, y acto seguido atacarían a los ilios. No hizo falta alguna que el novio de Isabel se interiorizara acerca de las costumbres y tradiciones ilias para descubrir por si mismo si esos seres elementales eran buenos o malos. Le bastó con haberse cruzado con unos pocos durante aquella estadía y haber visto como se comportaban entre si, y la frialdad (y el desprecio, incluso) con aquel que miraban a todos los demás y les dirigían unas pocas palabras para llegar a una conclusión, y solo eso:
Los ilios no eran más desagradables porque no les alcanzaba el tiempo.
_La conciencia ecológica es algo que une a sesenta y cuatro de las sesenta y cinco especies que forman el reino elemental  - dijo Isabel, mientras volvía a salir de la carpa, para ir cerrando el tema sobre la gran productividad de los suelos insulares, el cuidado del medio ambiente que era su bandera irrenunciable, y los ilios, su intervención en este caso puntual –. Cada uno a su manera, pero todos hacen su parte, y ese es un trabajo de tiempo completo, sin duda alguna el más pesado y difícil de todos desde que cada una de las especies fue tomando conciencia de lo importante que serían la ecología y el medio ambiente para su éxito social y su supervivencia.
A tres metros de la carpa ya ardía la pequeña fogata con ramas y hojas secas – el arqueólogo había hecho los honores, lanzando una pequeñísima descarga desde la punta del dedo índice izquierdo –. y una rejilla metálica sobre ella aguardaba su momento de ser estrenada. Era completamente nueva, y ambos componentes de la pareja sabían que no duraría mucho en ese estado inmaculado. Con veinte minutos de cocción por delante, la comida estaría lista recién a las veintiuna horas en punto.
Y lo estuvo.
_¡Salud!., exclamaron al unísono, ingiriendo el primer sorbo de jugo de ciruela.
Alrededor del fogón, sentados sobre el suave césped, Eduardo e Isabel disfrutaron de un plato excelente. Por unos instantes pudieron quedar libres de todas las vivencias y apuros, de todas las complicaciones que habían vivido y protagonizado desde aquella tarde-noche del veintidós de Marzo (Nint número veintiuno, en el calendario antiguo), cuando empezara la Gran Catástrofe. L mayoría de los aspectos no habían sido positivos en sus vidas desde ese momento, y recién cuando el mes actual hubo de entrar en su última semana, al acceder al nuevo empleo y decidir hacer este campamento pudieron empezar a relajarse e incrementar su positivismo. El nuevo trabajo que empezarían ambos,  Kevin y Cristal el tres de Junio (Tnirta número catorce) era algo que de verdad les gustaba e interesaba.
_Menos mal que dijimos que estos dos días iban a servirnos para alejarnos de la rutina de todos los días, el trabajo incluido., ironizó Eduardo, al ingerir el último bocado de esa comida exquisita.
Era verdad que quisieron tomarse estos días para distenderse de todo y descansar, pero ya iban seis veces, desde que dejaran Barraca Sola, que por una razón u otra retomaban las conversaciones sobre sus temas habituales. Eran realmente pocas las hadas que se lograban distender por completo de su cotidianeidad, y Eduardo e Isabel no estaban entre esos casos.
_Eso es cierto – coincidió Isabel –, y ojalá lo pudiéramos hacer; no solo ahora, sino más veces en el futuro. Todavía no recuerdo la última vez que pude pasar veinticuatro horas o más alejada de todo… creo que nunca. ¿Querés hacer otra vez los honores? – ofreció, y Eduardo accedió. El novio apagó el fuego “transportando” dos finísimos chorros del arroyo cercano. Bajo la rejilla no quedó más que algún que otro resto humeante y cenizas –. Tampoco es ese el caso ahora.
Usó sus habilidades telequinéticas para llevar esos restos lejos de allí y esparcirlos en la arboleda – este material, aunque mucho menor que los orgánicos, también actuaba como nutriente – y un hechizo para limpiar la rejilla y el recipiente, además de transformar los restos orgánicos de la comida en el polvillo fertilizante.
_Tengo que aprender a hacer eso., creyó Eduardo.
_¿A cocinar?., se burló Isabel.
_Ay, no; eso no – contestó el hombre. Lejos de ser una broma, al arqueólogo no le atraía ni un poco la idea de preparar cualquier clase de comida. A ningún hombre feérico, en realidad. Y agregó, mientras con todos los elementos volvían a meterse en la carpa – Hablo de los hechizos. Si vi el material en la Biblioteca Real y los libros que tenemos en casa, pero tiene que haber otra manera.  No digo hacerlo a las apuradas, pero si del tiempo…
Había una colección de nueve volúmenes titulada “”Compendio Mágico 1, Hechizos”, que contenía treinta y seis mil doscientos setenta y nueve hechizos, ubicados en orden alfabético (cada volumen abarcaba tres letras del alfabeto) y también en una treintena de categorías.  Tanta era la información, tantos los detalles y las especificaciones, que el quinto volumen (letras M, N y Ñ), el menor de los nueve, era el que menos paginas tenía, con ochocientas cuatro.
_... allí es cuando una vez más volvemos a eso de que el exceso de información en muy poco tiempo te puede resultar contraproducente – continuó (completó) Isabel, dejando a un lado los utensilios y preparando las almohadas. Dormirían ahora, sin “intermediarios”, y mañana, bien temprano con la salida del Sol, darían el inicio a la nueva jornada – N O te preocupes. Con el tiempo vas a aprender de todo; el CM-1, en este caso. Parte de los hechizos implican el uso directo o indirecto del agua, así que eso va a serte sencillo.
  _¿Te parece?.
_Estoy cien por ciento convencida, considerando tu dominio más que asombroso sobre el elemento que da la vida.
_Supongo que si – reconoció al fin su compañero sentimental, que finalizado ese asunto avisó –. ¿No te importa si me quedo leyendo antes de dormir, o si?. Quisiera repasar este texto.
_Para nada – aseguró Isabel, con los ojos más pesados que de costumbre, a causa de sus dos días sin dormir –. Por mi parte, Eduardo, hasta mañana.

Eduardo corrió la lámpara que funcionaba con aceite por el entramado que mantenía a la carpa de pie, de manera que lo alumbrara únicamente a el. “Despertame si hago falta para algo”, fueron las últimas palabras de su novia, ya con los ojos cerrados y prácticamente sin moverse. Alumbrado por la tenue luz de la lámpara y los dos tonos de su aura (ambas destacaban en este ámbito nocturno), el hombre, luego de una indecisión breve, optó por aquel libro titulado “Grandes depredadores marinos”. Entre las cien especies que en el se describían, con lujo de detalles, figuraba el megalodón, ese gigantesco animal del que provenía su soporte adicional de energía. En la actualidad, algo plasmado en el libro (una invaluable ayuda para los investigadores marinos), ese animal encabezaba todas las listas: tamaño, peso, dimensiones, ferocidad y rapidez. En esto último solo lo superaban los grandes felinos, como leones y pumas,  pero ninguna especie que viviera en el agua era rival, más allá de otro individuo de su misma especie. Pero otro de los aspectos que hacía destacar a este auténtico “monstruo” por encima de los otros (presas y depredadores por igual) era su extraordinaria capacidad para hacer vocalizaciones, lo que era producto de un cerebro muy desarrollado. A la fecha, los seres feéricos y sirénidos habían identificado seis; dedujeron que se trataba de eso porque se hubieron de escuchar completamente diferentes a los acostumbrados rugidos y bramidos de los depredadores, casi como de palabras bien entendidas se tratara, lo que fue un indicativo para las hadas de que debían incorporar, sin dudarlo, al megalodón en la selecta lista de “animales socialmente inteligentes e intelectualmente avanzados”, que solo incluía a doce especies, de las casi catorce millones – faltaban ocho mil diez para alcanzar esa cifra – que formaban el reino animal. Aparte de eso, los megalodones habían desarrollado, y mejorado con el paso del tiempo, evolución mediante, un comportamiento social particularmente sofisticado, la otra de las claves que lo hacía figurar en esa selecta lista, lo que los ubicaba como la segunda especie marina o acuática más avanzada (infinitamente), por detrás de las sirenas y los tritones.
El megalodón más grande registrado hasta los días de hoy, que todavía sembraba el terror en los océanos, visto en las costas exteriores insulares a fines del año pasado, al sur del reino, había quedado varado en la costa, y treinta hombres experimentados fueron necesarios para devolverlo al océano, no sin que antes hubieran determinado en sesenta y una toneladas su peso, en treinta y un metros la longitud y en seis la altura. No habían podido conocer la velocidad de este ejemplar, porque se había sumergido extremadamente rápido, y todos los expertos en la playa terminaron heridos (uno fallecería dos días más tarde, a causa de sus múltiples costillas aplastadas). Haciendo comparaciones y cálculos, estimaron que tranquilamente podría alcanzar los ciento diez kilómetros por hora.

Peso y dimensiones inigualables, comportamiento social complejo, vocalizaciones diferenciadas – sonidos articulados que asemejaban a palabras – sin rivales más allá de otros de su especie… ¿podría, en un futuro muy (pero muy) distante, disputarle a los seres sirénidos el título por ahora indiscutible de especie dominante en el agua?. Si estas bestias eran incluso capaces de ejecutar ataques coordinados, de defender a su prole hasta que esta llegara a la adultez y de tener en su menú a los propios sirénidos…
“Quizás lo sean alguna vez” – pensó Eduardo, a la vez que bostezaba y entrecerraba los ojos, y esforzándose por completar el artículo sobre este depredador. A su lado, a la izquierda, Isabel ya se había quedado dormida –. “Y cuando llegue ese día… ¡que futuro adverso para los seres sirénidos!”.
El arqueólogo concluyó la lectura sobre el gigante depredador, abriendo los ojos con otra expresión de asombro, al leer el resultado de otra de las investigaciones – se sugería que el megalodón aumentaba uno punto veinticinco por ciento su inteligencia cada tres cuartos de siglo –, justo cuando cayó en la cuenta de lo cansado que estaba. Ni siquiera se molestó en cerrar el libro, que quedó abierto sobre su pecho, y apagar la lámpara a un lado. Ya lo haría por si misma, cuando se agotara ese poquito de aceite. “Mañana va a ser otro día”., pensó.
Lo poco de la luz de la Luna y las estrellas que podía traspasar la gruesa capa de hojas y ramas salpicaba pequeñísimas porciones de suelo. Las voces se habían ido apagando con el transcurso de las últimas horas del día y, como los vampiros no vivían por esta zona, y ellos eran seres elementales de hábito nocturno, los sonidos dominantes no fueron más allá de unos pocos insectos, animales y la clásica brisa de la noche. El claro con esa carpa solitaria donde dormían Eduardo e Isabel, ahora a oscuras, estaba sin movimiento alguno y en total silencio. Sin importar desde cual ángulo se observara, eso podría tranquilamente parecer una de las más conocidas escenas de una película cargada de suspenso e intriga.

… ¿o de terror?.

Silencio.

Tal vez las seis menos cuarto, o un poco más. Pero estaba amaneciendo, y las estrellas estaban en retirada. Había vuelto a escucharse el canto de los pájaros y la brisa matutina ya hacían sacudir a las hojas en los arbustos, el césped y cualquier cosa liviana que hubiera allí. El Sol ya había aparecido en la inmensidad y su agradable calor y luz amenazaban con perpetuarse en Insulandia hasta que llegara el último tercio del día. Uno de esos primeros rayitos había podido colarse por un minúsculo hueco e impactado en las delicadas facciones, delicadas y hermosas, de Isabel, haciendo que reaccionara apretando los párpados con fuerza y moviendo lentamente la cabeza. Pero no era eso lo que había hecho que despertara., sino el haber sentido unos suaves y reiterados golpes allí donde terminaba la espalda. “No ahora, Eduardo” – pensó, en tanto sentía como se le enrojecían las mejillas –, “está amaneciendo y nos podrían ver”. La insistencia de esos golpecitos había con el imparto del rayito solar, y en conjunto fueron la causa de que la hermana de Cristal empezara a despertarse del todo. Al abrir los ojos, descubrió todas sus pertenencias y las de su novio dispersas a su alrededor en el suelo, y la carpa estaba desarmada a una distancia mayor. Su primer e inmediato pensamiento fue que, aprovechando que ellos estuvieran dormidos, alguien pudo entrar a la carpa y tomado algo in permiso. “¿Habrán estado robando?”, se preguntó en silencio, observando las posesiones dispersas. En ese momento, todavía desconcertada por ese hecho, y aun ruborizada porque seguían los golpecitos al sur de su cintura, intermitentes, reparó en esa sombra grande que se proyectara en el suelo desde detrás suyo. Era muy grande, demasiado como para que Eduardo la provocara, así que se dio vuelta, y confiando en que a su lado vería a su compañero sentimental…
… se llevó el que sin dudas sería el susto más grande de su vida.
Lo bastante grande como para que se incorporara de un salto a la velocidad del rayo, desplegara sus alas y se alejara a una distancia prudencial, al límite del espacio despejado, en tanto el rojo del rubor le dejaba su lugar al blanco del susto, del miedo. Tal fue lo que encontró allí, que pareció haber perdido el habla e incluso la capacidad para hacer gesticulaciones. Quedó paralizada, sin poder hacer otra reacción más allá de pestañar y torcer levemente la cabeza, como tratando de comprender la situación. Incluso sus pensamientos parecieron bloquearse, asustada, atemorizada y (muy) preocupada por lo que veía.

Debió ver a su novio allí, aun dormido o, como ella, despertándose.
Pero no fue a su alma gemela a quien descubrió allí… al menos no del todo. Todos los seres feéricos, hombres y mujeres por igual, podían hacer eso, pero no así. No de manera involuntaria – eso tuvo que pasar, ese tuvo que ser el caso – y sin ninguna preparación previa. Eso, en cierta manera, revalidaba aquello de que Eduardo era capaz de alcanzar hazañas e hitos con un mínimo de conocimientos y prácticamente sin experiencia ni práctica, aunque ahora se trataba de algo ajeno a sus deseos e intenciones, lo que indujo a Isabel a pensar, mientras trataba de superar el enorme susto dando dos pasos hacia adelante, con la guardia en alto:
“Y si pudo hacer semejante cosa involuntariamente, ¿Qué no hará cuando se halle en pleno uso de conciencia?.
Isabel estaba ante una situación muy poco o nada frecuente, pero que cada vez que pasaba solía dejar heridos e incluso muertos, como ya lo comentara con su compañero de amores el día de ayer, mientras se preparaban para salir.
Un gigantesco y aterrados tiburón grisáceo de más de treinta metros estaba inmóvil o casi, en el mismo lugar en que se hallara Eduardo. Era un megalodón macho y adulto, que por como movía sus enormes aletas parecía estar haciendo enormes y agotadores esfuerzos por moverse hacia adelante, aunque de sobre sabía que ero era inútil, tal vez tratando de acercarse al arroyo e incluso sumergirse en el. Isabel se aproximó al inmenso depredador conservando una postura de defensa, ubicándose justo frente al ojo izquierdo del monstruo, y formulando el llamado:
_¿E… Eduardo?.
El megalodón hizo un único pestañeo, dando a entender que esa acción significaba que si, y confirmando su identidad, y dos pestañeos a la reacción corporal de Isabel, con la que claramente le quiso preguntar su tenía idea de como había pasado esto. Pero la hermana de Cristal sabía que no podría continuar sola con esto, y sabía lo que tenía que hacer. Se acercó cautelosamente al gigantesco animal una vez más y llamó, reiterando aquello de que un pestañeo era “si” y dos “no”.
_¿Sabés que no voy a abandonarte, cierto?.
El megalodón movió los párpados una vez, y la hermosa hada no pudo dejar de sentir un nuevo temor. Este animal tenía una sobrevida de noventa  y seis horas fuera del agua, y Eduardo lo sabía. Tal vez no se le notara, pero debía estar aterrado por eso, y ese terror se trasladaba a su novia. Había un plazo de cuatro días para ponerlo en su hábitat natural y tratar de resolver este problema acuciante y complejo. Aunque se tratara no de un animal marino sino de una persona que hubo de transformarse involuntariamente, el problema era el mismo.  No se podría lograr ningún avance si el “espécimen” permanecía sobre la tierra, y lo esencial e inmediatamente necesario – pensaba Isabel, que habiéndose ubicado sobre las copas más altas, lanzó al aire nueve descargas de energía, rayos de color lila, en diferentes direcciones – era ponerlo en ese ámbito en que los megalodnoes eran amos y señores prácticamente indiscutibles. Al final de todo, cuando el peligro y los problemas hubieran terminado, se ocuparían de averiguar el origen.

Apenas unos pocos segundos tras las llamadas de auxilio, Isabel obtuvo la respuesta. Cinco hadas guardianas del regimiento de lanceros, que formaban una patrulla, se acercaron al lugar y quedaron boquiabiertas y con los ojos como platos al descubrir la aterradora escena. El enorme tiburón de escamas grisáceas varado en tierra firme, cuya extensa cola se agitaba de un lado a otro, con la cabeza igual de enorme apuntando hacia el arroyo y las poderosas mandíbulas abriéndose y cerrándose lentamente. Eduardo estaba esforzándose por respirar en este ámbito que por primera vez le estaba resultando nocivo. “Necesitamos la ayuda de un médico”, observó el líder de la patrulla, en tanto uno de sus subordinados interpretaba eso como una orden y volvía a emprender el vuelo. Los restantes guardias e Isabel rodearon al megalodón, buscando como moverlo, orientarlo para que el trayecto al arroyo fuera en línea recta. El problema allí era que el menos una quincena de árboles, unos más grandes que otros, obstaculizaban el camino. Había que quitarlos del medio, y eso fue lo decidieron hacer otras dos de las hadas guardianas, en lo que el último par e Isabel recurrían a todo cuanto podían por ubicar correctamente  a Eduardo. Les era de consuelo saber que la conciencia y el discernimiento del arqueólogo no habían desaparecido y continuaban dominando e imponiéndose sobre la bestia – si fuera un megalodón de verdad las vidas de todos estarían seriamente comprometidas – El trabajo de “curación”, con eso, sería más sencillo.
Hubo varios casos (los hubo desde el surgimiento de la especie, o casi) en los que las hadas que se transformaban se veían obligadas a permanecer ene se estado por tiempo y causas siempre variables.  Esa exposición prolongada podía lograr que la conciencia, la lógica, las capacidades para pensar, razonar y el discernimiento se perdieran y quedaran opacadas por la forma natural, que era aquella de la que hubiera provenido la protección adicional que el bebé recibiera al nacer. El problema allí se incrementaba, ya que los socorristas tenían que lidiar con un animal o una planta “de verdad”, y antes de poder devolverlo a la forma normal, una persona, debían lograr que recuperara su personalidad, conciencia e identidad, lo que de por si era una tarea muy difícil que solo los mejores expertos del Consejo de Ciencias y del de Salud y Asuntos Médicos podían hacer. Previo a meso debían mantener al animal, la planta o lo que fuere alejado de todo peligro o amenaza que pusiera en riesgo su vida, y ese era otro problema. Lo fue ayer, lo era hoy y lo sería mañana.
La Gran Catástrofe había llevado ese temor a una nueva etapa: se creía que ciento cuatro hadas en diversas partes de Centralia (nueve casos estaban reportados en Insulandia) se habían visto obligadas a transformarse para salvar sus vidas y eso sin dudas representaría algo extremadamente alarmante y, por supuesto, peligroso. Había que hallar a esas hadas, mantenerlas a salvo y lograr que se recuperaran. El problema era múltiple y por varias razones. Podían estar en cualquier parte, podían estar heridas y dominadas completamente por su forma natural,  creyendo ser tales, y como tales luchando por su supervivencia, a su modo. Ninguna tendría grandes posibilidades. Pero, si hubieran perecido, no se las hallaría nunca o casi nunca – solo existían uno o dos “recuperaciones”, de entre cien casos, como lo indicaban los estudios – porque al morir lo hacían con esas formas. Era un final trágico. También era un grave problema si la forma natural dominante era un animal carnívoro, ya que la ingesta de alimentos supondría un riesgo progresivo y degenerativo para el organismo del hada en cuestión. Si lograban devolverla a su estado  original, la alimentación tendría secuelas e implicancias por tiempo indefinido. Había una forma para recuperarla, pero el tratamiento – a cargo del estado – demandaría alrededor de cinco o seis meses de aplicación, y a lo largo de ese período la persona se vería obligada a incorporar la carne a su alimentación, aunque en cantidades menores a medida que el tratamiento avanzara. El dominio de la forma natural era algo que a los seres feéricos les resultaba atemorizante, justamente por esa y todas las otras implicancias negativas.

Dos minutos más tarde estuvo de vuelta el guardián, acompañado por dos hadas médicas del puesto sanitario que había en otra parte de ese bosque. La situación continuaba siendo igual de apremiante, aun con esas pocas variaciones. Los restantes guardias habían podido abrir un camino en línea recta hasta el arroyo, derribando los quince árboles, con troncos de entre diez y treinta metros de alto – ya le harían saber a los trabajadores madereros donde podrían encontrar esta materia prima –, y apilándolos a un lado de la vía recién creada, en tanto su líder e Isabel se ocupaban de tranquilizar y calmar a la impresionante bestia. No importaba que fuera una persona en realidad; era en estos momentos un animal acuático, y para el era desesperante hallarse fuera de su ámbito natural. Le urgía volver a el y no podía hacer otra cosa más que agitarse en el suelo cual pez tras la captura por parte del pescador. El enorme megalodón daba uno atrás de otro los coletazos, haciendo que temblara el suelo, y movía a los lados su cabeza gigantesca, haciendo peligrar la vida de sus rescatadores – Eduardo estaba con pleno conocimiento de sus actos, pero no podía detenerse –, razón por la cual Isabel y el líder de la patrulla se vieron obligados a “dormirlo” administrándole un somnífero, que los guardias usaban cada vez que había algún ser feérico, otros elementales e incluso animales heridos que requirieran de tranquilidad y sueño para su recuperación. Con el monstruo calmado y prácticamente dormido, los guardias, el par de médicos y la hermana de Cristal, viendo el camino despejado, se concentraron en su primera e inmediata tarea.
Mover la mole de varias toneladas hasta el arroyo.
_Aun con todos ejerciendo fuerza al mismo tiempo va a costar trabajo – observó Isabel, en tanto ella y su media catorcena de congéneres empezaba a usar la telequinesia. Tenían la enorme fortuna de que el megalodón estaba dormido – Vamos a empezar ahora, ¿si? – les pidió, y respondieron con un gesto manual y otro facial – Muy bien. Entonces… ¡hacia el arroyo!.
Con sus brazos estirados hacia adelante en posición horizontal y los dedos extendidos, las ocho hadas se pusieron manos a la obra Desde ese primer momento tuvieron que recurrir a todo su poder para desplazar por la superficie las que tranquilamente podrían rondar las sesenta y una toneladas de peso. Eso supondría, tal vez, heridas leves o insignificantes para el monstruoso animal, pero no disponían de otro medio para moverlo (solamente eran ocho personas), y si intentaban hacerlo levitar los heridos podrían ser ellos, al ejercer una presión más grande de la que sus brazos podrían soportar,  terminar parcialmente aplastados si en algún momento se veían obligados a soltarlo. Así las cosas, Isabel, el par de médicos y las cinco hadas guardianas se dispusieron alrededor de Eduardo formando un octógono, moviéndose al mismo tiempo y ejerciendo tanta presión como podían. A su paso, iba quedando en el suelo una zanja más bien profunda y ancha, pero que iba formándose a un ritmo lento, tal vez de unos cincuenta centímetros por minuto. Era una tarea titánica para las hadas, que constantemente mantenían los brazos extendidos, concentradas en la correcta aplicación de la telequinesia – Isabel y una de las hadas guardianas, sobre todo, que eran las mujeres del grupo –. Iban a paso muy lento, y los gestos de todos hechos con la cara no hacían otra cosa que revalidar sus palabras sobre eso de la dificultad. La que tal vez fuera su única ayuda venía de la mano de lo llano del terreno, y lo libre de este haría que la bestia no tuviera más que raspones (eso creían los socorristas), a causa de las insignificancias allí presentes, como las minúsculas piedritas.

Cuando la sonora, solitaria y distante campanada hubo de anunciar las seis horas con treinta minutos y tuvieron el arroyo a la vista, aparecieron, por pura casualidad, los primeros curiosos en el lugar. Hadas que simplemente daban inicio a sus actividades de todos los días, lo mismo que ese cardumen de seres sirénidos que iba bordeando una de la sorillas. Todos estos testigos involuntarios adoptaron esas mismas e idénticas expresiones de susto, sorpresa y desconcierto, además de preocupación por los posibles orígenes y desenlaces de este grave inconveniente. Muchos parecieron  quedar con sus pensamientos y mente en dos partes, y al final la conclusión absoluta fue posponer unos pocos (o cuantos, según lo que hiciera falta) minutos de sus actividades y quedarse a ayudar a los guardianes, el par de médicos e Isabel. Pronto hubieron varios pares  en el suelo, todos los seres feéricos sumándose al enorme esfuerzo de la telequinesia, lo único para lo que eran útiles en ese momento puntual. Allí se hizo evidente que veintiocho individuos eran mucho más que ocho, ya que cada uno aportaría su parte y aligeraría con ello la carga de los demás. El avance se hizo más rápido, liviano y al cabo de cinco minutos el gigantesco y grisáceo tiburón – hasta que quedaron “tapados”, los iris  azul-jacinto y celeste fueron el único indicio de que se trataba de una persona –, todavía dormido y absolutamente inmóvil, hubo de estar en la orilla cubierta de césped del arroyo. Allí entrarían en acción los sirénidos, aunque con más cautela que los feéricos (después de todo, el megalodón era su enemigo número uno), al tener que impedir que Eduardo transformado cayera del todo al agua. No existía el riesgo de que fuera arrastrado por la corriente, porque era en extremo pesado, y mucho más para este arroyo nada caudaloso ni rápido. Solo había que sumergirlo parcialmente para que se beneficiara con el agua. Los socorristas y voluntarios volvieron a aunar sus esfuerzos para girar al tiburón gigante unos ciento ochenta grados, de manera que la enormísima y pesada cola quedara sumergida.
“Se los agradezco como no pueden imaginarse”, fueron las palabras de Isabel, casi al borde del llanto, cuando los voluntarios solidarios volvieorn a emprender el vuelo y retomar su cotidianeidad. La preocupación y el susto, sin embargo, permanecieron en cada una de esas hadas. Tampoco quedaba allí mucho que hacer para los guardianes, que retomaron su rutinaria patrulla matutina, aunque uno de los integrantes del grupo, por órdenes de su jefe, permaneció allí, en la orilla del arroyo, para auxiliar a Isabel y a los médicos si fuera necesario. Era el momento para estas últimas de actuar, de aplicar una parte de sus conocimientos, aquella que rara vez pasaba de la teoría a la práctica.

“Déjennos el espacio”, pidió una de ellas a Isabel y el guardia, en tanto abría su mochila, lo mismo que su colega, y sacaba algunos de los medicamentos e instrumentos- Ninguno de los dos, sin embargo, quiso moverse de ese sector de la orilla, porque el trabajo, uno de todos, de los guardianes era asistir a la comunidad ante cualquier emergencia o problema – ambos se reunían en este caso –, y para la hermana de Cristal era su novio y prometido quien fuera la víctima de este incidente, una transformación involuntaria que lo llevó de ser un hombre de un metro ochenta de altura y alrededor de ochenta kilogramos de peso a un inmenso depredador de treinta y un metros de largo y sesenta y una toneladas.
Las hadas médicas sabían lo que tenían que hacer, y como hacerlo. Se situaron las dos justo frente a los ojos (cerrados) del depredador y sobre estos hicieron su primer movimiento. Levantaron los pesados parpados, en lo que fue para ellos un “cierto esfuerzo”, porque tuvieron que mantenerlos en esa posición el tiempo suficiente para verter sobre cada globo ocular unas dos gotas de ese líquido cristalino en uno de los frascos que llevaban. Según le explicaron a l hada de la belleza, algo que esta ya conocía, aunque lo básico, ese líquido era un poderoso y efectivo medicamento desarrollado por los “Laboratorios Medicinales Insulares, Sociedad del Estado” (LAMISE), una red de cien instalaciones estatales diseminadas por todo el país que se ocupaba, justamente, de la elaboración de todo tipo de medicamentos de los que eran considerados como fuertes y muy fuertes, y que por tanto fueran los más efectivos. Este en particular era potente, tanto que una o dos gotas resultaban más que suficientes. Había sido desarrollado por LAMISE por primera vez un siglo atrás, reemplazando gradualmente a la mayoría de los que existían para este propósito: lograr que un ser feérico que hubiese adoptado la forma natural y como consecuencia perdido parcial o totalmente su conciencia, pensamientos e identidad los recuperara y de esa manera pudiese volver  la normalidad, a su anterior condición. No era este el caso, porque la transformación había tenido tiempo unas pocas horas antes, pero las hadas médicas sabían que el procedimiento era el mismo. Transcurridos alrededor de sesenta segundos, el megalodón abrió abruptamente los ojos y ejecutó una serie de movimientos violentos, antes de volver a quedarse quieto, aunque despierto y atento. Había recuperado el conocimiento, y, a juzgar por como habían sido sus reacciones, había comprendido lo que estaba pasando y quienes eran las hadas frente a el.
_Somos médicos – dijo una de las hadas, en tanto las pupilas del tiburón iban entre uno y otro componente del dúo – Eduardo, mové las pupilas de arriba hacia abajo si vas a contestar que si y a los lados si la respuesta es no. ¿Estás de acuerdo?.
Las enormes pupilas le hicieron el gesto de afirmación.

La otra médica, en tanto, daba algunas instrucciones al guardia e Isabel. Al primero que buscara prendas masculinas entre las pertenencias de la pareja, ya que cabía la posibilidad de que, al recuperar su forma, Eduardo apareciera sin dichas prendas en parte o en todo, pudiendo así requerir de vestimenta, pues estas transformaciones involuntarias solían provocar esa clase de adversidades. Con mayor razón ocurriría tal cosa en un hombre transformado en feérico que no hacía mucho ni siquiera estaba enterado de que podía asumir la forma de la que procedía su protección adicional. Su impresión al descubrirse en paños menores tranquilamente podría quedar para el segundo plano, sin embargo. A la hija mayor de Wilson e Iulí, en tanto que estuviera en alerta frente a su compañero de amores, ya que sería de un auxilio invaluable el que este viera una cara familiar no bien hubiera vuelto a la normalidad, porque eso, indudablemente, lo tranquilizaría.
_Eduardo, lo que sigue no le corresponde a nadie más que a vos, y al menos en lo teórico no se trata de algo difícil – dijo una de las hadas médicas, a lo que, moviendo las pupilas, el gigante depredador contestó que si – Tenés que visualizar en tu mente, concentrarte en eso todo cuanto te resulte posible, en como es tu forma feérica. Solo lo físico, el aspecto físico; lo demás, como el color de piel o el largo del cabello, no tiene importancia alguna. Al mismo tiempo que hacés eso tenés que decir, no con palabras, sino con un pensamiento, la palabra “Transfiguración”, o sino “Transformación”. Cualquiera de las dos es válida. ¿Comprendiste bien?.
No hizo esa pregunta de mala manera, ni porque pensara que Eduardo no fuera una persona inteligente, sino porque estaba deseando poder hacer correctamente su trabajo.
El gigantesco tiburón volvió a mover las pupilas de arriba hacia abajo, y nuevamente cerró los ojos, a lo que las médicas, el guardia e Isabel se ubicaron a una distancia prudencial.

Para Eduardo, era el momento de seguir esas instrucciones.

Un hombre adulto de veinticuatro años – “¡Transfiguración!”, exclamó en silencio, en sus pensamientos – del que podría decirse, quien no lo conociera, que había pasado, en otros tiempos, horas enteras en tal o cual instalación deportiva, haciendo ejercicio para conservar esa musculatura. Acá era diferente, porque esa manutención la hizo con los esfuerzos del día a día, con las tareas de reconstrucción en el barrio barraca Sola y otros lugares de la capital – “¡Transformación!”, fue la otra exclamación, también en silencio –. Como fuera, Eduardo era una masa de músculos móvil que atraía a las masas femeninas adondequiera que fuera… y ocasionaba los gruñidos de Isabel.
Al final, la concentración y ambas exclamaciones dieron resultado.
El enorme tiburón grisáceo, tan enorme como atemorizante, pegó unos cuantos y violentos sacudones, antes de empezar a contorsionarse. Abrió y cerró las gigantescas mandíbulas, golpeó el suelo con las aletas (un sonido bastante fuerte) y los golpes en el agua con la cola salpicaron líquido en todas las direcciones – los sirénidos también se habían marchado, ahora que su rol en este complicado y misterioso problema había concluido –. La mutación instantánea fue haciendo, en el curso de ciento diez a ciento veinte segundos, del megalodón de treinta y un metros de longitud y sesenta y una toneladas de peso el hombre adulto de un meto ochenta de alto y ochenta kilogramos. No más de dos minutos y allí estuvo nuevamente Eduardo, y lo primero que este vio fue a su novia y prometida frente a el, con una acentuada expresión de felicidad en sus delicadas facciones, casi con lágrimas. “Es magnífico estar de vuelta2, se alegró el hombre, estirando los brazos a los lados y la cabeza hacia arriba, contemplando el despejado (resquicio insignificante, a decir verdad) que había en un punto sobre la orilla, por el que se colaba la luz solar.
_¡Bienvenido!., exclamó Isabel.
Resultó ser cierta la necesidad de las prendas, por las dos razones. Eduardo estaba en calzoncillos, de pie a escasos centímetros de la orilla, y tenía frío, a causa de haber recuperado su forma habitual. Y mientras el guardia le daba la ropa y la médica se ocupaba de los últimos detalles, la hermana de Cristal, ignorando si las palabras elegidas eran las correctas o no, hizo la primera pregunta a su novio.
_¿Cómo pasó esto?.
_ ¿La verdad?... no tengo idea – reconoció Eduardo, pensativo, mientras se vestía –. Lo último que recuerdo es que había leído el último párrafo, acerca del aumento de la inteligencia en los megalodones cada tres cuartos de siglo. Me di cuenta de que tenía mucho cansancio y…
Continuó el breve relato, todo aquello de lo que se acordaba, de camino al lugar en que el y su prometida habían acampado, viendo el surco formado en el piso, con el césped aplastado por el mismo – por las sesenta y una toneladas del cetáceo – y los troncos apilados a los lados. Aquel bostezo y un cierto parpadeo fueron las señales inequívocas que le indicaron que no podría evitar el sueño por demasiado tiempo, y puesto que había concluido la lectura que le interesaba y que Isabel estaba ya durmiendo, no tendría mucho sentido quedarse con los ojos abiertos. No tuvo tiempo siquiera de cerrar el libro ni apagar la lámpara, porque el sueño le había llegado rápido, y ahora que estaba despierto no dudó en asociarlo a lo ocupado que estuvo durante todo el día de ayer y los anteriores. Eduardo no recordaba haber soñado algo, y su última visión había sido la del armazón de la carpa, en el techo, antes de que todo se oscureciera. Inmediatamente después de despertar, descubrió que algo andaba mal, porque vio la carpa alejada y todas las pertenencias de la pareja dispersas, en ese curioso ángulo de visión que tenía. Encontrarse con que ya no era un hombre, sino el depredador máximo que aterrorizaba en todas las aguas fue una sorpresa totalmente desagradable, y su primera reacción fue la de mover una de las aletas para (tratar de) despertar a Isabel y que esta lo ayudara.
_Estuve muy compenetrado con la lectura antes de cerrar los ojos – dijo, en tanto el y los otros usaban la telequinesia para reunir los objetos aun dispersos – Supongo que habré soñado con eso o algo parecido, y no lo recuerdo ahora. ¿Es posible eso?.
Esa pregunta fue para la médica.
_Es una posibilidad, y puede que la única., apostó aquella, adoptando de nuevo la expresión de desconcierto.
El guardia, sin embargo, parecía pensar otra cosa.
_O tal vez no – dijo, y pidió a Eduardo –. ¿Podés levantar el pie derecho?.
_¿Así?.
_Sí.
Era el talón de ese pie. En esa parte específica destacaba, por el contraste con el color de la piel, un minúsculo puntito morado que apenas se veía.
_Desde luego que no se trata de algo para preocuparse – avisó la médica, elogiando la vista del guardián –. En esta zona crecen algunas plantas que se usan en la elaboración de pócimas y medicamentos para dormir, sedantes, tranquilizantes y eso. Pudiste pisar una por accidente, tal vez su espina. Eso pudo causar el sueño repentino, pero no lo de la transformación. Al menos, esa es mi opinión. Como sea, es mejor asegurarse, porque algunas de esas plantas, si bien no son letales ni mucho menos, pueden provocar reacciones en períodos de tiempo de hasta una semana. ¿Puedo tomar unas gotas de tu sangre?.
_¿Para qué cosa?., quiso saber Eduardo, tomándose la mano izquierda con la diestra.
_Voy a poder determinar el origen exacto de este incidente del que fuiste protagonista, y saber cuánto de esa toxina entró en tu organismo – explicó la médica, extrayendo un frasquito de su bolso. Se lo dio al arqueólogo, que dejó caer dentro unas cuantas gotas de sangre de esa herida que se provocara en la muñeca izquierda –. Pero te repito, y también a vos – dirigió su vista a Isabel – que no es algo por lo que se tengan que preocupar. Como dije, no son plantas letales, tóxicas ni nada parecido. Gracias – Eduardo le devolvió el frasco y, habiendo concluido ya sus tareas, y antes de la despedida, dijo –. Voy a llevar esta sangre a una instalación que LAMISE tiene cerca de acá… relativamente cerca. Los resultados van a estar en diez días, espero. Por estos tiempos estamos cargados de trabajo.
_Y una cosa más, antes de terminar – intervino el hada guardiana, batiendo sus alas, en preparación para el despegue – Lo que pasó, no duden que va a circular como el aire por el reino insular, no es algo que los obligue a ustedes a alterar su vida y actividades de todos los días, como su trabajo por empezar. Continúen como si esto no hubiese pasado.
_Tampoco va a ser necesario que vayas al Hospital Real u otra instalación médica de la capital – concluyó la experta en temas médicos, también desplegando sus alas, y sujetándose el bolso al hombro derecho –. Estás como nuevo, Eduardo. Y no te preocupes por esa transformación. Con el tiempo y la práctica vas a poder dominarla a la perfección.
_¿En serio?.
_Si, en serio – ratificó la médica, elevándose unos pocos centímetros –. Ahora voy a llevar ese frasco a LAMISE y después retomar mi trabajo acá, en Cinco Arroyos.
_Te acompaño – quiso el guardián – Mi grupo se fue en la misma dirección, y tal vez los pueda alcanzar antes de que termine nuestra ronda.
_Está bien, vamos.
Ambos hicieron la acostumbrada reverencia y gestos con las manos a modo de despedida, y antes de perderse en la distancia y quedar rodeados por los árboles y arbustos, observaron a Eduardo e Isabel moviendo los brazos en lo alto. Uno estaba tan agradecido como el otro pro este gran servicio prestado.

El guardián y la médica, ya en pleno vuelo a LAMISE, y aunque sabían que lo ocurrido fue un susto y nada más, no pudieron dejar de compartir un pensamiento aparecido cuando detectaran esa minúscula marca en el tobillo de Eduardo.
Eso podía ser lo que todos los seres feéricos, en especial aquellos en la función pública, habían estado buscando desde hacía siglos e incluso milenios.
_Que bonito fin de semana pasamos – ironizó el arqueólogo, mientras el e Isabel reunían sus pertenencias en las mochilas. Volverían ahora a Barraca Sola, y allí descansarían hasta que llegara el momento de empezar su trabajo –. Transformado en un megalodón y tratando todo el tiempo de calcular y averiguar, de preguntarme como pudo pasar. Cuando me di cuenta de lo que pasaba conmigo… nunca sentí algo así. ¿Y dicen que todas las hadas son capaces de hacer eso, de convertirse en aquello de lo que obtuvieron su protección adicional?.
Se había examinado con detalles desde que se alejaran el guardián y la médica, sin hallar nada negativo. En efecto, lo que tuvo que vivir en calidad de protagonista se encontraba únicamente en su memoria. Incluso se le hubo de disipar ese anormal descenso en la temperatura corporal.
_Todos y cada uno, sin excepciones – convalidó Isabel –. Nacemos poseyendo esa habilidad, aunque pasa mucho tiempo, como dijo la médica, hasta que la dominamos por completo, sin dificultades y a nuestra total voluntad. Llegado un punto, las hadas podemos estar transformadas y ejercer un control total sobre quienes somos en verdad, sobre nuestra conciencia, identidad y personalidad, incluso podemos hablar. Y si no me creés, mirá esto – dejó su mochila a un lado y exclamó con vos clara –… ¡Transfiguración!.
En cuestión de cuatro segundos o cinco, la atractiva figura femenina que desbordaba belleza dio paso a un arbusto que debía tener unos tres metros de alto, muy fornido, prácticamente la antítesis de lo linda que era Isabel. Pero este era distinto, y eso se debía principalmente – cuando no únicamente – a  que conservaba una forma feérica (“Humanoide”, fue la primera palabras en llegar a la mente de Eduardo). Tenía brazos, piernas, el cuerpo y la cara, aunque la forma en general estaba compuesta por una espesa e intrincada red de ramas y lianas de todos los tamaños, hojas e incluso inflorescencias allí donde estaban sus articulaciones, como los codos y las rodillas. Las flores en cuestión eran lilas, también de varios tamaños, y unas tenían los pétalos más abiertos que otras. De la planta de ambos pies parecían estar brotando delgadas raíces, que en lugar de incrustarse en el suelo cubrían las extremidades, y los dedos parecían pequeñas ramas (lo eran de hecho) de cuyos extremos, allí donde solían estar las uñas, brotaban lianas, o enredaderas, tan delgadas como las raíces en los pies. Tan espeso era el entramado que literalmente no permitía el paso de la luz en gran parte del “arbusto”. La cara por si sola era lo opuesto a la belleza, y Eduardo no estaba seguro sobre si eso se debía o no a la primera impresión. El cuello debía tener veinticinco centímetros de largo por cinco, seis o siete de ancho, y la cabeza era bastante parecida a la de una tortuga aligátor, tan feroz como la de esos animales, solo que con un abanico que asemejaba a una aleta, un cuerno sobre la punta del hocico, otro a cada lado de la cabeza y colmillos en ambos maxilares, como los de una pitón. Con todo eso y su composición, al experto en arqueología submarina le resultaba difícil saber si la cabeza era de carne y hueso o de materia vegetal. Dando un paso hacia adelante, el arbusto giró su extraña y atemorizante cabeza hacia Eduardo, en este enfocando las pupilas de ambos ojos, verticales y de color oscuro, con el iris lila. Emitió un rugido abriendo las fauces y exhibiendo los colmillos, en lo que fue un sonido agudo que por unos instantes retumbó en los oídos del arqueólogo. El arbusto, tan atemorizante como el megalodón, pronunció entonces, con una claridad asombrosa, la frase “Te lo dije, todas las hadas, con práctica y tiempo”, antes de recuperar la delicada y bella forma femenina.
_Cuando es total el dominio sobre esa técnica, deja de ser necesario pronunciar la palabra transfiguración o transformación – informó el hada de la belleza, ya iniciando la caminata, y en tanto su novio tomaba la mochila –. Alcanza únicamente con el pensamiento.
Su parada intermedia era el puesto de trabajo que dependía del Consejo de Parques Reales, en el límite del bosque. Allí recuperarían la bicicleta.
_Al menos ahora no me van a tomar por sorpresa – se alegró Eduardo, por eso contento. Marchaban tomados de la mano, serpenteando entre troncos y arbustos, con la idea de disfrutar todo cuanto pudieran de este magnífico paisaje boscoso –. Te aseguro que no fue nada Agradable despertarme y encontrarme transformado en ese monstruo.
Aun sin sentir absolutamente nada, le preocupaba que algo así volviera a ocurrir. Eso no resultaría bueno para el, para su novia ni para nadie, por la posibilidad latente de que alguien pudiera resultar herido. De modo que en su mente ya estaba decidiendo dedicar al menos treinta a cuarenta minutos diarios a la práctica para poder dominar esta técnica. Le pediría a Isabel que fuera su instructora, y tal vez también a Cristal y Kevin.
_Me lo imagino. Pero eso no va a pasar otra vez – aseguró el hada de aura lila, intentando tranquilizarlo – El control es mucho más fácil de lo que parece, y más si estás despierto. La espina que pisaste tuvo que actuar como acelerarte de eso que estuviste soñando. Es uno de los casos raros y esporádicos. Y si le sumás tu desconocimiento incluso de la técnica de transformación y lo concentrado que estabas en la lectura previo a dormirte…
_... ¿era de esperarse que pasara algo así?., interrumpió Eduardo.
_La verdad es que no se – reconoció Isabel, que recordaba que a ella había demandado alrededor de un cuatrimestre de prácticas constantes y regulares el poder transformarse sin perder el control e identidad, y hablar estando transformada en ese arbusto monstruoso de tres metros –. Hay unos pocos casos, pero pasan. Las transformaciones involuntarias como la tuya se deben a la falta de práctica y de conocimientos. Nada más que eso. Y generalmente se producen cuando no tenemos conocimiento de nosotros mismos.
_¿Dormidos o desmayados?.
_Acertaste. Fuera de esas dos condiciones, es imposible que pase. Si el tiempo y las energías nos lo permiten en el mes que empieza, vamos a practicar media hora diaria – prometió la hermana de Cristal –. Cuanto tiempo va a demandar es incierto. Eso va a depender de tu voluntad y empeño.
_Eso me gusta – se alegró Eduardo, que quiso preguntar –. ¿Qué ventajas tiene conservar la forma natural?, ¿y cuáles tendría, o podría tener yo?.

Ese fue el tema que los mantuvo ocupados hasta que llegaron a la puerta espacial, aquella que las hermanas usaran para trasladas al arqueólogo hasta la Ciudad del Sol. A medida que fuera mejorando con esa técnica, Eduardo iría adquiriendo las mismas cualidades, capacidades ya habilidades que el megalodón, incluida su asombrosa velocidad, que trepara hasta los ciento diez kilómetros por hora, permanecer bajo el agua todo el tiempo que quisiera y sumergirse hasta, como testificaran las investigaciones más recientes, alrededor de cinco mil metros. Eduardo no tendría prácticamente límites (porque prácticamente no los tenía el megalodón) y, estando transformado y en su “ámbito natural”, cabrían de esperarse las mismas o parecidas proezas que hacía en tierra, con la forma feérica.
_Ya podés hacer logros increíbles. Doy por sentado que este va a ser otro., vaticinó Isabel, ya con el marco dorado a menos de cien metros delante de ella y su novio.
Sentidos que se estaban volviendo más refinados y agudos, telequinesia que atravesaba las mismas condiciones, el ejercicio y dominio cada vez más sofisticados sobre el agua, con lo que eso implicaba, como elevar miles de litros y usarlos para sofocar un incendio o hacer que un arroyo fluyese al revés… si lograba aprender correctamente la técnica de la transformación y dominarla en aquel lapso de tiempo que calculaba su compañera de amores, el arqueólogo no haría otra cosa que confirmar aquello que sostenía un gran número de hadas e individuos de las otras especies elementales: que estaba destinado a lograr cosas grandiosas y heroicas.
_Y cuando haya pasado este período deberías hacerte un hueco en tu tiempo e ir al Vinhaë., concluyó Isabel, en el instante previo a cruzar por la puerta espacial.
_¿Qué es eso?., contestó el hombre a su lado, ya habiendo llegado al barrio Barraca Sola.

_El Templo del Agua, un lugar muy bonito. Me imagino que allí vas a podes despejar tus dudas acerca de tu don, en que podrías aplicarlo y cual sería su alcance. Cualquier cosa que desconozcas o que te genere preocupación, las respuestas van a encontrarse en ese lugar – informó el hada de aura lila. Los seres feéricos ya habían iniciado sus jornadas laborales, y algunos parecían haberse enterado del incidente del experto en arqueología submarina, por como miraban a la pareja e incluso le hablaban unas pocas palabras –. Queda siete mil quinientos dos kilómetros al noroeste, así que supongo que serían unas cinco a seis horas de viaje por aire, con tu velocidad al máximo.
La luz del Sol ya impactaba de lleno, y eso resultaba en otra de las señales que indicaban lo caluroso que sería este día. Nadie que estuvieran observando llevaba mangas largas en los brazos, todos andaban con calzado liviano y la mayoría con la cabeza cubierta. El calor era algo permanente en el reino de Insulandia, dada su situación geográfica, y aun en el “plano invierno”, las temperaturas no solían ser inferiores a los dieciséis grados.
_Y ese lugar, Vinhaë o Templo del Agua, ¿qué es, exactamente?,., quiso saber Eduardo.
_En los tiempos de la religión de las hadas era un lugar dedicado al culto y tributo de nuestras divinidades acuáticas, que regían ese elemento – empezó a explicar su novia y prometida – Allí se hicieron plegarias, ofrendas y cualquier cosa que estuviera vinculada a la religión, hasta el día de su ocaso, que en realidad fue algo gradual, y no súbito. El Vinhaë fue construido en cuatrocientos días, once mil novecientos setenta y cinco años antes del Primer Encuentro, como dije, como un lugar de culto. Cuando eso finalmente se terminó, el lugar pasó a estar dedicado al aprendizaje y la comprensión y todo lo relacionado no ya a la religión, sino a la ciencia.
_Parece prometedor e interesante., empezó a convencerse su novio.
_Lo es., insistió Isabel.

El resto del trayecto hasta La Fragua, 5-16-7  transcurrió para la pareja atando los últimos cabos que quedaban sueltos sobre la transformación involuntaria de Eduardo en Cinco Arroyos, unas pocas sugerencias por parte del hada de la belleza sobre lo que sería útil hacer en las prácticas y ensayos. Aunque lo principal era concentrarse en la figura en cuestión (una persona del sexo masculino o el depredador gigante), se debía estar relajado  y calmado y pronunciar correctamente, con voz clara, la “palabra mágica” – Transfiguración o Transformación –, mientras se pensaba en ella. Como la forma natural de Eduardo era acuática, aquel debía estar en dicho ámbito, para que los resultados de la práctica fueran los esperados. También sería clave la propia energía vital (que las hadas conocían como “Wo.Ga.”) del sujeto: cuanto más poderoso fuera este, más sencillo le resultaría transformarse y volver a la normalidad. En el caso de Eduardo habría que estar atento a todo, ya que, como cualquiera otra de sus técnicas y habilidades, las estaba aprendiendo, aunque muy bien y en muy poco tiempo, ya siendo un adulto, aún las más básicas, como la telequinesia o el vuelo. Todos los seres feéricos femeninos y masculinos, por igual, aprendían a hacer uso de todo eso casi al mismo tiempo que a caminar, alrededor de los dos y medio a tres años.
_Ahí es cuando volvemos a lo del Vihaë – indicó Isabel, ya andando sobre La Fragua – El material que hay allí, incluidos los libros, seguro que van a poder explicar por qué pudiste dominar todas tus habilidades y tus técnicas en tan poco tiempo…¡hola!., exclamó de pronto, saludando a dos figuras que corrían hacia ellos.
Kevin y Cristal avanzaban por la calle y, a juzgar por las expresiones faciales, que combinaban preocupación con temor, ya se habían enterado del incidente que protagonizara el experto en arqueología submarina. “¡Estás a salvo!”, se alegraron los dos.


FIN


--- CLAUDIO ---

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